jueves, 15 de abril de 2010

¡AGUA VA!
Curiosidades del agua de Madrid




Por Antonio Balduque Álvarez y Guiomar Balduque Méndez



En la parte más alta de lo que actualmente es la calle Segovia, existió un poblado visigodo que era conoció por el término latino “Matrice”, que significa “arroyo matriz o madre”, en referencia al nacimiento de agua alrededor del cual se fueron asentando los primeros pobladores visigodos. Con la llegada de los musulmanes este minúsculo asentamiento fue tomando relevancia por su ubicación privilegiada en el camino que los cristianos de los reinos del Norte tenían que recorrer una vez que pasaban los puertos del Sistema Central, de ahí que a mediados del S. IX el emir de Córdoba, Muhammad I, decidiera fortalecer el asentamiento con unas potentes murallas. La nueva población amurallada se levantaba sobre un escarpe rocoso a considerable distancia del río Manzanares que a sus pies serpenteaba con tan mezquino cauce, que siglos después hay quien lo ha llegado a comparar con un colegio pues tenía “vacaciones en verano y curso sólo en invierno”. Hasta la fecha los arqueólogos no han encontrado restos de conducciones de agua que desde el río llegasen hasta la ciudad. Pero si lo musulmanes no utilizaban el río para beber ¿de dónde sacaban el agua?... De los “viajes de agua”.

