martes, 6 de julio de 2010


PASOS HONROSOS Y PRISIONEROS DE AMOR
EN LOS ORÍGENES DEL PALACIO DEL BUEN RETIRO.

Texto: Antonio Balduque Álvarez


Durante la Edad Media el espíritu caballeresco provocó que muchos caballeros hicieran votos o promesas de lo más disparatadas. Entre ellas tenemos la de Bertrand Du Guesclin que decidió dejar de comer hasta que pudiera entrar en combate contra los ingleses, la promesa realizada por el conde de Salíbury que no dudó en taparse un ojo mientras que el rey de Francia no luchara en duelo con él, o el extravagante voto que hizo Bernart de Cascón según el cual prometió clavarse cada día de San Sebastián una flecha en el muslo izquierdo hasta que encontrase un caballero que accediera a luchar con él para defender el amor de su amada. Y aquí es donde aparecen los prisioneros de amor, caballeros medievales que se quedaban locamente prendados de una dama y que para demostrar su amor no dudaban en realizar gestas heroicas que a nuestros ojos parecen más locuras juveniles que acciones de cupido. A este tipo de amor se le conoció como “amor cortés” y nació en el siglo XI en la Provenza francesa desde donde se extendió a toda Europa. Esta filosofía amorosa, que se veía influida por las ideas de caballería y del feudalismo, guiaba al caballero a no enamorarse de una simple campesina, sino de una grácil y voluptuosa damisela que debía estar casada y con mayor posición social que él.

Aventuras y proezas por amor
El amor se buscaba con ahínco porque no se veía como una situación inútil sino como un estado de gracia que ennoblecía y hacía superarse a quien lo practicaba. Como la amada debía estar casada el amor que se pretendía era un amor adúltero, de ahí que el caballero ocultara en todo momento el nombre de ella, pero eso no era inconveniente para que el enamorado aceptara una sumisión total, lo que se conocía como vasallaje amoroso, idea que se extrajo del feudalismo, pasando la mujer a ser el “señor” de la relación, el eje central y la que llevaba las riendas, autorizando, si quería, el comienzo, desarrollo y desenlace del amor. Para que la dama aceptara el amor del caballero, éste tenía que demostrar públicamente su pasión amorosa mediante retos, promesas, duelos o torneos, pero la “señora” era libre de corresponder o no al amante, de aceptar o no el amor del caballero, y el gran peligro de esta relación procedía de la indiferencia de la mujer, ya que si el hombre no era correspondido, la frustración haría que se formaran “vapores venenosos” en su cuerpo que irían subiendo poco a poco al cerebro que se inflamaría hasta producir la irremediable muerte del caballero. El caballero, si realmente amaba a la joven, tenía que disputar su amor, siendo esta lucha el instrumento de perfección espiritual. El fin último del caballero no era el sexo, porque éste lo podía tener si ningún esfuerzo escogiendo como amantes a las doncellas de su casa o mujeres de su señorío, sino que su amor fuera correspondido, conformándose simplemente con que la dama mostrara una mínima admiración hacia él, circunstancia que pensaba lograr viviendo grandes proezas y aventuras.
