lunes, 15 de febrero de 2010



CURIOSIDADES DE LA PUERTA DEL SOL


Por Antonio Balduque Álvarez

La Puerta del Sol ha sido para España lo que el Ágora para Atenas o el Foro para Roma, no teniendo comparación en toda la península por haber sido al mismo tiempo una plaza, un paseo, un teatro, un mercado, un punto de intercambio de información o una plaza de armas donde cualquier levantamiento popular, revolución, pronunciamiento o motín tenía que contar con ella como escenario principal por ser la caja de resonancia para el resto de la nación.

Orígenes
Hasta el S.XVI las inmediaciones de lo que hoy es la actual Puerta del Sol no eran más que simples olivares, siendo difícil precisar el momento exacto en que arranca la historia de esta plaza, aunque la mayoría de los autores son de la opinión de que está asociada a la rebelión de los Comuneros. En 1520, con objeto de defender Madrid de los ataques éstos, los partidarios de Carlos I decidieron construir en esta parte de Madrid un foso y un castillete almenado de escasas dimensiones en el que labraron un sol encima de la puerta de acceso. Para unos el origen del nombre procede del astro colocado encima de la entrada, y para otros de la orientación de la puerta, porque al estar situada al Este de la ciudad los rayos del sol naciente la hacían resplandecer. Tanta era la importancia de la orientación hacia el sol de este lugar, que incluso la Carrera de San Jerónimo se llamó en sus orígenes la calle del Sol. Pero poco tiempo tuvo de vida esta puerta de cal y ladrillo, porque fue derribada en 1570 para ensanchar la salida de Madrid, aunque su nombre sí que ha perdurando hasta nuestros días.

Una urraca cleptómana en la Puerta del Sol
Todos nos hemos fijado, en nuestros paseos por la Puerta del Sol, en el letrero luminoso de “Tío Pepe”. Justamente debajo de ese anuncio se encontraba el primer gran monumento de la Puerta del Sol: “La iglesia del Buen Suceso”. Antes que iglesia fue Hospital, fundado en 1438 para socorrer a los contagiados por una epidemia de peste. En 1529 lo reconstruyó Carlos V transformándolo en iglesia y Hospital Real de Corte de San Andrés para curar sus heridas a los soldados y servidumbre de los reyes. Este centro hospitalario era conocido por todos los madrileños como el hospital del Buen Suceso, porque en su iglesia se veneraba la imagen de una Virgen que había sido encontrada en una cueva por dos frailes durante su peregrinación a Roma acaecida en 1606 y se decía que la iglesia tenía un privilegio para poder celebrar misa a la inusual hora de las dos de la tarde. Según cuenta la leyenda en una casa cercana a la citada iglesia, vivía una vieja quisquillosa y avarienta, acompañada por una sirvienta. En cierta ocasión, al regresar a casa, la anciana echó de menos las joyas que guardaba con orgullo. Denunció el hecho a la justicia, asegurando que la criada había sido la autora del robo, por lo que fue detenida y condenada a muerte. A los pocos años la anciana cambió de domicilio y al hacer reparaciones se encontró en la torre de la buhardilla, debajo de unas tejas, las joyas supuestamente robadas y que habían sido sustraídas por una urraca y dejadas ahí por ser este lugar el escondrijo del animal. Como reparación, la anciana dejó en su testamento una cuantiosa suma para que se celebrara una misa diaria a las dos de la tarde, siendo la primera vez que se daba en Madrid una misa a tan intempestiva hora. La iglesia-hospital fue derribada en 1854 para realizar la reforma de la Puerta del Sol
¿Por qué se llama Inclusa?
Otro viejo edificio de la Puerta del Sol era la iglesia-convento de Nuestra Señora de la Victoria, fundada en 1561 y que ocupaba lo hoy son las calles Espoz y Mina, Victoria, Pasaje Matheu y Pasaje Jordá. Esta iglesia tuvo mucha fama porque en ella se reunían las damas y galantes del siglo de Oro para tratar temas de amor, ya que sus misas eran de las más cortas y ligeras de la capital, y en ella se estableció la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad que se dedicaba a recoger a los niños recién nacidos que eran abandonaban por las calles, plazas, iglesias o portales de la capital. En 1587 esta institución tuvo que trasladarse a otra zona de la Puerta del Sol, entre las calles del Carmen y Preciados, venerándose en la capilla del asilo una curiosa imagen. Esta Virgen fue depositada a finales del siglo XVI por un soldado de los Tercios de Flandes que la había traído de una ciudad de Flandes llamada Encklussen. El nombre de la localidad pasó a denominar primero a la Virgen y luego al edificio, pero como a los madrileños les resultaba muy dificultosa su pronunciación, se españolizó en “Inclusa”, término que se usó desde ese momento para designar a las casas en donde se recoge y cría a los niños expósitos.






