jueves, 15 de abril de 2010

¡AGUA VA!
Curiosidades del agua de Madrid




Por Antonio Balduque Álvarez y Guiomar Balduque Méndez



En la parte más alta de lo que actualmente es la calle Segovia, existió un poblado visigodo que era conoció por el término latino “Matrice”, que significa “arroyo matriz o madre”, en referencia al nacimiento de agua alrededor del cual se fueron asentando los primeros pobladores visigodos. Con la llegada de los musulmanes este minúsculo asentamiento fue tomando relevancia por su ubicación privilegiada en el camino que los cristianos de los reinos del Norte tenían que recorrer una vez que pasaban los puertos del Sistema Central, de ahí que a mediados del S. IX el emir de Córdoba, Muhammad I, decidiera fortalecer el asentamiento con unas potentes murallas. La nueva población amurallada se levantaba sobre un escarpe rocoso a considerable distancia del río Manzanares que a sus pies serpenteaba con tan mezquino cauce, que siglos después hay quien lo ha llegado a comparar con un colegio pues tenía “vacaciones en verano y curso sólo en invierno”. Hasta la fecha los arqueólogos no han encontrado restos de conducciones de agua que desde el río llegasen hasta la ciudad. Pero si lo musulmanes no utilizaban el río para beber ¿de dónde sacaban el agua?... De los “viajes de agua”.