Los viajes de agua
En el subsuelo de la altiplanicie madrileña y sobre las capas graníticas impermeables del terreno, durante siglos se fueron formando mantos acuíferos que se nutrían de los arroyos subterráneos procedentes de la sierra del Guadarrama y del agua de lluvia que se iba filtrando por las capas permeables hasta configurar unas potentes bolsas de agua. A unos kilómetros de la nueva Madrid amurallada, y en una zona con mayor altura que la ciudad, los musulmanes se especializaron en detectar estas bolsas de agua, y una vez localizadas, excavaban profundos pozos para captar el preciado líquido. Después los iban uniendo entre sí por medio de galerías subterráneas con la altura y anchura suficiente para que pudiera recorrerla un hombre y cuyo fondo se canalizaba con piezas de barro para que el agua descendiera suavemente hasta Madrid por la acción de la gravedad gracias a una inclinación del 1 al 4 por mil. Este sistema madrileño de viajes de agua, con sus vías principales, secundarias, conexiones y ramales, se asemejaba mucho al sistema neuronal de una persona, permitiendo que esta complicada red de canalización subterránea llevara el agua necesaria a cualquier parte de la ciudad sin necesitar para nada al río Manzanares que quedaba relegado a la simple función de lavadero o suministrador de agua para el riego de huertas y tierras de labor. Con este sistema tan simple la capital logró el suministro durante el escaso margen de tiempo de…¡diez siglos!
Perfume con babas
Después de recorrer kilómetros de gale-rías subterráneas el agua que llegaba a las fuentes madrileñas se dedicaba más a calmar la sed que a la limpieza corporal. Como a los españoles nos gusta imitar las conductas de las clases altas, no nos debe extrañar lo mal que debían oler nuestros antepasados, pues incluso Lobera de Ávila, médico personal del Emperador Carlos V, recomendaba que tras levantarse de la cama se asease únicamente la cara y las manos, dejando el baño para los enfermos pues no era costumbre de “los Señores de España”. Del baño se huía como de la peste pues se pensaba que destruía las fuerzas, hacía descender los malos humores, provocaba vómitos y desmayos, ablandaba el cuerpo y por si todo esto era poco, afeminaba al hombre. Tan extendidas estaban estas ideas que los capitalinos de los siglos XVI, XVII y XVIII, si alguna vez utilizaron el Manzanares para bañarse, nunca lo hicieron con intenciones higiénicas, sino siempre en verano y con el único fin de refrescarse. Como el olor corporal era tan intenso, los fétidos aromas humanos se intentaban ocultar bajo el velo de afeites, lociones y esencias. Las damas se solían perfumar los vestidos, las manos, los cabellos y la cara con aguas olorosas que contenían almizcle, ámbar o algalia, y a falta de pulverizador, las criadas llenaban su boca con agua aromatizada y la escupían con fuerza a través de sus dientes rociando el rostro de su señora con una finísima lluvia perfumada y sobre todo… ¡de babas!
¡Todo bien frío!
Aunque el agua se utilizaba poco para el aseo, sí que estaba muy extendida entre los madrileños la costumbre de beberla fresquita. Para nosotros es muy sencillo sacar de la nevera una bebida fría, pero hace siglos para enfriar un líquido se tenía que introducir en un pozo, una cueva, un sótano, dejarse al relente nocturno en una vasija porosa cubierta con un trapo húmedo o se enfriaba con nieve, siendo este último el recurso más usado entre nuestros antepasados. Cuando hablamos de enfriar los líquidos con nieve no queremos decir que los madrileños pusieran nieve en los vasos a modo de cubitos, o que bebieran el agua helada obtenida al derretir la nieve. No. Su método era tan sencillo como rodear con nieve un vaso de vidrio lleno de agua, tapando el mismo con un platillo repleto también de copos helados. En otras ocasiones en lugar de vasos se usaban cantimploras o garrafas de cobre con formas estrechas y alargadas para introducirlas mejor en la nieve. La afición al agua helada se fue extendiendo durante los siglos XVI y XVII y a otras bebidas, siendo muy común entre los madrileños degustar muy fría la limonada de vino, la aloja, el agua de canela o de guindas, la leche, los sorbetes, la horchata o el hipocrás, siendo tal la pasión que al final del S. XVII hasta el caldo gustaba tomarlo… ¡helado!
La reina muere por un caldito frío
La excesiva afición al consumo de bebidas frías hizo que para acelerar el proceso de enfriamiento echaran directamente nieve dentro del líquido a refrigerar. Como podemos imaginar en esos siglos el transporte y manipulación de la nieve se hacían sin cumplir las mínimas condiciones higiénicas, por lo que cuando se bebía un líquido así enfriado los riesgos de contraer una gastroenteritis eran altísimos, siendo muy comunes, sobre todo en verano, las epidemias. Aunque para el pueblo no existían muchos miramientos, para los reyes sí se tenía especial cuidado en que la nieve que llegara a sus mesas fuera de la mejor calidad, de copos blancos, brillantes y sin olores. Pero ni aún así la realeza se libraba de sufrir problemas estomacales, cuando no otros mayores. Como lo demuestra la curiosa historia de la reina María Luisa de Orleans, primera mujer de Carlos II, que al parecer se sumió antes de tiempo en el sueño de los justos por su denodada afición a las comidas y bebidas heladas. Según cuentan las crónicas a María Luisa, en lugar de tomar para merendar una aburridísima taza de café acompañada de unas tristes pastas, se le ocurrió disfrutar de una merienda de diseño a base de naranjas, aceitunas y ostras. Por si su estómago no había sufrido suficiente prueba de madurez, no se le ocurrió a la buena mujer más que regar a estos alimentos, que todo el mundo sabe que combinan a la perfección, con abundantes libaciones de leche fría y caldo helado. No se sabe si murió por el exceso, la mezcla o la gastroenteritis, pero sí podemos afirmar que llegó muy fresquita a las puertas de San Pedro.
Las neveras