El lugar ideal para los cotillas
Justo en el lado opuesto de la iglesia de la Victoria, en el empiece de la calle Mayor, se levantaba la iglesia de San Felipe el Real, fundada en 1547. Delante de la puerta del templo se abría un amplio espacio que se elevaba de la calle mediante unas escaleras de piedra que eran conocidas por los madrileños como las gradas de San Felipe o “El Mentidero”. En Madrid había tres mentideros: el mentidero de los Cómicos, en la calle León; el de las losas de Palacio, en el patio central del viejo Alcázar; y el de las Gradas de San Felipe, el más importante de todos. Por no existir todavía ni la radio ni la televisión, los mentideros eran espacios donde la gente se reunía para recibir novedades, cotillear, fraguar bulos que se expandían por Madrid como bolas de nieve cada vez más grandes o simplemente para escuchar las pláticas de los más diversos personajes. En las gradas de San Felipe podíamos encontrar a literatos como Calderón de la Barca, Quevedo, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón o Moreto; a militares que iban o venían a las posesiones imperiales; algún que otro corrillo de beatas, criadas o damiselas linajudas, y en todo momento a pícaros en espera de cualquier tipo de trabajo. La iglesia sufrió un terrible incendio en 1718, pero la puntilla se la dieron los franceses durante la Guerra de la Independencia que la utilizaron como cuartel y caballeriza. Aprovechando la desamortización de Mendizábal el edificio fue derribado en 1838 y en su lugar se construyeron las llamadas “casas de Cordero” y se abrió la plaza y la calle del Marqués viudo de Pontejos.



Un taxista playboy
Justo enfrente de la iglesia de San Felipe el Real, en lo que actualmente es la pastelería “La Mallorquina”, se encontraba entre 1670 y principios del siglo XX el palacio de los condes de Oñate y Villamediana. La familia Tassis, también llamada en ciertos países como Taxis, era conocida en toda Europa por sus actividades como Correos Mayores. En 1505, Francisco de Tassis, que ya ejercía de Correo Mayor para el Emperador Maximiliano I, recibió el encargo de establecer las comunicaciones postales entre España, Francia, los Países Bajos y Alemania; y en 1516 Carlos V firmó un convenio con esta familia para regular el establecimiento de postas en todos sus territorios. El servicio de correo se concedía en régimen de monopolio y el emperador le pagaba anualmente por esta prestación 11.000 ducados de oro. En 1518 se les otorgó la nacionalidad española y Felipe III, por los distinguidos servicios prestados, concedió a Juan de Tassis y Acuña el título de Conde de Villamediana y Correo Mayor de España. El servicio de correos de muchos países ha tomado un cuerno como logotipo corporativo porque los correos de la familia Tassis usaban el cuerno para avisar de su llegada a las ciudades. También el nombre de los vehículos para transportar viajeros que utilizamos en las ciudades tiene su origen en el apellido de esta familia. El hijo de Juan de Tassis y Acuña fue don Juan de Tassis y Peralta, que además de poeta fue también Correo Mayor de la Católica Monarquía durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, cargo que heredó de su padre además del condado de Villamediana, título por el que todo Madrid le conocía. El Conde de Villamediana era un guapo playboy de época al que le gustaba exagerar en sus formas y vestir. Por su tálamo pasaron multitud de doncellas y cortesanas, pero cansado de conquistas tan simples el atildado efebo puso sus ojos en la esposa de Felipe IV. Como se dice coloquialmente el conde tiraba los tejos y la reina se dejaba querer, pero aunque Felipe IV no tenía excesivas luces, no era tonto del todo, tal y como lo demuestra esta anécdota. Con motivo de la canonización de San Isidro se organizaron en la Plaza Mayor unas corridas de toros en las que el Conde tuvo tan destacada actuación que la reina exclamó llena de satisfacción: “¡Qué bien pica el Conde!, a lo que Felipe IV replicó: “Pica bien, pero pica alto”. La ceguera de amor o el simple exhibicionismo le hicieron acudir a una fiesta vestido con un magnífico traje adornado con monedas de plata y un gran bordado en que se podía leer: “Son mis amores reales”. Su suerte estaba echada. El 22 de agosto de 1622 fue asesinado a manos de un sicario.