Los viajes de agua
En el subsuelo de la altiplanicie madrileña y sobre las capas graníticas impermeables del terreno, durante siglos se fueron formando mantos acuíferos que se nutrían de los arroyos subterráneos procedentes de la sierra del Guadarrama y del agua de lluvia que se iba filtrando por las capas permeables hasta configurar unas potentes bolsas de agua. A unos kilómetros de la nueva Madrid amurallada, y en una zona con mayor altura que la ciudad, los musulmanes se especializaron en detectar estas bolsas de agua, y una vez localizadas, excavaban profundos pozos para captar el preciado líquido. Después los iban uniendo entre sí por medio de galerías subterráneas con la altura y anchura suficiente para que pudiera recorrerla un hombre y cuyo fondo se canalizaba con piezas de barro para que el agua descendiera suavemente hasta Madrid por la acción de la gravedad gracias a una inclinación del 1 al 4 por mil. Este sistema madrileño de viajes de agua, con sus vías principales, secundarias, conexiones y ramales, se asemejaba mucho al sistema neuronal de una persona, permitiendo que esta complicada red de canalización subterránea llevara el agua necesaria a cualquier parte de la ciudad sin necesitar para nada al río Manzanares que quedaba relegado a la simple función de lavadero o suministrador de agua para el riego de huertas y tierras de labor. Con este sistema tan simple la capital logró el suministro durante el escaso margen de tiempo de…¡diez siglos!
Perfume con babas
Después de recorrer kilómetros de gale-rías subterráneas el agua que llegaba a las fuentes madrileñas se dedicaba más a calmar la sed que a la limpieza corporal. Como a los españoles nos gusta imitar las conductas de las clases altas, no nos debe extrañar lo mal que debían oler nuestros antepasados, pues incluso Lobera de Ávila, médico personal del Emperador Carlos V, recomendaba que tras levantarse de la cama se asease únicamente la cara y las manos, dejando el baño para los enfermos pues no era costumbre de “los Señores de España”. Del baño se huía como de la peste pues se pensaba que destruía las fuerzas, hacía descender los malos humores, provocaba vómitos y desmayos, ablandaba el cuerpo y por si todo esto era poco, afeminaba al hombre. Tan extendidas estaban estas ideas que los capitalinos de los siglos XVI, XVII y XVIII, si alguna vez utilizaron el Manzanares para bañarse, nunca lo hicieron con intenciones higiénicas, sino siempre en verano y con el único fin de refrescarse. Como el olor corporal era tan intenso, los fétidos aromas humanos se intentaban ocultar bajo el velo de afeites, lociones y esencias. Las damas se solían perfumar los vestidos, las manos, los cabellos y la cara con aguas olorosas que contenían almizcle, ámbar o algalia, y a falta de pulverizador, las criadas llenaban su boca con agua aromatizada y la escupían con fuerza a través de sus dientes rociando el rostro de su señora con una finísima lluvia perfumada y sobre todo… ¡de babas!
¡Todo bien frío!
Aunque el agua se utilizaba poco para el aseo, sí que estaba muy extendida entre los madrileños la costumbre de beberla fresquita. Para nosotros es muy sencillo sacar de la nevera una bebida fría, pero hace siglos para enfriar un líquido se tenía que introducir en un pozo, una cueva, un sótano, dejarse al relente nocturno en una vasija porosa cubierta con un trapo húmedo o se enfriaba con nieve, siendo este último el recurso más usado entre nuestros antepasados. Cuando hablamos de enfriar los líquidos con nieve no queremos decir que los madrileños pusieran nieve en los vasos a modo de cubitos, o que bebieran el agua helada obtenida al derretir la nieve. No. Su método era tan sencillo como rodear con nieve un vaso de vidrio lleno de agua, tapando el mismo con un platillo repleto también de copos helados. En otras ocasiones en lugar de vasos se usaban cantimploras o garrafas de cobre con formas estrechas y alargadas para introducirlas mejor en la nieve. La afición al agua helada se fue extendiendo durante los siglos XVI y XVII y a otras bebidas, siendo muy común entre los madrileños degustar muy fría la limonada de vino, la aloja, el agua de canela o de guindas, la leche, los sorbetes, la horchata o el hipocrás, siendo tal la pasión que al final del S. XVII hasta el caldo gustaba tomarlo… ¡helado!
La reina muere por un caldito frío
La excesiva afición al consumo de bebidas frías hizo que para acelerar el proceso de enfriamiento echaran directamente nieve dentro del líquido a refrigerar. Como podemos imaginar en esos siglos el transporte y manipulación de la nieve se hacían sin cumplir las mínimas condiciones higiénicas, por lo que cuando se bebía un líquido así enfriado los riesgos de contraer una gastroenteritis eran altísimos, siendo muy comunes, sobre todo en verano, las epidemias. Aunque para el pueblo no existían muchos miramientos, para los reyes sí se tenía especial cuidado en que la nieve que llegara a sus mesas fuera de la mejor calidad, de copos blancos, brillantes y sin olores. Pero ni aún así la realeza se libraba de sufrir problemas estomacales, cuando no otros mayores. Como lo demuestra la curiosa historia de la reina María Luisa de Orleans, primera mujer de Carlos II, que al parecer se sumió antes de tiempo en el sueño de los justos por su denodada afición a las comidas y bebidas heladas. Según cuentan las crónicas a María Luisa, en lugar de tomar para merendar una aburridísima taza de café acompañada de unas tristes pastas, se le ocurrió disfrutar de una merienda de diseño a base de naranjas, aceitunas y ostras. Por si su estómago no había sufrido suficiente prueba de madurez, no se le ocurrió a la buena mujer más que regar a estos alimentos, que todo el mundo sabe que combinan a la perfección, con abundantes libaciones de leche fría y caldo helado. No se sabe si murió por el exceso, la mezcla o la gastroenteritis, pero sí podemos afirmar que llegó muy fresquita a las puertas de San Pedro.
Las neveras
