lunes, 12 de abril de 2010

LA ESPADA DE FRANCISCO I
LA CURIOSA DEVOLUCIÓN DE UNA ESPADA EQUIVOCADA


En 1524 las tropas de Carlos V vencieron a las francesas en la batalla de Pavía, capturando al rey francés Francisco I que se vio obligado a entregar sus armas en el momento del apresamiento. La espada sufrió un curioso peregrinaje que en este artículo intentaremos desvelar.





¡Qué Bicoca!
En los primeros decenios del siglo XVI el rey francés Francisco I ve con angustia como sus territorios van siendo rodeados por sus enemigos, en especial por las posesiones de Carlos I de España. Para reducir la presión decide anexionarse una zona de vital importancia para sus enemigos porque enlazaba los dos bloques que constituían el imperio europeo: España-Italia y Austria-Borgoña. Este enclave era el ducado de Milán, más conocido como el Milanesado, por lo que entre 1521 y 1524 las tropas francesas y españolas van a tener que cruzar sus armas para dominarlo. Los franceses para reforzar sus tropas decidieron acudir a los más famosos mercenarios de la época: los piqueros suizos. Quince mil suizos son contratados por Francia, y en el convencimiento que la victoria estaría de su parte deciden enfrentarse a cuatro mil soldados españoles. La batalla se libró el 27 de abril de 1522 en la localidad milanesa de Bicocca, siendo diezmado el ejército francés sin que hubiera casi ninguna baja entre los españoles gracias al novedoso empleo de los arcabuces por parte española. Desde ese momento se incorporó al idioma español la palabra bicoca para referirse a un bien muy deseado que se obtiene de manera fácil y sencilla. Tras varios años de combates con alternancia de resultados, Francisco I realiza a finales de 1524 un avance irresistible, por lo que los imperiales, para poder reagruparse, tienen que retirarse hacia el Este dejando en Pavía una mínima guarnición que tiene que rechazar los continuos asaltos de un ejército muy superior. El rey de Francia Francisco I

Desjarretando caballos y rematando enemigos
Ante los repetidos fracasos de asalto, Francisco I opta bloquear la plaza como mejor método para hacerla capitular. Los ejércitos de Carlos I sufrían una acuciante falta de dinero y víveres, por lo que temiendo que sus tropas pudieran desertar si se producía una campaña prolongada decide avanzar contra el ejército sitiador. Los oficiales de Francisco le recomiendan levantar el sitio para no quedar aprisionado entre las fuerzas que defienden la ciudad y los que acuden para levantar el sitio, pero hace oídos sordos y decide mantener la posición. En la mañana del 24 de febrero de 1524 los españoles que habían acudido para ayudar a los sitiados, y las tropas que estaban sitiadas en el interior de Pavía, realizan un asalto conjunto que sorprende al enemigo. Francisco I decide presentar combate y al frente de su caballería realiza una potente una carga que barre a la imperial. Al ver derrotada la caballería imperial, Francisco I cree ganada la batalla sin prestar atención a un elemento novedoso: los arcabuceros españoles. Cuando la caballería francesa se está reorganizando tras la carga, los españoles reúnen a mil quinientos arcabuceros que, protegidos desde un bosque, abren un fuego devastador contra las cabalgaduras que caen a decenas arrojando contra el suelo a los caballeros que por el peso de sus armas apenas pueden levantarse. Este momento es aprovechado por pequeños destacamentos de españoles que espada o daga en mano acuden prestos a desjarretar o desbarrigar a los caballos, así como para rematar a los enemigos caídos.