El consumo de nieve llegó a ser tan habitual entre todas las clases sociales, que se vendía por las calles durante todo el año. Desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, durante el verano, y desde las ocho de la mañana a las ocho de la noche, en invierno, los madrileños acudían a los puntos de venta para proveerse de tan refrescante suministro, siendo tanta la demanda que a los encargados de vender y acarrear esta mercancía se les conoció como “neveros”, a los puntos de venta “neverías” y a los lugares donde se guardaba la nieve para conservarla se les llamó “pozos de nieve” o “neveras”, de ahí que todavía hoy en día muchos de nosotros utilicemos el término castizo nevera y no el de frigorífico. La cantidad de nieve que demandaba la capital fue adquiriendo tal volumen que para asegurar que Madrid estuviera siempre abastecida, Felipe III concedió al catalán Pedro Xarquíes la exclusividad del suministro de hielo y nieve. La empresa de Xarquíes sacaba la nieve de los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama y la trasladaba hasta unos pozos que entre 1607 y 1608 había construido en la zona que hoy ocupa aproximadamente la plaza de Bilbao, y a otros que existían en la Real Casa de Campo. Desde estas zonas de almacenaje la nieve se transportaba en caballerías hasta los puntos de venta o neverías, que en 1619 se localizaban entre otros lugares en: la Puerta del Sol, Plazuela de Herradores, el Portal del Marqués de Cañete, el Portal de la Duquesa de Pastrana, el Portal del Conde de Salazar, el Portal del Duque de Frías, la Plazuela de Matute o en la misma vivienda de Pedro de Xarquíes.
La ciudad más puerca del mundo
Como hemos mencionado Madrid podía ser admirada por su curioso sistema de suministro hídrico pero no por su alcantarillado. Mientras que existían unos viajes de agua que llevaban agua limpia a las fuentes, conventos, hospitales, casas nobles o al Palacio Real, Madrid no disponía del más sencillo alcantarillado por el que eliminar las aguas sucias y las inmundicias que generaban los madrileños, de ahí que existiera la costumbre de arrojar por las ventanas tanto las aguas mayores como las menores y las basuras. En los pueblos las necesidades fisiológicas se realizaban en el campo o en corrales, pero en una ciudad como Madrid, que al estar rodeada por una cerca tenía que crecer en altura, no existía tal posibilidad, por lo que los madrileños fueron especialistas en el lanzamiento aéreo de excrementos desde sus ventanas al grito de ¡Agua va! Cuando los visitantes extranjeros llegaban a Madrid se quedaban asombrados de que sus calles estuvieran recubiertas de un fango tan putrefacto que les quemaba los zapatos, los cerdos recorrieran la ciudad a sus anchas porque se alimentaban con los desperdicios que se amontonaban en las calles, el ambiente fuera tan insalubre que las rejas de las casas rezumaran un “sarro infecto” y el hedor tan intenso que antes de ver la ciudad ya se sabía que existía. Por todo lo dicho no nos debe extrañar que en 1747 el viajero italiano Beretti dijera de Madrid que era la “cloaca máxima, pues paseando por sus calles se está como en una letrina”.
La marea de excrementos
Estos olores tan nauseabundos, que una pituitaria actual no podría resistir, no eran sin embargo problema para los madrileños de los siglos XVI, XVII y XVIII, pues tenían la curiosa idea de que el aire de Madrid era de una pureza tan extrema que si no se equilibraba con los vapores inmundos que producían los excrementos podría ser perjudicial para su salud. Este pensamiento estaba tan arraigado que circulaba por calles y mentideros una popular letrilla que decía: “el aire de Madrid es tan sutil que mata a hombre y no apaga un candil”. Pero no debemos pensar que nunca se limpiaban las calles. Se limpiaban pero menos de lo necesario sobre todo por falta de presupuesto. El aseo de las vías se realizó durante los siglos XVI, XVII y la mitad del XVIII de dos formas dependiendo la climatología. Si hacía buen tiempo la basura y los excrementos sólidos humanos y animales diseminados por el suelo se recogían y sacaban de la ciudad por medio de carros dispuestos a tal efecto. Pero cuando el tiempo era lluvioso las calles se llenaban de una masa cenagosa que impedía el avance de los carros por lo que tenían que usar “los carros podridos”, una especie de grandes cajones tirados por mulas y conducidos por un hombre que arrastraban a su paso una pestilente masa viscosa de basura y excrementos. Esta “crema de deposiciones” se conducía hasta unos sumideros que drenaban las inmundicias hasta el Manzanares. En Madrid existían dos grandes sumideros o alcantarillas: el de los caños del Peral, que se localizaba donde actualmente está la Plaza de Isabel II, y la del arroyo de Leganitos. Cuando los carros podridos empezaban a arrastrar al unísono el fango marrón, la natural pestilencia que envolvía Madrid se incrementaba de tal forma que los olores nauseabundos anunciaban con antelación la llegada de tan fétida comitiva, de ahí que los madrileños conocieran el sistema de limpieza como “la marea”.
Los madrileños son como niños…
A la muerte de Fernando VI, su hermanastro, Carlos III, tiene que dejar el trono de Nápoles y regresar a España. Cuando llega a Madrid se encuentra una ciudad de aspecto deprimente, llena de lodos, basuras y excrementos malolientes que la hacían parecer más una pocilga que una urbe. Al poco de ceñir la corona y harto de ver a Madrid nadar entre la inmundicia, manda al marqués de Esquilache que prepare un plan de limpieza, empedrado, alumbrado y alcantarillado que transforme la mugrienta ciudad. Al fin, el 13 de mayo de 1761, se publica una Real Orden para el aseo y limpieza en la que se prohibía arrojar aguas mayores y menores por las ventanas, teniéndose que canalizar los desperdicios hasta unos pozos negros o fosas sépticas. Estos pozos se debían vaciar por la noche, y los excrementos sacados de la ciudad en unos carromatos malolientes que el pueblo denominaba “las chocolateras de Sabatini”. La Orden prohibía también que los cerdos estuvieran sueltos por las calles, salvo para llevarlos al campo antes de la salida del sol y recogerlos después de la puesta. Para dar una solución a los residuos urbanos, se obligó que todos los carruajes que entraban a Madrid cargados con mercancías para el consumo humano, la mayoría de ellos con pan, tendrían que llevarse a su salida las basuras y desperdicios de los madrileños. Pero la Orden iba aún más lejos, autorizando a los alguaciles a entrar en las viviendas particulares una vez a la semana para comprobar que éstas estuviesen limpias. Si consideraban que alguna de ellas no presentaba el debido aseo podían incluso multar a los dueños. ¿Cómo actuarían ustedes si ahora se autorizara a un concejal del Ayuntamiento a entrar a su casa para comprobar si ha pasado la mopa? Si esto no era suficiente, tres años después, en 1764, se publicó otra Real Orden en la que se obligaba a los madrileños a barrer la delantera de su casa a primera hora de la mañana, y desde mayo a octubre también a regarla. El pueblo madrileño acogió muy mal estas medidas higiénicas por lo que Carlos III, que no comprendía cómo podía tener unos súbditos tan marranos, parece no dudó en exclamar: “Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava”.