El motín de Esquilache
Este motín, aunque iniciado circunstancialmente en una plaza próxima, es, sin lugar a dudas, uno de los sucesos más importantes acaecidos en la Puerta del Sol. En época de Carlos III, los ministros italianos no eran ciertamente populares, y entre los más odiados se encontraba Esquilache, Ministro de Hacienda y Guerra, que el 10 de marzo de 1763 mandó publicar en la Puerta del Sol y resto de calles madrileñas, un decreto prohibiendo el uso de capa larga y sombrero redondo para así evitar que la gente fuera embozada y ocultara el rostro. El 25 de mayo de 1763 se iniciaron los incidentes en la plaza de Antón Martín al grito de ¡Muera Esquilache! ¡Viva el Rey! ¡Viva España! A la mañana siguiente una multitud muy acalorada se dirigió hacia el Palacio Real porque habían tenido noticias de que el Rey quería apresar a todo el que llevase la capa larga y el sombrero de ala ancha. Al llegar al arco de la armería la guardia de Palacio, compuesta en su mayor parte de Walones, intentó dispersar a los amotinados disparando sus fusiles al aire, pero con tan mala fortuna, o no se sabe si con “buena puntería”, que mataron a una mujer e hirieron de gravedad a otra. La multitud reaccionó, lanzó una soga al cuello de uno de los soldados y a la vez que le arrastraban le iban lanzando piedras hasta que murió lapidado. El cuerpo inerte y ensangrentado del militar fue llevado hasta la Puerta del Sol para pasearlo, hasta tres veces, por delante de un piquete de guardias Walonas que no quisieron responder para no soliviantar aún más los ánimos. Durante los días que duró el motín, el pueblo de Madrid sufrió numerosas bajas y la tensión llegó a tales extremos que incluso pacíficos ciudadanos que nada tenían que ver con las protestas sufrieron las consecuencias. Un ejemplo lo tenemos en un caballero murciano que por querer apaciguar los ánimos entre los sublevados que se encontraban en la Puerta del Sol, éstos le arrancaron la lengua por “bocazas” para ahorcarle posteriormente en la vía pública. La presión popular hizo que Carlos III cediera a las peticiones de los sublevados, autorizando el uso de las capas largas y los sombreros gachos, consiguiendo también los amotinados que el Marqués de Esquilache partiera de España rumbo a Sicilia. Otra de las consecuencias de este motín fue la instalación en la Casa de Correos de la Puerta del Sol de un cuerpo de guardia, que se denominó de “Principal” o “Prevención”, cuyo objeto era disuadir posibles motines.
Fantasmas en la Puerta del Sol
El centro de la Puerta del Sol es sin duda la Casa de Correos, actual sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. El edificio se levantó entre 1766-1768 siendo su arquitecto el francés Jacques Marquet, a quien trajo de París el Duque de Alba para que interviniese en el empedrado de la capital. Para su construcción se convocó un concurso entre arquitectos, presentando planos el español Ventura Rodríguez con la seguridad de que él sería el elegido, pero su propuesta no se consideró idónea y se eligió la presentada por el francés. Pero como los españoles parece que disfrutamos con la adversidad de las personas, a Ventura Rodríguez se le encargó la pavimentación de la villa, que estaba prevista que realizara Marquet, por lo que todos los madrileños comentaban con cierta sorna: “al arquitecto las piedras y la casa al empedrador”. Como hemos visto anteriormente, el motín de Esquilache hizo que los gobernantes tomaran ciertas prevenciones para evitar nuevos focos revolucionarios, de ahí que el proyecto que había ideado Marquet sufriera modificaciones, imponiendo el Conde de Aranda que en el nuevo edificio se instalara obligatoriamente un cuerpo de guardia para la estancia permanente de soldados, de ahí que si visitamos ahora el edificio observaremos que la escalera es raquítica porque tuvo que dejar espacio para el alojamiento militar. A los madrileños no les gustó que Ventura Rodríguez, conocido como el “arquitecto de Madrid”, se quedara si realizar esta obra, pero según cuenta la leyenda tampoco a los seres de ultratumba les pareció muy conveniente la elección de un francés para levantar sede tan castiza. Cierta mañana, una cuadrilla de albañiles que estaba trabajando en las obras de construcción tuvo que parar su faena porque empezaron a oír unos golpes secos que cada vez se hacían más tenebrosos. Los alarifes se aterraron al comprobar que la habitación se oscurecía y una voz de ultratumba les gritaba: “Debéis para de inmediato estas obras, pues tal casa que estáis levantando pertenece al infierno, ya que para concebirla se ha llamado a un endemoniado arquitecto francés, despreciando la valía del buen amigo Ventura Rodríguez”. Los obreros se negaron a continuar los trabajos, por lo que el capataz tuvo que llamar a un cura para que permaneciera todo el tiempo junto a los currantes, y en caso de que el fantasma volviera le convenciera con eficaz plática que el edificio no era la casa del infierno. El espíritu no volvió a aparecer, pero el cura, que ya estaba en nómina, vivió como un ídem hasta la finalización de la casa.