Juan de Urbieta

Rendición de Francisco I y entrega de su espada
Al ver que todo estaba perdido el monarca francés decide huir, pero un balazo derriba a su caballo que cae de costado atrapando la pierna de Francisco I. Una vez en el suelo acudió presto hacia él un vizcaíno llamado Juan de Urbieta, quien al verle tan señalado en sus vestiduras le puso el estoque en un costado intimándole a rendirse. El rey, viéndose en peligro de muerte, exclamó: “¡La vida, yo soy el rey!”, “¡No me rindo a ti, me rindo al emperador! En ese momento Urbieta vio que al alférez de su compañía querían arrebatarle su estandarte, por lo que antes de pedirle al rey una señal para que quedara constancia que él le había rendido, prefirió socorrer a la bandera no sin antes decirle: “Si vos sois el rey de Francia, hacedme una merced” y alzándose la visera de su casco le mostró su dentadura mellada y le dijo: ”En esto me conoceréis”. Al partir Urbieta se acercó otro hombre de armas llamado Diego de Ávila que al ver en tierra a tan adornado personaje le intimidó para que se rindiera, entregándole Francisco I su estoque de combate y una manopla de su armadura. Para ayudar al monarca francés a liberarse del caballo que le aprisionaba parte del cuerpo a Diego de Ávila le auxilió un soldado llamado Alonso Pita da Veiga, que no dudó en tomarle del cuello la insignia de San Miguel que llevaba colgada de una cadenita.
Significación de la entrega del estoque y la manopla
La tradición de aceptar la rendición entregando el estoque de combate y su manopla derecha era un hábito entre los reyes combatientes. Con esas formalidades se rindieron Juan de Francia, en la batalla de Poitiers, y el rey David de Escocia, en la batalla de Durham, por lo que Francisco I tomó como ejemplo este gesto. Otras muestras de este tipo de rendición las tenemos también en la más cercana batalla de San Quintín (1557), donde el Condestable de Montmorency entregó su estoque como señal de rendición a un soldado de la caballería ligera llamado Sedano, el cual se lo confió personalmente a Felipe II. La espada era considerada desde la antigüedad como una herramienta de justicia y de orden, estando indisolublemente asociada a la protección que ofrecían los soberanos a la sociedad, por lo que al desprenderse voluntariamente de ella el monarca dejaba simbólicamente a su pueblo sin ninguna protección, de ahí que muchos caballeros prefirieron tras la batalla de Pavía entregarse voluntariamente diciendo:”No quiera Dios que nosotros volvamos a Francia, quedando prisionero nuestro rey”.
El viaje de la espada hasta España
Tras su captura Francisco I quedó prisionero en un monasterio a las afueras de Pavía, y allí estuvo hasta que llegó un correo del Emperador ordenando se le embarcase en Génova con destino a Madrid, donde fue instalado en el Palacio Real. También acudió a Madrid don Diego de Ávila, el poseedor del estoque de guerra y la manopla con las que combatió Francisco I, el cual, tras solicitar una recepción con Carlos V, depositó en las manos del Emperador los preciados objetos, que no dudó en guardarlas durante algún tiempo en su cámara personal por considerarlos como objetos de especial relevancia. Espada de Corte o protocolo de Francisco I

Llega la espada de la confusión
En 1585, sesenta años después del combate de Pavía, cuando Felipe II se encontraba en Tortosa de regreso de las Cortes celebradas en Monzón, un sujeto llamado Marco Antonio de Aldama le hizo donación de una espada de ceñir guarnecida de oro y esmalte. En el momento de la entrega informó al rey que dicha espada había pertenecido a su padre D. Juan de Aldama, coronel de Italianos que participó en la Batalla de Pavía, donde según le había contado su progenitor la había tomado a Francisco I. Pero todo parecía indicar que más que una espada de combate, la espada entregada a Felipe II, al estar toda ella guarnecida de oro y esmalte, tenía que ser de las que se usaba el monarca en la corte, por lo que debió ser tomada en el campamento francés y no de la mano del monarca francés. El rey castellano recompensó el obsequio otorgándole una pensión de 200 libras anuales y una carta de privilegio expedida el 1 de Julio de 1589 en San Lorenzo de El Escorial, disponiendo que se depositara en la Real Armería junto al estoque de combate entregado a su padre Carlos V. El oro y esmaltes de la rica empuñadura así como el grabado de una salamandra, emblema que Francisco I usó en la batalla de Pavía, hicieron creen con el paso de los años que la espada ofrecida a Felipe II en 1585 era la que entregó Francisco I en el momento de la rendición, mientras que el escaso valor intrínseco del estoque de combate, arma de guerra de gran solidez que no podía tener esmaltados pues fácilmente escaparía de las manos en la lucha, y quizá el deterioro en el que se encontraba, provocaron que éste cayera en el olvido.
Fernando VII devuelve una espada equivocada
Estas dos espadas, la de combate y la de protocolo, permanecieron en la Armería Real de Madrid hasta la invasión francesa de 1808. Fernando VII hizo su entrada triunfal en Madrid el 25 de marzo de 1808, a los cinco días del famoso motín contra Godoy y la abdicación de Carlos IV. Embriagados con el entusiasmo popular los madrileños casi no habían reparado que las tropas francesas, al mando del Murat, cuñado de Napoleón y Gran Duque de Berg, habían entrado el día anterior en la citada Capital. Las adulaciones que mostraba Fernando VII hacia Murat llegaron a ser vergonzantes, por lo que cuando el francés hizo comentó que a su cuñado el Emperador “le sería muy grato poseer la espada que perteneció a Francisco I”, el felón Fernandito no dudó en comentar a su allegado: “¿Qué importa un pedazo de hierro más o menos? Demos gusto a la familia imperial”. El 29 de marzo dio la orden verbal a su Caballerizo Mayor, Marqués de Astorga, para que dispusiera todo lo necesario a efectos de entregar a Murat “la espada de Francisco I que desde el año 1525 se hallaba en la Real Armería del Arco de Palacio”. Como se aprecia, la orden indicaba claramente que se debía devolver el estoque de combate que se entregó como gaje a Diego de Ávila, y no la espada de ceñir guarnecida de oro y esmalte que llegó a manos de Felipe II en 1585, que fue la que realmente devolvimos.

