jueves, 19 de noviembre de 2009




Fernando “El Católico”:
El Rey que murió por sobredosis de afrodisíacos

Por Antonio Balduque Álvarez



De los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, hemos leído o estudiado sus virtudes como estadistas, además de su prudencia y sensatez en el gobierno, pero pocas veces hemos tenido ocasión de conocer que Fernando “El Católico” tenía más de pecador sexual adúltero que de buen católico, siendo numerosas las mujeres que gozaron en sus aposentos, por lo que a la reina Isabel únicamente le quedó sufrir con dignidad la poblada cornamenta.

Los celos de doña Isabel
Don Fernando era un mozo atractivo, de mediana estatura, simpático, afable y de ojos cautivadores que desde su más temprana juventud derrochó un “admirable vigor corporal” que no dudó en apagar en variadas camas juveniles. Una vez casado con la reina católica su fogosidad le permitió amar con holgura dentro y fuera de su casa, por lo que Isabel tuvo que sufrir estoicamente, y hasta su muerte, las infidelidades de su casquivano marido, provocando los terribles celos de la reina constantes recriminaciones y discusiones matrimoniales, llegando incluso a ordenar que cualquier mujer que tuviera el atrevimiento de mirar a su marido de una manera provocativa fuera expulsada inmediatamente de palacio. Mientras que Isabel guardaba fidelidad a su esposo, Fernando se dedicó a tener descendencia con doña Aldonza Roig de Ibarra, Joana Nicolau, Toda de Larrea o con una portuguesa apellidada Pereira. Como reina era dueña y señora de sus súbditos pero no lo era tanto de su marido, y lo único a lo que pudo recurrir cada vez que se enteraba por los chivatos de la corte de que Fernando tenía un hijo, era castigarle donde más le dolía, en el sexo, negándose “a cumplir físicamente con él hasta que consideraba pagado el pecado cometido”, resumiendo: le tenía durante una temporadita a dos velas.
Muere la reina y Fernando quiere un heredero
A los cincuenta y tres años, en 1504, Isabel ya se encuentra muy mermada físicamente por la hidropesía que sufría, por lo que hace testamento de sus reinos y señoríos a favor de su hija Juana, más conocida como Juana “la Loca”, mandando que sea reconocida como reina de Castilla y León a su fallecimiento, que sucede el 26 de noviembre de 1504. El viudo rey don Fernando quedó como regente de la demente reina Juana. La nobleza castellana, que era enemiga del rey por ser para ellos un aragonés extranjero y un extraño para los cerrados castellanos, le arrebató la regencia en favor de su yerno Felipe “el Hermoso”, por lo que tras firmar en 1506 el tratado de Villafáfila se retira a sus reinos patrimoniales y maniobra políticamente buscando una princesa para casarse con ella y tener un hijo que heredase la Corona de Aragón. La elegida fue la francesa Germana de Foix, sobrina del monarca francés Luis XII. Como consecuencia de este enlace el rey francés cede los derechos sobre los territorios italianos a su sobrina, Germana de Foix y al hijo que tuviera con Fernando “El Católico”. Este heredero sería además el futuro rey de Aragón, por lo que el hijo de Juana “La Loca” y Felipe “El Hermoso”, el futuro Carlos V, quedaría excluido de heredar la corona catalano-aragonesa. La joven francesita era más bien feúcha, un poco cojita, con tendencia a la obesidad, ardiente, fogosa y amiga del placer, pero tenía en su haber el proceder de una familia muy fértil, lo que aseguraría un heredero a la corona. Fernando, si quería llevar a cabo sus planes, necesitaba tener un hijo cuanto antes porque ya había pasado de los cincuenta años y el tiempo se le acababa. Pero la fogosidad que años antes le había permitido tener cinco hijos con la reina Isabel y unos cuantos bastardos con diversas damas, ahora le faltaba, por lo que si quería estar a la altura de las exigencias amatorias de la joven esposa tenía que recurrir a los afrodisíacos, sustancias que le ayudarían a excitar su apetito sexual.
Antiguos afrodisíacos