Mamelucos con un buen rabo
Al contrario que el motín de Esquilache, el levantamiento popular del 2 de mayo fue un acto espontáneo no premeditado. Los primeros combates se producen a las puertas del Palacio Real, trasladándose posteriormente a la Puerta del Sol. Para atravesar esta plaza dos soldados mamelucos tienen que disparar sus pistolas dejando a su paso tres muertos y varios heridos. Los madrileños enfurecidos consiguen derribarlos de sus monturas, los arrastran por el suelo atados a las colas de sus caballos y finalmente les hacen sufrir cruel agonía. Por el efecto del linchamiento sus ropas quedaron tan deterioradas que en ambos cuerpos se podía apreciar unos prominentes abultamientos pilosos en la rabadilla. El pueblo, siempre algo supersticioso, creyó de inmediato que lo que tenía ante sus ojos no eran dos soldados egipcios, sino demonios porque ningún humano podía tener un “rabo” tan peludo. Dos horas duraron los combates en la citada Puerta, no pudiendo reunir los madrileños una partida mayor de 50 hombres armados que hiciera frente a las continuas cargas de caballería y de fusileros, calculándose las bajas en 35 muertos y 15 heridos. Destacan por su acción heroica y juventud los niños José del Cerro (10 años) y José García Cristóbal (11 años) que en mitad de Sol se enfrentaron cara a cara al ataque de un dragón de la Guardia Imperial con tan solo un puñado de piedras; por su edad, Juan Tirado, de 80 años; o por su suerte, Cosme Martínez del Corral, que tras luchar como un héroe cayó prisionero y fue trasladado a la iglesia del Buen Suceso donde recibió ocho heridas de sable y tres disparos de fusilería que no fueron suficientes para acabar con su vida. Al caer la noche del 2 de mayo el aspecto de la Puerta del Sol no podía ser más lúgubre y triste, recuperando su alegría únicamente cuando el Rey invasor y las tropas francesas huyeron de Madrid. La plaza recuperó su alegría nada más partir los franceses, llenándose de vítores y banderas el 2 de agosto de 1814 para recibir al Ejército anglo-hispano-portugués y a las famosas partidas de guerrilleros castellanos a cuya cabeza se encontraban sus jefes: el Empecinado, el Médico, el Abuelo y el Chaleco.
Las autoridades madrileñas, unas expertas en tomar decisiones
En la noche del 17 de abril de 1815 estalló un violento incendio en los edificios situados enfrente del la Casa de Correos. En pocas horas las llamas adquirieron tal magnitud que los escasos medios con los que contaba la Villa no eran suficientes y para atajar la pavorosa devastación se organizó en la Casa de Correos una Junta magna integrada por los alcaldes de Casa y Corte, las autoridades religiosas, civiles y militares, y hasta el Presidente del Consejo de Castilla. Mientras que éstos discutían el incendio continuaba devorando casas y la confusión era general: todo el mundo mandaba y nadie era obedecido, los inquilinos arrojaban los muebles por los balcones para evitar su ruina o saltaban por las ventanas para salvar la vida. Para contener el fuego el Vicario creía que la mejor opción era sacar en procesión el Santísimo de la Parroquia de Santa Cruz o la imagen de San Isidro Labrador; los Alcaldes, que se fusilase al ladrón que quisiese aprovechar el desorden; y el Capitán General era de la opinión que se usase la artillería a fin de reducir a escombros la manzana incendiada y así el fuego no se extendería por las restantes. Resultado: nadie tomó medidas y al día siguiente toda la manzana de casas que comprendía las calles de Preciados, de la Zarza y el callejón de los Cofreros, habían desaparecido, quedando completamente arruinados todos los inquilinos y propietarios. ¡Qué bien tomaban las decisiones nuestras autoridades! ¿Ustedes creen que hemos avanzado mucho con los años?





