viernes, 8 de enero de 2010



LAS CACERÍAS A CAÑONAZOS DE CARLOS IV

Por Antonio Balduque Álvarez

Uno de los reyes españoles que ha estado más relacionado con la cinegética es sin lugar a dudas Carlos IV. De su padre, Carlos III, recibió la afición por la caza, pero a diferencia de su progenitor, que compaginaba los gustos venatorios con las obligaciones del gobierno, Carlos IV carecía de la energía y firmeza necesarias para gestionar la nación. Con un carácter débil y una voluntad mínima los problemas nacionales le superaban y la política no le interesaba porque no la entendía, prefiriendo ser gobernado por otros y no gobernar él, desentendiéndose de todo excepto de la caza que gustaba practicar desde el mediodía hasta el anochecer. Esta afición le llegó por la vía familiar. Su tatarabuelo, el Rey francés Luís XIV, no dudó en aconsejar a sus vástagos que salieran al campo como terapia para evitar la tendencia familiar a padecer depresión e hipocondría. Cuando su abuelo, Felipe de Anjou, subió al trono de España con el nombre de Felipe V, puso en práctica tan sabio consejo realizando vistosas cacerías en el Pardo, la Zarzuela, Aranjuez, El Escorial, Navatecas, Batuecas o la Casa de Campo. Su tío, Fernando VI, gustaba más batir los montes de Chamartín, Valdelatas, Sotomayor o Aranjuez, y a su padre, Carlos III, que intentaba salir de caza todos los días del año, le daba igual el paraje con tal de apretar el gatillo. Con esta tradición familiar es lógico pensar que Carlitos tenía cartuchos en lugar de genes.
Su carácter y fisonomía
Era de carácter débil y de entendimiento escaso, hoy diríamos "cortito", no debiéndonos extrañar, porque, como todo en la vida se pega menos la hermosura, la herencia que le dejaron sus antepasados era para llorar. Su abuelo, Felipe V, no destacó precisamente por sus luces, y su padre, Carlos III, tampoco fue un catedrático en los estudios. Aunque no era un lumbreras, tampoco se puede afirmar, como se ha dicho en alguna ocasión, que era analfabeto, teniendo cierta facilidad para los idiomas, la música y la pintura, siendo un experto en manuales. Carlos III, consciente de las limitaciones intelectuales de su hijo, en alguna ocasión no dudó en espetárselo a la cara. Cierto día en que se comentaba su próxima boda, el rey le recordó la posibilidad que todo hombre tiene de sufrir alguna infidelidad. El futuro Carlos IV, en un alarde de madurez intelectual, le dijo muy seguro de sí mismo: "Pienso que los reyes están libres de las preocupaciones que tienen el resto de los maridos porque sus esposas no les pueden engañar con otros, ya que una reina no tiene otro rey cerca más que su esposo". Carlos III no pudo por menos que estallar ante un razonamiento tan simple y le gritó: "Carlos, Carlos, que tonto eres, las princesas también pueden ser putas, hijo mío". Además de bobalicón su carácter presentaba altibajos. En ocasiones disfrutaba riendo y gastando bromas a los caballerizos y ojeadores, no dudando en probar su vigor con los mozos de cuadras más robustos con los que realizaba combates de lucha leonesa. Sin embargo, a los mismos que un día les mostraba sonrisas y chanzas, al siguiente, por la cosa más nimia, podía descargar sobre ellos una lluvia de patadas y escupitajos que no cesaban hasta que el desdichado lacayo le besaba las manos, botas y rodillas. Como buen cazador, de joven mostraba unas piernas poderosas y musculadas, así como una esbeltez que iría perdiendo con el paso de los años. Lo que no varió con el tiempo fue la nariz larga y gruesa, la frente huidiza, la tez sonrosada, la cabeza pequeña y unos grandes ojos de mirar asustado que junto a una sonrisa bonachona le conferían un aspecto de rey simplón e incapaz.
De misa y cacería diaria
Se levantaba siempre a las cinco de la madrugada, rezaba, oía en sus habitaciones dos misas y se vestía. A partir de las seis se dedicaba a la lectura de obras piadosas y después de tener el alma reconfortada saciaba su cuerpo con un buen desayuno. Al finalizar bajaba a los talleres de palacio, se quitaba la casaca, se remangaba la camisa por encima de los codos y se ponía a trabajar con sus ayudantes, pues era una amante de las manualidades. Era capaz de cortar, clavar, coser y lustrar las mejores botas del reino, destacando sobre todo en la manipulación de relojes, jactándose de no haberse inventado uno que él no pudiera desmontar y recomponer en un santiamén. Su afición por la caza contribuyó a que aumentara la colección real de armas de fuego y la necesidad de poseer escopetas fiables para sus múltiples cacerías, hizo que entrasen a su servicio maestros armeros de reconocido prestigio como: Isidro Soler, Francisco Tarragona o Gregorio López. Continuando con su jornada a las doce en punto le servían una abundante comida, otra de sus aficiones, bebiendo sólo agua, pues no tomaba jamás vino, café o licores. Sobre la una salía a cazar sin importarle las condiciones climatológicas, y tan sólo dejaba de practicar esta afición los dos días anteriores a Pascua o cuando había alguna procesión importante. No regresaba a palacio hasta que anochecía, único momento que aprovechaba para dar audiencia a los ministros a los que tan sólo dedicaba media hora. Tras esta breve reunión jugaba a las cartas, tocaba el violín y se le servía una copiosa cena que tomaba con fruición para reponer las energías gastadas en las gestas cinegéticas. Agotado, a las once solía acostarse para reponer fuerzas y poder repetir al día siguiente los mismos horarios y actividades.