Los “Pasos honrosos”
El más famoso de todos los caballeros prisioneros de amor fue sin duda Suero de Quiñones. El citado Suero se presentó el 1 de enero de 1434 en la Corte del rey Juan II de Castilla para exponer al monarca que se encontraba “prisionero de amor” de una dama, de la que lógicamente no mencionó el nombre. Según las costumbres caballerescas, que todavía cantaban los últimos juglares en las cortes, la única solución para salir de su prisión amorosa era organizar un torneo en el que luchara contra otros caballeros demostrando así su valor con la esperanza que su amada se fijara en él y en última instancia que su amor fuera correspondido. Al rey le encantó la idea. Rápidamente dio su autorización y fijó que para declarar a Suero de Quiñones libre de su prisión amorosa se debían realizar trescientas justas en un mes, ellos lo llamaban romper trescientas lanzas. Como nunca se había organizado un torneo que durase tanto tiempo y en el que se iban a realizar tantos combates, a Suero se le permitió estar ayudado por otros nueve aventureros. En esencia el reto consistía en que durante un mes, que se marcó del 10 de julio al 9 de agosto de 1434, uno de estos diez caballeros se debían colocar en medio de un puente impidiendo el paso de todos los que por allí quisieran atravesar. Quienes decidieran pasar sin luchar deberían dejar su espuela derecha en señal de cobardía, pero no era así siempre pues había muchos caballeros de toda Europa que estaban dispuestos a combatir para demostrar su valor y ayudar a Suero a liberarse de su prisión. Para una “Olimpiada” de la caballería como aquella no se podía escoger “una porquería de puente”, había que elegir uno hermoso, grande y que fuera cruzado por el mayor número posible de personas, de ahí que se decidieran por el ubicado en la localidad leonesa de Hospital de Órbigo, porque al estar en el Camino de Santiago, y ser ese año “Año Santo Compostelano”, se aseguraban un afluencia multitudinaria. El reto, que fue divulgado por todas las cortes europeas, se conoce como el “Passo honroso de Suero de Quiñones”.

Un espectáculo más que un combate
El primer torneo se celebró el 12 de julio entre Suero de Quiñones y el caballero alemán Micer Arnaldo de Branderburgo, y aunque las justas se realizaban con armas de guerra que podían producir la muerte, los combates tenían más de exhibición que de campo de batalla, poniendo los caballeros sumo cuidado en que aquello no fuera una carnicería innecesaria sino un divertimento para la nobleza y una forma de ayudar a un compañero de caballería a cumplir su promesa. Tanto era así que las jornadas se iniciaban con una misa solemne y finalizaban con una opípara cena en la que compartían mesa los caballeros que durante el día había cruzado lanzas, muriendo únicamente un caballero de los sesenta y ocho que combatieron. Aunque el 9 de agosto, que era el plazo cuando expiraba el mes marcado, todavía no se habían podido alcanzar la cifra de trescientas lanzas, las doscientas que se rompieron fueron suficientes para que los jueces del torneo dieran como sobrado el valor de los combatientes, finalizando el reto y notificando a Suero de Quiñones que podía considerarse liberado de su prisión amorosa. Tal fue el éxito de estos combates, en los que no existía rencor ni animosidad entre los participantes sino que parecía que estaban ejercitándose en acto deportivo más que en un enfrentamiento armado, que tardaron poco en volver a repetirse. El siguiente “Passo honroso” en importancia tuvo lugar en Valladolid con motivo de las bodas del príncipe Enrique, el futuro Enrique IV, con doña Blanca de Navarra que se celebraron en 1440. El reto que Ruy Díaz de Mendoza propuso fue defender su puesto durante cuarenta días, pero en esta ocasión los accidentes, contusionados y heridos llegaron a ser tan numerosos que para evitar males mayores el rey dio por concluido el torneo antes de cumplirse el plazo fijado.




Enrique IV “El Impotente”
Gregorio Marañón, en su “Ensayo biológico sobre Enrique IV”, describe a este monarca como degenerado, exhibicionista, esquizoide, con impotencia relativa, corpulencia displásica, nariz deformada, larga estatura, fuertes miembros, manos grandes e hipogenitales, dedos largos, cabeza potente, cejas salientes y ancha frente, no ocultando incluso su homosexualidad. Se conocen los nombres de muchos de sus romances: Gómez de Cáceres, bello joven sin fortuna pero de trato afable que recibió favores a cambio de los suyos; Francisco Valdés, que tuvo que huir de la corte por la insistencia del rey; Miguel de Lucas Iranzo, que fue nombrado halconero mayor; Miguel de Lucas, joven muy religioso que necesitó escapar a Valencia para no caer en la cama de Enrique; Alfonso de Herrera, que fue pillado “casualmente” en la cama del rey; o Perucho de Mundáriz, que alcanzó el favor real tras la visita del rey a Durango en 1457. Si bien éstos eran bellos y bien formados, no hacía ascos a los feos o palurdos porque según cuenta Marañón después de cazar en los bosques de Segovia, El Pardo, Ávila o Balsaín, gustaba reunirse con hombres de mal vivir para “entregarse a costumbres infamantes” que por “respeto al pudor no se pueden repetir”. Disfrutaba tanto de lo morboso como de lo extravagante, no dudando en rodearse de fornidos etíopes o raquíticos enanos. Pero entre los favoritos del rey destacó sin ninguna duda don Beltrán de la Cueva, que gracias a su buena planta y graciosa figura fue escalando posiciones en la corte llegando desde simple paje a mayordomo mayor, conde de Ledesma, duque de Alburquerque y gran maestre de Santiago. Beltrán no dejó la oportunidad de agradar también a la reina, de ahí que las crónicas nos mencionen que “demostraba tanto amor al rey que parecía devoción, y tanta amor a la reina que parecía amor”, aunque para Marañón no existen pruebas contundentes para afirmar si doña Juana tuvo o no amores con don Beltrán.