Narváez: el tocador de cojones
En el año 1847 la antigua Casa de Correos dejó sus funciones para alojar la sede del Ministerio de la Gobernación, por lo que este edificio pasó a ser el centro de la vida política española. En su interior no se dudó durante muchos años en manipular las listas de los gobernadores y amañar las elecciones de diputados y concejales para dar la mayoría al gobierno bajo el pretexto de dar tranquilidad al país. Eran otras épocas, otros políticos y otras formas de hacer política. Un simple ejemplo lo podemos ver en lo que ocurrió en un Consejo de Ministros a cuyo frente estaba el general Narváez, hombre altivo y de carácter fuerte. Al citado general no le gusto que su ministro de Estado, marqués de Viluma, se negara a firmar unos documentos diciendo: “No tomaré la pluma para firmar esos nombramientos”, y Narváez, que no estaba acostumbrado a que le contradijeran zanjó el incidente con una frase muy explícita: “Usted toma la pluma con la mano derecha y con la izquierda, si le place, me toca usted los cojones “ (sic). En otra ocasión nuestro político quiso invertir cuatro millones de reales en la Banca Rothschild para que los moviera en la Bolsa de París y se multiplicaran como los panes y los peces. El representante de los Rochschild en España, un tal Daniel Weisweiler, se creyó en la obligación de advertirle de los riesgos de la Bolsa, “porque usted sabe, mi general, que está ahora muy volátil, que sube y baja, y unas veces se gana y otras se pierde”. Cuando Narváez, que no estaba acostumbrado a perder en nada, oyó estas palabras, dijo: “Ah, no, ¿Qué dice usted? ¿Cómo que se pierde? ¡Ni hablar!”. Don Daniel, atribulado, escribió a París contando la nueva. Se trataba de un cliente español muy importante, tras el cual podían llegar otros, pero ocurría que, acostumbrado a ganar, no estaba dispuesto a perder un real. ¿Qué hacer? Tras breve reflexión, uno de los Rothschild envió la solución al problema: ¡Ea, que no baje la Bolsa para el General Narváez...!
La Puerta del Sol se reforma para…disparar mejor a las masas revolucionaras
Volviendo nuevamente a la Casa de Correos, tras su conversión en Ministerio de la Gobernación se decide derribar algunas casas de la zona para realizar una gran reforma que tenía intenciones higiénicas, económicas y políticas, pero sobre todo de seguridad. A raíz de los acontecimientos revolucionarios acaecidos en Europa en 1848, muchos países desarrollaron reformas urbanas de intención contrarrevolucionaria, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de poder. En el caso madrileño la Puerta del Sol albergaba, como hemos visto, el edificio del Ministerio de la Gobernación que se encontraba equidistante tanto del Palacio Real como de las Cortes, por lo que con la reforma de la plaza se perseguía crear un amplio espacio de seguridad delante de ese Ministerio, por ser éste el objetivo clave de cualquier revolución. Además también las calles angostas y tortuosas de los alrededores se eliminaron creando nuevas vías anchas y rectas que eran ideales para el manejo y la efectividad de las armas de fuego. El refinamiento de la idea era tal que no se aceptó la construcción de pórticos en los nuevos edificios para así evitar posibles parapetos y el mejor mantenimiento del orden público, de ahí que cuando paseamos en la actualidad por la zona no veamos una sola columna ni soportal. Pero igual coraje tenía con personas más encumbradas, como la curiosa anécdota que acaeció en uno de los Consejos de Ministros que presidía; cuando su ministro de Estado, marqués de Viluma, se negó a firmar unos documentos diciendo