El consumo de nieve llegó a ser tan habitual entre todas las clases sociales, que se vendía por las calles durante todo el año. Desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, durante el verano, y desde las ocho de la mañana a las ocho de la noche, en invierno, los madrileños acudían a los puntos de venta para proveerse de tan refrescante suministro, siendo tanta la demanda que a los encargados de vender y acarrear esta mercancía se les conoció como “neveros”, a los puntos de venta “neverías” y a los lugares donde se guardaba la nieve para conservarla se les llamó “pozos de nieve” o “neveras”, de ahí que todavía hoy en día muchos de nosotros utilicemos el término castizo nevera y no el de frigorífico. La cantidad de nieve que demandaba la capital fue adquiriendo tal volumen que para asegurar que Madrid estuviera siempre abastecida, Felipe III concedió al catalán Pedro Xarquíes la exclusividad del suministro de hielo y nieve. La empresa de Xarquíes sacaba la nieve de los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama y la trasladaba hasta unos pozos que entre 1607 y 1608 había construido en la zona que hoy ocupa aproximadamente la plaza de Bilbao, y a otros que existían en la Real Casa de Campo. Desde estas zonas de almacenaje la nieve se transportaba en caballerías hasta los puntos de venta o neverías, que en 1619 se localizaban entre otros lugares en: la Puerta del Sol, Plazuela de Herradores, el Portal del Marqués de Cañete, el Portal de la Duquesa de Pastrana, el Portal del Conde de Salazar, el Portal del Duque de Frías, la Plazuela de Matute o en la misma vivienda de Pedro de Xarquíes.
La ciudad más puerca del mundo
Como hemos mencionado Madrid podía ser admirada por su curioso sistema de suministro hídrico pero no por su alcantarillado. Mientras que existían unos viajes de agua que llevaban agua limpia a las fuentes, conventos, hospitales, casas nobles o al Palacio Real, Madrid no disponía del más sencillo alcantarillado por el que eliminar las aguas sucias y las inmundicias que generaban los madrileños, de ahí que existiera la costumbre de arrojar por las ventanas tanto las aguas mayores como las menores y las basuras. En los pueblos las necesidades fisiológicas se realizaban en el campo o en corrales, pero en una ciudad como Madrid, que al estar rodeada por una cerca tenía que crecer en altura, no existía tal posibilidad, por lo que los madrileños fueron especialistas en el lanzamiento aéreo de excrementos desde sus ventanas al grito de ¡Agua va! Cuando los visitantes extranjeros llegaban a Madrid se quedaban asombrados de que sus calles estuvieran recubiertas de un fango tan putrefacto que les quemaba los zapatos, los cerdos recorrieran la ciudad a sus anchas porque se alimentaban con los desperdicios que se amontonaban en las calles, el ambiente fuera tan insalubre que las rejas de las casas rezumaran un “sarro infecto” y el hedor tan intenso que antes de ver la ciudad ya se sabía que existía. Por todo lo dicho no nos debe extrañar que en 1747 el viajero italiano Beretti dijera de Madrid que era la “cloaca máxima, pues paseando por sus calles se está como en una letrina”.
La marea de excrementos
Estos olores tan nauseabundos, que una pituitaria actual no podría resistir, no eran sin embargo problema para los madrileños de los siglos XVI, XVII y XVIII, pues tenían la curiosa idea de que el aire de Madrid era de una pureza tan extrema que si no se equilibraba con los vapores inmundos que producían los excrementos podría ser perjudicial para su salud. Este pensamiento estaba tan arraigado que circulaba por calles y mentideros una popular letrilla que decía: “el aire de Madrid es tan sutil que mata a hombre y no apaga un candil”. Pero no debemos pensar que nunca se limpiaban las calles. Se limpiaban pero menos de lo necesario sobre todo por falta de presupuesto. El aseo de las vías se realizó durante los siglos XVI, XVII y la mitad del XVIII de dos formas dependiendo la climatología. Si hacía buen tiempo la basura y los excrementos sólidos humanos y animales diseminados por el suelo se recogían y sacaban de la ciudad por medio de carros dispuestos a tal efecto. Pero cuando el tiempo era lluvioso las calles se llenaban de una masa cenagosa que impedía el avance de los carros por lo que tenían que usar “los carros podridos”, una especie de grandes cajones tirados por mulas y conducidos por un hombre que arrastraban a su paso una pestilente masa viscosa de basura y excrementos. Esta “crema de deposiciones” se conducía hasta unos sumideros que drenaban las inmundicias hasta el Manzanares. En Madrid existían dos grandes sumideros o alcantarillas: el de los caños del Peral, que se localizaba donde actualmente está la Plaza de Isabel II, y la del arroyo de Leganitos. Cuando los carros podridos empezaban a arrastrar al unísono el fango marrón, la natural pestilencia que envolvía Madrid se incrementaba de tal forma que los olores nauseabundos anunciaban con antelación la llegada de tan fétida comitiva, de ahí que los madrileños conocieran el sistema de limpieza como “la marea”.
Los madrileños son como niños…
A la muerte de Fernando VI, su hermanastro, Carlos III, tiene que dejar el trono de Nápoles y regresar a España. Cuando llega a Madrid se encuentra una ciudad de aspecto deprimente, llena de lodos, basuras y excrementos malolientes que la hacían parecer más una pocilga que una urbe. Al poco de ceñir la corona y harto de ver a Madrid nadar entre la inmundicia, manda al marqués de Esquilache que prepare un plan de limpieza, empedrado, alumbrado y alcantarillado que transforme la mugrienta ciudad. Al fin, el 13 de mayo de 1761, se publica una Real Orden para el aseo y limpieza en la que se prohibía arrojar aguas mayores y menores por las ventanas, teniéndose que canalizar los desperdicios hasta unos pozos negros o fosas sépticas. Estos pozos se debían vaciar por la noche, y los excrementos sacados de la ciudad en unos carromatos malolientes que el pueblo denominaba “las chocolateras de Sabatini”. La Orden prohibía también que los cerdos estuvieran sueltos por las calles, salvo para llevarlos al campo antes de la salida del sol y recogerlos después de la puesta. Para dar una solución a los residuos urbanos, se obligó que todos los carruajes que entraban a Madrid cargados con mercancías para el consumo humano, la mayoría de ellos con pan, tendrían que llevarse a su salida las basuras y desperdicios de los madrileños. Pero la Orden iba aún más lejos, autorizando a los alguaciles a entrar en las viviendas particulares una vez a la semana para comprobar que éstas estuviesen limpias. Si consideraban que alguna de ellas no presentaba el debido aseo podían incluso multar a los dueños. ¿Cómo actuarían ustedes si ahora se autorizara a un concejal del Ayuntamiento a entrar a su casa para comprobar si ha pasado la mopa? Si esto no era suficiente, tres años después, en 1764, se publicó otra Real Orden en la que se obligaba a los madrileños a barrer la delantera de su casa a primera hora de la mañana, y desde mayo a octubre también a regarla. El pueblo madrileño acogió muy mal estas medidas higiénicas por lo que Carlos III, que no comprendía cómo podía tener unos súbditos tan marranos, parece no dudó en exclamar: “Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava”.