Bibliografía:
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Lunwerg/Fundación Caja Madrid, 2001.

capsuladelengua.wordpress.com

lunes, 12 de abril de 2010

LA ESPADA DE FRANCISCO I
LA CURIOSA DEVOLUCIÓN DE UNA ESPADA EQUIVOCADA


En 1524 las tropas de Carlos V vencieron a las francesas en la batalla de Pavía, capturando al rey francés Francisco I que se vio obligado a entregar sus armas en el momento del apresamiento. La espada sufrió un curioso peregrinaje que en este artículo intentaremos desvelar.





¡Qué Bicoca!
En los primeros decenios del siglo XVI el rey francés Francisco I ve con angustia como sus territorios van siendo rodeados por sus enemigos, en especial por las posesiones de Carlos I de España. Para reducir la presión decide anexionarse una zona de vital importancia para sus enemigos porque enlazaba los dos bloques que constituían el imperio europeo: España-Italia y Austria-Borgoña. Este enclave era el ducado de Milán, más conocido como el Milanesado, por lo que entre 1521 y 1524 las tropas francesas y españolas van a tener que cruzar sus armas para dominarlo. Los franceses para reforzar sus tropas decidieron acudir a los más famosos mercenarios de la época: los piqueros suizos. Quince mil suizos son contratados por Francia, y en el convencimiento que la victoria estaría de su parte deciden enfrentarse a cuatro mil soldados españoles. La batalla se libró el 27 de abril de 1522 en la localidad milanesa de Bicocca, siendo diezmado el ejército francés sin que hubiera casi ninguna baja entre los españoles gracias al novedoso empleo de los arcabuces por parte española. Desde ese momento se incorporó al idioma español la palabra bicoca para referirse a un bien muy deseado que se obtiene de manera fácil y sencilla. Tras varios años de combates con alternancia de resultados, Francisco I realiza a finales de 1524 un avance irresistible, por lo que los imperiales, para poder reagruparse, tienen que retirarse hacia el Este dejando en Pavía una mínima guarnición que tiene que rechazar los continuos asaltos de un ejército muy superior. El rey de Francia Francisco I