Las primeras noticias sobre afrodisíacos las encontramos en papiros egipcios escritos en el 2.200 a.C, siendo la mayoría de ellos plantas o alimentos con un aspecto semejante a los órganos sexuales como las ostras, los mejillones o las almejas. Los griegos y romanos también usaron como afrodisíacos plantas con formas sexuales, teniendo entre ellos especial éxito un brebaje llamado Satirión que se extraía de distintas especies de orquídeas cuyos tubérculos dobles recuerdan por su forma a un par de escrotos, de ahí su nombre, orchis, de donde procede orquitis, inflamación de los testículos. En otras ocasiones lo que se pretendía era aumentar o mantener la erección, por lo que se buscaban alimentos que estimulasen el riego sanguíneo o el aparato urogenital como el chile, el jengibre, la albahaca, el azafrán o la ortiga, siendo esta última el emblema de la lujuria. Pero si se quería alcanzar las más altas cimas de placer sexual nada mejor que un puchero de garbanzos. Tanta fama tenían que se creía que si se consumían en exceso podían causar priapismo: una erección continua y dolorosa del miembro viril. Pero tenemos que tener en cuenta que en una época de tantas carencias, tanto vitamínicas como energéticas, un “atracón de garbanzos” era más eficaz que una pastilla de viagra en la actualidad, porque al contener fósforo, hierro, cal, potasio, sodio, magnesio, vitaminas, especialmente el complejo “B”, tantas proteínas como la carne (entre un 17% y un 24% de proteína bruta) y casi tantos glúcidos como los cereales, lo que hacían era “poner las pilas” al hombre que los comiera. Otro alimento del que se pensaba que prolongaba las erecciones y aumentaba la cantidad de esperma era la cebolla. Ahora bien, si queremos llegar al paroxismo de la porquería, nada como el más repugnante afrodisíaco del que tengo conocimiento: la sangre menstrual. En muchos puntos de Europa y también en España, desde la Edad Media hasta el siglo pasado, las mujeres guardaban su sangre menstrual para mezclarla con alimentos y bebidas que servían a sus esposos con el objeto de que éstos las amasen con más pasión y vigor. Si la dama notaba que el mozo no mostraba el interés o la fortaleza amatoria exigida, ésta no dudaba en añadir nuevamente a la comida unas gotitas de su orina o de su flujo vaginal, llegando incluso algunas a prácticas más atrevidas, teniéndose constancia de que en ocasiones había mujeres que usaban un afrodisíaco infalible: introducirse un pez vivo en la vagina hasta que el animal moría, para después cocinárselo al ignorante esposo.
La cantárida
Retomando el caso de Fernando “El Católico”, el desgastado cincuentón y la alegre Germana de Foix se lanzaron a interminables sesiones copulatorias para tener cuanto antes un retoño que heredase los territorios de la corona de Aragón. Pero el vigor del rey ya no era el de antaño, por lo que la joven Germana decide recurrir a un filtro amoroso de terrible eficacia: testículos de toro mezclados con un preparado de cantárida. La cantárida es un escarabajo verde brillante que una vez muerto, seco y reducido a polvo, se usaba desde la antigüedad como sustancia que potenciaba la erección, pero era tan potente como peligrosa. El polvo de cantárida contiene una sustancia tóxica, la cantaridita, que en cantidades adecuadas produce la irritación de la uretra y como consecuencia una potente erección que podía durar horas (era la viagra del siglo XVI), pero en dosis mal calculadas tiene consecuencias nefastas para el organismo al producir lesiones renales, nefritis, retención de líquidos y diarreas. Las ganas de estimular a don Fernando debieron hacer que a Germana le temblara el pulso a la hora de preparar la receta, pasándose con la cantidad de polvo de cantárida, teniendo el efecto contrario al esperado. Las crónicas cuentan que el rey “después de holgar” con ella se empezó a encontrar indispuesto, apareciendo en él graves desarreglos físicos. La sobredosis de cantárida no fue lo suficientemente elevada como para matarle en el acto, pero sí para saber que su muerte estaba anunciada. Según Jerónimo Zurita, personaje muy próximo al monarca, el rey sufrió una grave enfermedad ocasionada por un “feo potaje que la reina le hizo dar para más habilitarle, que pudiese tener hijos. Esta enfermedad se fue agravando cada día, confirmándose en hidropesia con muchos desmayos, y mal de corazón: de donde creyeron algunos que le fueron dadas yerbas”.