El patio de mi casa
En 1852 el Ayuntamiento promovió la reforma de la plaza convocando un concurso de proyectos en el que se establecía, como condición indispensable, el mantenimiento de la alineación sur que formaba el eje de la calle Mayor y la Carrera de San Jerónimo con la Real Casa de Correos. La reforma empezó en 1854 con la demolición de la iglesia del Buen Suceso, pero surgen problemas con las expropiaciones y la falta de postores, por lo que el Ministerio de Fomento tiene que hacerse cargo de las obras y encarga un nuevo proyecto. Entre 1857 y 1862 los arquitectos e ingenieros Lucio del Valle, Juan Rivera y José Morer serán los encargados de llevar finalmente a cabo la reforma creando un gran espacio urbano delimitado en su zona norte por un conjunto semicircular de viviendas con fachadas uniformes y en la zona sur por la alineación de la Casa de Correos con la calle Mayor y la carrera de San Jerónimo, convirtiendo a la Puerta del Sol en un polo de atracción de importantes actividades comerciales, administrativas y financieras. En esta reforma tuvo también especial relevancia don Juan Manuel de Manzanedo, marqués de Manzanedo y duque de Santoña. El citado personaje, que era en esos momentos uno de los hombres más ricos del país, adquirió todos los edificios que se localizaban enfrente de la casa de Correos, por lo que bromeaba diciendo: “La Puerta del Sol es el patio de mi casa”. Trascurridos más de 160 años desde la reforma de la plaza, ahora sí que podremos decir que la Puerta del Sol es, sin lugar a dudas: “El patio de todas nuestras casas”.

Bibliografía
-Atlas Histórico de la ciudad, 1850-1939. Lunwerg Editores.
-Batallas del Siglo XIX en la Puerta del Sol. A. De Carlos Peña.
-Biografía de la Puerta del Sol. F. Mota y J. Fernádez-Rua.
-Diccionario enciclopédico de Madrid. Mª Isabel Gea Ortigas.
-El Madrid desaparecido. Mª Isabel Gea Ortigas.
-Historia de la Puerta del Sol. J. Tomé Bona.
-Historia de la Puerta del Sol. Ramón Gómez de la Serna.
-Hombres y cosas de la Puerta del Sol. L. Araujo-Costa.
-Visión romántica de Madrid. J.M. Ferrer.