Desjarretando caballos y rematando enemigos
Ante los repetidos fracasos de asalto, Francisco I opta bloquear la plaza como mejor método para hacerla capitular. Los ejércitos de Carlos I sufrían una acuciante falta de dinero y víveres, por lo que temiendo que sus tropas pudieran desertar si se producía una campaña prolongada decide avanzar contra el ejército sitiador. Los oficiales de Francisco le recomiendan levantar el sitio para no quedar aprisionado entre las fuerzas que defienden la ciudad y los que acuden para levantar el sitio, pero hace oídos sordos y decide mantener la posición. En la mañana del 24 de febrero de 1524 los españoles que habían acudido para ayudar a los sitiados, y las tropas que estaban sitiadas en el interior de Pavía, realizan un asalto conjunto que sorprende al enemigo. Francisco I decide presentar combate y al frente de su caballería realiza una potente una carga que barre a la imperial. Al ver derrotada la caballería imperial, Francisco I cree ganada la batalla sin prestar atención a un elemento novedoso: los arcabuceros españoles. Cuando la caballería francesa se está reorganizando tras la carga, los españoles reúnen a mil quinientos arcabuceros que, protegidos desde un bosque, abren un fuego devastador contra las cabalgaduras que caen a decenas arrojando contra el suelo a los caballeros que por el peso de sus armas apenas pueden levantarse. Este momento es aprovechado por pequeños destacamentos de españoles que espada o daga en mano acuden prestos a desjarretar o desbarrigar a los caballos, así como para rematar a los enemigos caídos.

Juan de Urbieta

Rendición de Francisco I y entrega de su espada
Al ver que todo estaba perdido el monarca francés decide huir, pero un balazo derriba a su caballo que cae de costado atrapando la pierna de Francisco I. Una vez en el suelo acudió presto hacia él un vizcaíno llamado Juan de Urbieta, quien al verle tan señalado en sus vestiduras le puso el estoque en un costado intimándole a rendirse. El rey, viéndose en peligro de muerte, exclamó: “¡La vida, yo soy el rey!”, “¡No me rindo a ti, me rindo al emperador! En ese momento Urbieta vio que al alférez de su compañía querían arrebatarle su estandarte, por lo que antes de pedirle al rey una señal para que quedara constancia que él le había rendido, prefirió socorrer a la bandera no sin antes decirle: “Si vos sois el rey de Francia, hacedme una merced” y alzándose la visera de su casco le mostró su dentadura mellada y le dijo: ”En esto me conoceréis”. Al partir Urbieta se acercó otro hombre de armas llamado Diego de Ávila que al ver en tierra a tan adornado personaje le intimidó para que se rindiera, entregándole Francisco I su estoque de combate y una manopla de su armadura. Para ayudar al monarca francés a liberarse del caballo que le aprisionaba parte del cuerpo a Diego de Ávila le auxilió un soldado llamado Alonso Pita da Veiga, que no dudó en tomarle del cuello la insignia de San Miguel que llevaba colgada de una cadenita.
Significación de la entrega del estoque y la manopla
La tradición de aceptar la rendición entregando el estoque de combate y su manopla derecha era un hábito entre los reyes combatientes. Con esas formalidades se rindieron Juan de Francia, en la batalla de Poitiers, y el rey David de Escocia, en la batalla de Durham, por lo que Francisco I tomó como ejemplo este gesto. Otras muestras de este tipo de rendición las tenemos también en la más cercana batalla de San Quintín (1557), donde el Condestable de Montmorency entregó su estoque como señal de rendición a un soldado de la caballería ligera llamado Sedano, el cual se lo confió personalmente a Felipe II. La espada era considerada desde la antigüedad como una herramienta de justicia y de orden, estando indisolublemente asociada a la protección que ofrecían los soberanos a la sociedad, por lo que al desprenderse voluntariamente de ella el monarca dejaba simbólicamente a su pueblo sin ninguna protección, de ahí que muchos caballeros prefirieron tras la batalla de Pavía entregarse voluntariamente diciendo:”No quiera Dios que nosotros volvamos a Francia, quedando prisionero nuestro rey”.
El viaje de la espada hasta España
Tras su captura Francisco I quedó prisionero en un monasterio a las afueras de Pavía, y allí estuvo hasta que llegó un correo del Emperador ordenando se le embarcase en Génova con destino a Madrid, donde fue instalado en el Palacio Real. También acudió a Madrid don Diego de Ávila, el poseedor del estoque de guerra y la manopla con las que combatió Francisco I, el cual, tras solicitar una recepción con Carlos V, depositó en las manos del Emperador los preciados objetos, que no dudó en guardarlas durante algún tiempo en su cámara personal por considerarlos como objetos de especial relevancia. Espada de Corte o protocolo de Francisco I