El “Passo honroso” de don Beltrán
Poco tiempo después del nacimiento de Juana “la Beltraneja”, Enrique IV, que se encontraba cazando en El Pardo, recibió la noticia que el duque de Armenach, embajador de Bretaña, estaba a punto de llegar a Madrid acompañado de un numeroso séquito para pactar con el monarca una alianza comercial y política. El rey decidió recibirles fuera de Madrid de manera espléndida organizando una gran fiesta que duró cuatro jornadas. El primer día se celebró un torneo en el que intervinieron veinte caballeros. En el segundo hubo carreras de caballos y juego de cañas. En el tercero una gran montería y para el cuarto y último, que era el día de regreso de toda la comitiva a Madrid, don Beltrán de la Cueva no dudó en organizar un “Passo honroso” para defender el paso de un puente que existía en el río Manzanares en el camino de El Pardo a Madrid, cerca de la actual ermita de San Antonio de la Florida. A la entrada del puente se construyó un arco de madera en la que se colgaron grandes letras de oro, de tal manera que a los caballeros que conseguían romper tras lanzas se les permitía acercarse para que cogieran y mostraran la letra por la que comenzaba el nombre de su amada. El día entero duró este “passo” y tan magnífico resultó que Enrique IV, queriendo honrar a don Beltrán por el día tan grandioso que había organizado, ordenó que se construyera un monasterio en el lugar donde se efectuaron las justas. Cuatro años duraron las obras, llegando en 1464 desde Guadalupe los primeros moradores del monasterio que eran monjes de la Orden de San Jerónimo, ordenando el rey por ese motivo que con motivo de su inauguración el 6 de mayo de 1645 se le llamara monasterio de San Jerónimo el Real, aunque el pueblo, en recuerdo del paso honroso, prefería llamarle Santa María del Paso Honroso.
Traslado del monasterio
Como el monasterio estaba situado en las inmediaciones del río Manzanares en una zona cenagosa, llena de mosquitos y poco aireada, las dependencias sufrían constantes humedades y las enfermedades se cebaban entre los monjes, por lo que éstos no dudaron en pedir permiso a los Reyes Católicos para poder trasladarse a otro lugar más saludable, licencia que se concedió en 1503 y que fue ratificada por el Papa Alejandro VI en 1509. Para la nueva ubicación no se cometió el mismo error de situarlo en un paraje cenagoso y mal aireado, por eso cuando los Reyes Católicos ordenan la construcción del monasterio de frailes jerónimos, que serviría también como aposento de la Familia Real en sus estancias en la villa, se situó a las afueras de Madrid “en una elevación de su zona oriental, barrida por aires saludables y con abundancia de arroyos que regaban sus ricas huertas y praderas”. El traslado y construcción del nuevo monasterio lo hicieron los propios monjes aprovechando materiales del anterior, siendo su fábrica de ladrillo y mampostería, según la tradición madrileña. Como era costumbre que los monarcas se retirasen a descansar después de las ceremonias religiosas o palatinas que se realizaban en algunas fundaciones religiosas, anexo al nuevo monasterio se decidió construir unas pequeñas estancias habilitadas a tal efecto que se conocieron como “cuarto real” o “retiro”. El monasterio fue cobrando importancia con el paso de los años, tanto fue así que Fernando el Católico reunió en él Cortes, y a este “cuarto” se retiró Carlos V después de la jura de su hijo Felipe como heredero de la Corona en abril de 1528. Cuando Felipe II llega al trono ordena mejorar y ampliar el “cuarto viejo de San Jerónimo”, decidiendo también que su hijo, el futuro Felipe III, jure como heredero de la Corona en este templo.