Ayudantes de cacerías
Seis coches, doscientas mulas y un centenar de caballos eran necesarios para transportar la impedimenta que el rey requería para alguna de sus cacerías. También tenía que estar presente la “Real Ballestería”, una serie de individuos que ayudaban al monarca en todo lo concerniente a la caza, y que se componía de: 4 capataces, 4 ayudantes de capataz, 33 rederos, 77 peones ojeadores, 16 mozos de traílla, 5 huroneros, 8 ayudantes de huronero, 3 mozos para controlar a los "perros de sangre" y un pescador. No era fácil entrar en la Ballestería, pues tenían prioridad los hijos o familiares de los que ya pertenecían, fomentándose así la lealtad. Cuando había una vacante, el Ballestero principal recibía informes sobre la conducta de los pretendientes y los elevaba al Caballerizo Mayor para su elección, pero Carlos IV solía inmiscuirse seleccionando él mismo a los pretendientes. Se preocupaba también por el bienestar de sus ayudantes, permitiendo que los hijos de los que pertenecían a la Ballestería acudieran a la escuela de primeras letras que existían en los Reales Sitios.
Manadas en Segovia
Como hemos mencionado Carlos IV no desperdiciaba momento ni ocasión para practicar su afición favorita. Pero como toda caza necesita animales, ordenaba repoblar de fauna ciertos parajes prohibiendo a continuación su caza durante un periodo de seis años para que nadie molestara las reses de aquella privilegiada zona. Cuando esta medida se aplicó en los montes de Riofrío, los animales se multiplicación de tal manera que hasta las puertas de Segovia llegaban en manadas ciervos, gamos, venados y jabalíes, arrasando a su paso las cosechas y las huertas de los alrededores de la ciudad. Los segovianos indignados con la situación, elevaron sus quejas al corregidor de la ciudad, pero éste, cumpliendo las órdenes del monarca tenía prohibido, bajo las más rigurosas penas, molestar lo más mínimo a los animales. Según pasaban los días los destrozos iban en aumento, por lo que una mañana del mes de abril de 1792 el Corregidor de Segovia, acompañado del Conde de Colomera, a la sazón Inspector general de Artillería, decidieron presentarse en el Palacio de San Ildefonso donde Carlos IV se encontraba de jornada cinegética. Cuando el Corregidor fue recibido, se estableció esta conversación entre el rey y sus acompañantes:
“-¿Qué hay, señor Corregidor?
-Señor, de hace ocho días a esta parte he recibido innumerables quejas de los hortelanos y labradores que tienen tierras en los alrededores de Segovia y que lindan con los cotos de Vuestra Majestad, exponiéndome que bandadas de veinte o treinta gamos, ciervos o jabalíes penetran en sus huertas y sembrados destruyéndolo todo.
-No os preocupéis. Tengo una idea. Y dirigiéndose al Inspector General de Artillería, Conde de Colomera, le dijo.
-Conde, hace unos días me has manifestado que deseabas visitara el Colegio de Artillería de Segovia. ¿Cuántos cañones tiene el colegio?
-Señor, tiene una pequeña batería rodada y para los ejercicios unos cuantos cañones de grandes dimensiones y grueso calibre.
-Pues mañana haz que a las nueve de la mañana estén preparados los cadetes del Colegio. Primero haré con ellos una cacería para limpiar la zona de la plaga de ciervos, gamos, venados y jabalíes. Luego pasaré revista.
-¿Cazar con artillería? Se sorprendieron los presentes.
-Sí. Eso que tanta sorpresa os causa, no es la primera vez que yo lo he hecho, pues en 1780 ya lo hice con mi padre en las inmediaciones de Aranjuez, y matamos más de dos mil reses, pues se hicieron los disparos con metralla. Por eso, a imitación de Aranjuez, quiero utilizar a los alumnos y las piezas de artillería de Segovia. Mañana la batida se dirigirá sobre el desfiladero que forma por un lado las tapias del lavadero de don Frutos Álvaro, y por el otro el Bosque de las Cabras. Sobre los dos promontorios que se elevan desde allí, deberán estar colocadas mañana a las 9 de la mañana las dos baterías y sus fuegos se dirigirán a la llanura que se extiende a la derecha del río Eresma. Veréis que hermosa cacería.”