Llega la espada de la confusión
En 1585, sesenta años después del combate de Pavía, cuando Felipe II se encontraba en Tortosa de regreso de las Cortes celebradas en Monzón, un sujeto llamado Marco Antonio de Aldama le hizo donación de una espada de ceñir guarnecida de oro y esmalte. En el momento de la entrega informó al rey que dicha espada había pertenecido a su padre D. Juan de Aldama, coronel de Italianos que participó en la Batalla de Pavía, donde según le había contado su progenitor la había tomado a Francisco I. Pero todo parecía indicar que más que una espada de combate, la espada entregada a Felipe II, al estar toda ella guarnecida de oro y esmalte, tenía que ser de las que se usaba el monarca en la corte, por lo que debió ser tomada en el campamento francés y no de la mano del monarca francés. El rey castellano recompensó el obsequio otorgándole una pensión de 200 libras anuales y una carta de privilegio expedida el 1 de Julio de 1589 en San Lorenzo de El Escorial, disponiendo que se depositara en la Real Armería junto al estoque de combate entregado a su padre Carlos V. El oro y esmaltes de la rica empuñadura así como el grabado de una salamandra, emblema que Francisco I usó en la batalla de Pavía, hicieron creen con el paso de los años que la espada ofrecida a Felipe II en 1585 era la que entregó Francisco I en el momento de la rendición, mientras que el escaso valor intrínseco del estoque de combate, arma de guerra de gran solidez que no podía tener esmaltados pues fácilmente escaparía de las manos en la lucha, y quizá el deterioro en el que se encontraba, provocaron que éste cayera en el olvido.
Fernando VII devuelve una espada equivocada
Estas dos espadas, la de combate y la de protocolo, permanecieron en la Armería Real de Madrid hasta la invasión francesa de 1808. Fernando VII hizo su entrada triunfal en Madrid el 25 de marzo de 1808, a los cinco días del famoso motín contra Godoy y la abdicación de Carlos IV. Embriagados con el entusiasmo popular los madrileños casi no habían reparado que las tropas francesas, al mando del Murat, cuñado de Napoleón y Gran Duque de Berg, habían entrado el día anterior en la citada Capital. Las adulaciones que mostraba Fernando VII hacia Murat llegaron a ser vergonzantes, por lo que cuando el francés hizo comentó que a su cuñado el Emperador “le sería muy grato poseer la espada que perteneció a Francisco I”, el felón Fernandito no dudó en comentar a su allegado: “¿Qué importa un pedazo de hierro más o menos? Demos gusto a la familia imperial”. El 29 de marzo dio la orden verbal a su Caballerizo Mayor, Marqués de Astorga, para que dispusiera todo lo necesario a efectos de entregar a Murat “la espada de Francisco I que desde el año 1525 se hallaba en la Real Armería del Arco de Palacio”. Como se aprecia, la orden indicaba claramente que se debía devolver el estoque de combate que se entregó como gaje a Diego de Ávila, y no la espada de ceñir guarnecida de oro y esmalte que llegó a manos de Felipe II en 1585, que fue la que realmente devolvimos.

Palacio del Secretario de Estado en Madrid donde vivía Murat durante la ocupación francesa y lugar donde se entregó la espada de Francisco I.