Palacio del Secretario de Estado en Madrid donde vivía Murat durante la ocupación francesa y lugar donde se entregó la espada de Francisco I.

El pomposo ceremonial de entrega

El día 30 de marzo por la tarde, el Armero Mayor D. Carlos Montargis y su ayudante D. Manuel Frotier, sacaron la espada del armero nº 40 y la llevaron a la casa del Marqués de Astorga. A la mañana siguiente esperaba a la puerta de la casa una rica carroza de embajadores conducida por un tiro de mulas con guarniciones de gala, escoltándola a cada uno de sus lados tres lacayos del rey con grandes libreas. En ella se colocó la espada sobre una bandeja de plata, comprada exclusivamente para tal evento, cubierta con un paño de seda rojo guarnecido de galón ancho brillante y flecos de oro. En otro coche, también con tiro de mulas y dos lacayos a cada lado, se aposentaron el Marqués de Astorga y el Duque del Parque, Teniente General de los Reales Ejércitos y Capitán de las Reales Guardias de Corps. A las doce en punto partieron las carrozas escoltadas por una partida de Guardias de Corps compuesta por un subrigadier, un cadete y veinte guardias. La comitiva recorrió la calle ancha de San Bernardo y la de Torija, y al llegar al alojamiento de Murat, que era la antigua casa que había habitado Manuel Godoy junto al convento de Dña María de Aragón, la guardia de honor del Duque de Berg les recibió formada. Una vez detenidas las carrozas se apearon las comitivas. El Armero Mayor tomó la bandeja con la espada y subió delante del Marqués de Astorga y el Capitán de las Reales Guardias hasta un amplio salón donde les esperaba el Gran Duque. Una vez en su presencia, el marqués le entregó una carta de Fernando VII y dijo una corta arenga, después de lo cual hizo entrega de la espada recibiéndola Murat con el mayor agrado, contestando con un expresivo discurso. Concluida la ceremonia retornó la comitiva a Palacio dando cuenta a Su Majestad por escrito de haber realizado la comisión a plena satisfacción.
Llega una copia de la espada
Años después el Estado reclamó a Francia la devolución de lo expoliado en la Guerra de la Independencia. En virtud de los tratados de 1814 y 1815 algunos objetos fueron devueltos, pero la espada entregada a Murat que pudo regresar a la península porque no cumplía los requisitos al haber sido entregada al país vecino en un acto espontáneo y “voluntario” de Fernando VII. En vista de la situación, y queriendo conservar en la memoria de los españoles el glorioso triunfo de Pavía, Isabel II mandó D. Eusebio Zuloaga, armero de palacio, que realizara una copia exacta de la espada que se encontraba depositada en el Mueso de Artillería de París. El 24 de marzo de 1849 se le comunica la Real Orden autorizando el gasto de 4.000 reales para la fabricación de la copia, arma que se puede contemplar en la actualidad en la Armería Real de Palacio (Madrid), siendo descrita en el catálogo histórico-descriptivo de la Real Armería de Madrid en los siguientes términos: “de hoja ancha de campo llano, filos abiselados y recazo bañado en oro. En ambas caras se aprecia una lazada semejante a la del collar de la Orden francesa de San Miguel, y una cruz de tres brazos parecida a la de Lorena. El largo de la hoja es de 0,850 metros y en la canal se lee en caracteres monacales lo siguiente: “CHATALDO ME FECIT”. La empuñadura, de oro y esmalte, se compone de una cruz de brazos rectos cuadrangulares que terminan en volutas dobles con el texto “FECIT POTENCIAM IN BRACHIO SVO”, puño cilíndrico con dos fajas de oro esculpidas que rematan en una salamandra por cada lado, y el resto cubierto de esmalte rojo y blanco a bandas oblicuas. El pomo es redondo, ligeramente aplanado y con grandes hojas de acanto y rodeos de oro sobre fondo de esmalte rojo”.

Bibliografía
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 308. Exp. 41
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 315. Exp. 8 y 16
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 321. Exp. 8 y 29
-Catálogo de la Real Armería de Madrid. El Conde de Valencia de Don Juan.
-Compendio de Historia de España. Alfonso Moreno Espinosa
-Lecturas Históricas Españolas. Claudio Sánchez Albornoz
-Museo Militar. Francisco Barado

2 comentarios:

Chuso dijo...

Muy interesante.

Debo entender que la espada original capturada en Pavía sigue en poder de España. Espero que si es así no la entregue otro felón a los gabachos.

David Temprano dijo...

Resulta interesante el viaje de esta espada. ¿Hay alguna información sobre el aspecto de la espada de combate?