Cadetes de cacería
Rápidamente comenzaron los preparativos y el Mayordomo Mayor recibió orden de convidar a los embajadores que habían acompañado a la Corte, y la reina no dudó en invitar también a sus damas. Al día siguiente, a las seis de la mañana, con la música en cabeza, los cadetes del Colegio de Artillería de Segovia desfilaron atravesando su puerta vestidos con lujosos trajes de gala, llevando entre sus filas las dos baterías de instrucción. Toda la población se agolpó en masa fuera de las murallas de Segovia, desde donde podían seguir con la vista la cacería Real, pues la batida iba a comenzar desde el Palacio de San Ildefonso en la Granja. Para hacer que los animales se encaminaran hacia el lugar elegido por el rey para efectuar los cañonazos, dos Batallones de Guardias Españolas y Valonas, un Regimiento de Infantería y tres Escuadrones de Caballería, formaron un semicírculo de radio inmenso. A una orden de Carlos IV los soldados empezaron a caminar estrechando poco a poco el espacio que había entre ellos, y una increíble multitud de gamos, ciervos, venados y jabalíes espantados, corrieron en todas direcciones. En ciertos puntos, para escapar de la trampa, se lanzaban en masa para romper la línea de soldados, pero la tropa en ese momento disparaba salvas de pólvora que les causaba aún más terror obligándoles a seguir el impulso general de la huida. Al encontrarse sin salida se dirigían sin remedio al estrecho paraje que se encontraba delante de ellos, momento esperado por los cadetes para hacer fuego cruzado con sus cuatro piezas cargadas de metralla. Durante dos horas y media los cañones no cesaron de disparar. El rey estaba radiante de alegría, su esposa la reina María Luisa disfrutaba del espectáculo, y el pueblo aplaudía y gritaba jubilosos al contemplar el nuevo sistema de caza. Cuando cesó el fuego y se ordenó contar las reses, éstas ascendían a mil setecientas quince.
Chorizo para después de la caza
Una vez finalizada la cacería, el monarca se dirigió a una tienda de campaña que el Mayordomo Mayor le había preparado para que repusiera fuerzas. Al acercarse, Carlos IV vio a varios soldados que estaban arrastrando un borrico y a su lado un aldeano que recogía la carga que el animal tiraba.
-¿Qué estás haciendo ahí, hombre? Le dijo el rey.
-Señor, estoy recogiendo como puedo mis chorizos que este animal va tirando por el suelo.
-¡Cómo que chorizos! Dijo el rey más satisfecho que sorprendido.
El arriero se apresuró a explicarle su procedencia y a la vez que le decía que eran los mejores de su comarca, no dudó en ofrecerle varios de los más gordos para que los probase.
-¡Veamos! Exclamó el monarca, y cogió uno de los chorizos. El arriero, sin dudar un instante, reunió unas cuantas hojas secas y unos trocitos de ramas para hacer a los pies de Carlos IV una pequeña hoguera con la que asar los chorizos. Asado el primero el rey pidió pan. Inmediatamente un gentilhombre se aproximó a él y doblando una rodilla le presentó en un plato de plata un panecillo entre dos servilletas. El rey comió con rapidez y le trajeron para refrescarse una botella de agua helada, pues era la única bebida que tomaba. Ante la sorpresa de todos pidió otro chorizo, y otro, y otro, así hasta seis, pues era hombre voraz para la comida, y rechazó los suculentos fiambres, bizcochos, merengues y dulces que tenían preparados para el almuerzo regio.
-¿Cómo te llamas? Le preguntó el rey una vez terminada la comida.
-Señor, me llaman el tío Rico y vivo en Candelario.
-Pues bien, tío Rico, ahí tienes esas seis onzas por el placer que me han causado tus seis chorizos, que declaro son los mejores que he comido, y además te nombro mi proveedor de cámara.

Al momento dio la orden de regresar al palacio de San Ildefonso. Por el camino se dirigió a la reina que marchaba a su lado, y girando su cara con satisfacción le comentó con: "Pocos días tan felices he tenido como el de hoy; he hecho una cacería como no ha existido ejemplo, he librado a los labradores de los animales que destruían sus cosechas y he tomado un almuerzo completamente a mi gusto".

Bibliografía
-Archivo General del Palacio Real. Secc. Administración Legajo 351.
-Una cacería de Carlos IV Revista "El Campo". Año 1877. N° 3.
-Historia de un gremio: Arcabuceros de Madrid. Antonio Balduque. Revista "Armas". N° 258.
-Carlos III: Un rey apasionado por la caza. Antonio Balduque. Revista "Caza y Pesca".N° 671--Vida privada de los Borbones. Manuel Ríos Mazcarelle.
-La vida y la época de Carlos IV. Carlos Rojas.
-El fin de la vieja España. Godoy. Hans Roger Madol.
-Candelario y su Serranía. Guía del Visitante.