El pomposo ceremonial de entrega

El día 30 de marzo por la tarde, el Armero Mayor D. Carlos Montargis y su ayudante D. Manuel Frotier, sacaron la espada del armero nº 40 y la llevaron a la casa del Marqués de Astorga. A la mañana siguiente esperaba a la puerta de la casa una rica carroza de embajadores conducida por un tiro de mulas con guarniciones de gala, escoltándola a cada uno de sus lados tres lacayos del rey con grandes libreas. En ella se colocó la espada sobre una bandeja de plata, comprada exclusivamente para tal evento, cubierta con un paño de seda rojo guarnecido de galón ancho brillante y flecos de oro. En otro coche, también con tiro de mulas y dos lacayos a cada lado, se aposentaron el Marqués de Astorga y el Duque del Parque, Teniente General de los Reales Ejércitos y Capitán de las Reales Guardias de Corps. A las doce en punto partieron las carrozas escoltadas por una partida de Guardias de Corps compuesta por un subrigadier, un cadete y veinte guardias. La comitiva recorrió la calle ancha de San Bernardo y la de Torija, y al llegar al alojamiento de Murat, que era la antigua casa que había habitado Manuel Godoy junto al convento de Dña María de Aragón, la guardia de honor del Duque de Berg les recibió formada. Una vez detenidas las carrozas se apearon las comitivas. El Armero Mayor tomó la bandeja con la espada y subió delante del Marqués de Astorga y el Capitán de las Reales Guardias hasta un amplio salón donde les esperaba el Gran Duque. Una vez en su presencia, el marqués le entregó una carta de Fernando VII y dijo una corta arenga, después de lo cual hizo entrega de la espada recibiéndola Murat con el mayor agrado, contestando con un expresivo discurso. Concluida la ceremonia retornó la comitiva a Palacio dando cuenta a Su Majestad por escrito de haber realizado la comisión a plena satisfacción.
Llega una copia de la espada
Años después el Estado reclamó a Francia la devolución de lo expoliado en la Guerra de la Independencia. En virtud de los tratados de 1814 y 1815 algunos objetos fueron devueltos, pero la espada entregada a Murat que pudo regresar a la península porque no cumplía los requisitos al haber sido entregada al país vecino en un acto espontáneo y “voluntario” de Fernando VII. En vista de la situación, y queriendo conservar en la memoria de los españoles el glorioso triunfo de Pavía, Isabel II mandó D. Eusebio Zuloaga, armero de palacio, que realizara una copia exacta de la espada que se encontraba depositada en el Mueso de Artillería de París. El 24 de marzo de 1849 se le comunica la Real Orden autorizando el gasto de 4.000 reales para la fabricación de la copia, arma que se puede contemplar en la actualidad en la Armería Real de Palacio (Madrid), siendo descrita en el catálogo histórico-descriptivo de la Real Armería de Madrid en los siguientes términos: “de hoja ancha de campo llano, filos abiselados y recazo bañado en oro. En ambas caras se aprecia una lazada semejante a la del collar de la Orden francesa de San Miguel, y una cruz de tres brazos parecida a la de Lorena. El largo de la hoja es de 0,850 metros y en la canal se lee en caracteres monacales lo siguiente: “CHATALDO ME FECIT”. La empuñadura, de oro y esmalte, se compone de una cruz de brazos rectos cuadrangulares que terminan en volutas dobles con el texto “FECIT POTENCIAM IN BRACHIO SVO”, puño cilíndrico con dos fajas de oro esculpidas que rematan en una salamandra por cada lado, y el resto cubierto de esmalte rojo y blanco a bandas oblicuas. El pomo es redondo, ligeramente aplanado y con grandes hojas de acanto y rodeos de oro sobre fondo de esmalte rojo”.

Bibliografía
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 308. Exp. 41
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 315. Exp. 8 y 16
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 321. Exp. 8 y 29
-Catálogo de la Real Armería de Madrid. El Conde de Valencia de Don Juan.
-Compendio de Historia de España. Alfonso Moreno Espinosa
-Lecturas Históricas Españolas. Claudio Sánchez Albornoz
-Museo Militar. Francisco Barado