Muerte de Fernando “El Católico”
Desde el día que su mujer le suministró el filtro amoroso, ya no volvió a ser el mismo. Él, que había sido un hombre dinámico, afable, amante de las reuniones y diplomático, se transformó en un ser solitario que aborrecía las ciudades y los negocios de Estado, disfrutando únicamente con los paseos en solitario por el campo. Durante dos años tuvo que sufrir diarreas, desajustes en la tensión arterial, problemas de corazón, retención de líquidos y desajustes renales, hasta que la muerte le libró del sufrimiento. Dicen que la muerte es sorda porque llega sin que se la llame, pero en el caso de Fernando “El Católico” no fue así, encargándose Germana, con su incompetencia y ganas de procrear, de avisar a gritos a la señora de la guadaña.

lunes, 2 de noviembre de 2009


Los Arcabuceros de Madrid
Oficios Olvidados

Por Antonio Balduque Álvarez


Durante los siglos XVII y XVIII existieron en Madrid unos artesanos armeros que causaron la admiración europea por ser capaces de fabricar escopetas de caza con una calidad y seguridad que no podía ser superada por ningún artesano de otro país. A éstos se les conocía como los “Arcabuceros de Madrid” y la posesión de una de sus escopetas era tan envidiada, que los reyes españoles cuando querían demostrar su afecto no dudaban en regalar una de estas joyas. Los arcabuceros madrileños fueron un ejemplo de eficacia, pero sobre todo de honradez, porque tenían un lema que aplicaban a todo lo que fabricaban: “Haced bien lo que hagáis, porque lo que bien se hace cuesta algo más pero todos lo quieren, y lo que se hace mal, cuesta menos, pero nadie lo quiere”.


La afición a la caza que tenían no sólo los monarcas españoles sino también el resto de la familia Real, es de todos conocida. Esta actividad cinegética exigía disponer de armas precisas y fiables en sus fuegos y cañones que asegurasen la casi nula existencia de accidentes que pudieran poner en peligro la vida de tan altas dignidades. La vida del rey dependía de la calidad de los cañones, pues una fabricación defectuosa podía hacer que reventara cerca de su cara. En una época en que en toda Europa eran muy frecuentes los accidentes, al no existir una buena forja y una mano de obra artesana cualificada, los arcabuceros madrileños, con ingenio y pericia, cuidaron al máximo la calidad de sus obras, forjando unos cañones de tal fortaleza que fueron la admiración de todos los cazadores. Para evitar que reventasen forjaban los cañones a trozos (solían tener entre 5 y 6 partes) utilizando un hierro acerado de excelente calidad y para asegurar su solidez y resistencia hacían múltiples pruebas: la principal consistía en echar en su interior una cantidad de pólvora igual al peso del proyectil que iba a disparar, luego introducían un taco muy justo y embreado sobre el que ponían cuatro “balas de perdigón zorrero” con otro taco final para taponar. Con esta carga se hacía un disparo y si resistía tres veces la misma prueba se le ponía la marca y contramarca de arcabucero.
Lo “Made in Spain” es lo mejor
Conociendo el resto de países europeos que sus cañones no podían resistir las pruebas de los fabricados en Madrid, se dedicaron a falsificarlos poniendo en ellos las marcas de los maestros madrileños, lo que motivaba que la mayoría de las veces les explotaran en las manos. En vista de que esta solución no era la más eficaz, pensaron en fabricarlos ellos mismos con los mismos materiales, medidas y formas que los peninsulares. Según consta en documentos de la época “un embajador inglés mandó construir cuatro cañones a los más famosos arcabuceros de Londres, con las mismas medidas y circunstancias que uno de Madrid, que se les presentó para modelo. Se fabricaron con todo el cuidado posible, pero ninguno resistió la prueba, quedando los cuatro reventados y el madrileño triunfante. Recelando el embajador que esta ventaja dimanase del hierro, carbón, etc., mandó se trajeran éstos desde Madrid, repitiéndose con menos desconfianza las pruebas, pero quedó igualmente victorioso el español, y desconocida su resistencia, pues aunque por entonces se atribuyó a la influencia del aire, por no deslucir, sin duda, la reputación de los maestros ingleses, quedaron éstos tan prendados de ella, que solicitaron se les permitiese estampar sus marcas en el referido cañón no para darle mayor realce, sino para que quedase autorizada su excelencia por cuatro arcabuceros de una nación a la que todos miran con respeto en el manejo de los metales”. Pero no sólo los ingleses lo intentaron, también los italianos, en la confianza de poseer un hierro más dulce que les permitiría finalizar con éxito la forja, se decidieron a probar suerte: un comerciante milanés volvió a llevar a su patria los materiales necesarios para fabricar otros cuatro cañones, incluyendo ahora, muy sagazmente, arena del río Manzanares, que era la utilizada por los arcabuceros de Madrid para el recaldeo. Pidió el comerciante que los cañones se hicieran en su presencia y viendo que su técnica y destreza no igualaba a la de los maestros españoles, no permitió que acabasen su trabajo ordenando probar sólo los dos que habían terminado, que lógicamente reventaron, dándose cuenta que la única ventaja que tenían los artesanos de Madrid respecto a los del resto de Europa era su buena “escuela y grande habilidad”, competencia y honradez.