Retrato de Felipe IV
Felipe IV nació en Valladolid el 8 de Abril de 1605, siendo bautizado el 28 de Mayo con los nombres de Felipe Dominico Víctor de la Cruz y de Todos los Santos, reconocido antes de los tres años como heredero de la corona en una ceremonia que se celebró igualmente en la iglesia de San Jerónimo de Madrid, subiendo al trono de España, con tan solo dieciséis, el 31 de marzo de 1621. A los seis años murió su madre, la reina Margarita de Austria, por lo que su educación se puso en manos de eclesiásticos que le convirtieron en un hombre fervorosamente creyente, lo que no fue impedimento para que tuviera una intensísima vida amorosa. Si Felipe III era aficionado al rezo sin descuidar las diversiones, de su hijo puede decirse que se centró más en las diversiones pero sin descuidar los rezos, y haciendo un símil respecto a las aficiones reales éstas se asemejaban a una rosa de los vientos donde según Bernardino de Pantorba: “Al norte estarían las mujeres, al sur las comedias, al este la caza, y al oeste los toros”. Tenía un carácter frívolo e indolente, no poseyendo las aptitudes necesarias para reinar, gustando únicamente de lo agradable y superfluo, huyendo de todo lo que supusiera un esfuerzo, por lo que Marañón, muy acertadamente, le definió como un “paralítico de la voluntad”, voluntad que fue domeñada a fuerza de adulaciones, halagos o confabulaciones por don Gaspar de Guzmán y Pimentel, más conocido como el Conde-Duque de Olivares. En 1629 el poderoso Olivares sugirió al rey la posibilidad de construir un palacio y unos jardines que sirvieran para disfrutar de las ventajas del campo sin salir de Madrid, así como para el recreo y el esparcimiento, y donde el rey luciera esplendorosamente rodeado de su Corte, dejando así el antiguo Alcázar medieval simplemente como casa del rey y sede del gobierno de la monarquía.
El palacio y los jardines del Buen Retiro
Olivares escogió como punto de partida para levantar semejante proyecto el “cuarto viejo de San Jerónimo”, estancias donde se “retiraban” los monarcas, iniciándose las obras en 1630. Los terrenos circundantes se fueron ampliando mediante compra, cesiones de parcelas por parte de algunas familias nobles, donativos de la villa, expropiaciones y la incorporación de algunos terrenos que el conde-duque de Olivares tenía cerca del monasterio. En el S. XVII estaba de moda contemplar ciertos animales como espectáculo, por lo que era costumbre que la nobleza tuviera en sus posesiones mini-zoológicos. En uno de los terrenos que Olivares cedió a la corona, el conde-duque tenía instaladas unas jaulas donde cuidaba unas espléndidas gallinas de las que estaba orgulloso por el exotismo de las aves, de ahí que en 1632, cuando se empezó a dar forma a la edificación, los estanques y los jardines, los madrileños no dudaron en llamar a este lugar de esparcimiento “el Gallinero”, y nuestros enemigos franceses, que estaban a la que saltaba, aprovecharon la ocasión para insultar a los españoles llamándonos “gallinas”. Esta situación obligó a buscar rápidamente una nueva denominación que frenara motes jocosos y chistecitos fáciles, de ahí que por Real Pragmática de 1 de diciembre de 1633 se decidiera abandonar la antigua denominación de “Cuarto Viejo” o “Cuarto Real de San Jerónimo” por una con más empaque como era la de “Real Sitio del Buen Retiro”.