Bibliografía:
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Hoy, 1989.
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Confederación Hidrográfica del Tajo y Canal de Isabel II, 2000.
VV.AA.: Madrid: Atlas histórico de la ciudad,.1850-1939, Madrid, Editorial
Lunwerg/Fundación Caja Madrid, 2001.

capsuladelengua.wordpress.com

5 comentarios:

Manuel dijo...

Querido Antonio: ¡genial, como siempre!...

En la Sierra de espuña de Murcia, aún existen los vestigios de unos "pozos de nieve" que tenían la misma finalidad que los que tú mencionas en este precioso ensayo. Me encantaría que algún día investigases sobre ellos y mlo contaras.

No puedes imaginarte lo que disfruto con estas lecturas. Espero que pronto las reunas en un libro y pueda tenerlas, todas juntas, en mi biblioteca.

Un abrazo.

Emilio Porta dijo...

Yo también espero que todo lo que nos ilumina la mente en tu blog aparezca reúnido en un libro. Qué compendio de sabiduria, qué bien escrito todo, y que útil para el conocimiento. Yo creo, con sinceridad, que es el blog de mayor interés de la blogsfera. Voy a empezar a hacer publicidad en mi blog del tuyo para que la gente conozca el que, sin duda, más cosas aporta a la cultura general, al menos a nivel histórico.
Enhorabuena, Antonio - a los dos autores en este caso - porque el artículo es magistral. Y que un tema tan "arduo" te resulte ligero y agradable dice mucho de tu prosa.
Saludos.

Alicia Uriarte dijo...

Antonio, sólo quiero que sepas que desde que paseo por la Blogsfera, hace más de un año, he leído siempre tus entradas.

Sólo tengo para darte las gracias y el que sepas que somos varios los que, acaso egoistamente y de manera sigilosa, utlizamos tus trabajos para recordar, aprender y desde luego siempre saborear esas curiosidades de la historia. Te felicito por esos trabajos de investigación y por la presentación impecable en lo que se refiere a lo bien escritos y argumentados que están.

Saludos pero que muy cordiales.

Antonio Balduque dijo...

Manuel, los pozos de nieve de la Sierra de Espuña, como tu bien dices, tenían la misma finalidad que los madrileños, y lo raro es que todavía permanezcan en buen estado.
Emilio, te agradezco la publicidad que quieres dar al blog, porque el fin último es que lo lea el mayor número de personas para que amplien sus conocimientos de una forma divertida y dar a conocer nuestra asociación de Escritores en Red.
Alicia, mis artículos son todo tuyos para que los utilices como gustes, me siento suficientemente pagado con tu lectura.
Gracias a todos.

ALEJANDRA VIDALES dijo...

Estaba buscando fontanería y saneamiento antiguo de Madrid y tu artículo es estupendo. Gracias