Una de callos
Cuando Felipe V pasó de Francia para sentarse en el trono español quiso también comparar la resistencia de los cañones de su antigua nación con los nuestros, ordenó traer seis cañones trabajados en el país galo y los comparó con seis fabricados en Madrid. Los resultados fueron idénticos. Madrid 6 - Francia 0. Los cañones franceses reventaron como la mantequilla al enfrentarlos a los hispanos. No es de extrañar que los españoles saliesen invictos porque en esos años el arcabucero que trabajaba para Su Majestad era Nicolás Bis, conocido como el “Príncipe de los Arcabuceros Españoles”. A este artesano se le debe el invento de fabricar los cañones con “callos de herradura”. Hasta principios del S. XVIII se utilizó para la forja del cañón el hierro conocido como “hierro nuevo”, pero Nicolás Bis, hombre observador, comprobó que el hierro de Vizcaya era “el más dulce de toda Europa”, y no escogía cualquier trozo, únicamente elegía el hierro de Vizcaya que había sido usado en las herraduras. El motivo de la elección radicaba en que en las herraduras se producía una purificación natural del hierro al irse golpeando contra las piedras del camino durante meses o años, de tal manera que se iba acerando poco a poco y cuando ya no eran útiles para el animal, ese hierro se había convertido en un acero purificado, entonces el maestro armero, para fabricar su cañón, sólo escogía de la herradura la parte de mayor pureza, que lógicamente era la más golpeada contra el suelo y era conocida como el “callo de la herradura”.

Diseño español
A partir del descubrimiento de Nicolás Bis, todos los arcabuceros de Madrid se dedicaron a comprar herraduras viejas, las llevaban a lavar al río Manzanares para quitar la tierra pegada en los huecos donde antes había clavos y forjaban únicamente sus cañones con este excepcional material. La perfección la alcanzó Alonso Martínez, contemporáneo de Bis, al conseguir forjar un cañón únicamente con los clavos de las herraduras, nunca intentado antes por lo costoso y el trabajo excesivo que requería. Pero no sólo los maestros españoles obtuvieron su éxito al mejorar los materiales y las técnicas europeas, sino también al modificar la forma del cañón que pasó de ser cilíndrica a ligeramente cónica, obteniéndose así un disparo más efectivo al alargarse la concentración de perdigones. Estas escopetas de caza no solían tener alza, la mira era de acero cincelado y de oro el punto de mira. Se les daba un pavonado azul brillante y en el tercio posterior del cañón, que era octogonal y justo encima de la recámara, se incrustaba en relieve sobre fondo dorado la marca y contramarca del arcabucero que la había fabricado. La marca solía estar formada por la contracción del nombre y apellido del maestro arcabucero que fabricaba el arma escrita en tres líneas y sobre ellas una corona, así el arcabucero José Cano marcaba IOSE-PH-CANO, y Gabriel Algora grababa G.EL-ALGO-RA. La contramarca, o segundo punzón, por regla general representaba un animal inscrito dentro de un recuadro, abundando los unicornios, dragones, águilas exployadas, águilas bicéfalas, ciervos, leones, osos, cisnes, caballos, perros perdigueros, delfines, monos y patos. En otras ocasiones se grababan figuras de diferentes tipologías como: estrellas, flores de lis, mundos con corona encima, ramas de árboles, palmas, madroños o castillos con banderas.
Unos genios al servicio del rey
A diferencia de los arcabuceros del resto de España, que producían sus armas mediante la suma de esfuerzos al realizar unos el cañón, otros las llaves y otros las guarniciones, el arcabucero madrileño era capaz de realizar él solo todas las piezas del arma, desde el cañón hasta la guarnición, pasando por la decoración e incluso los cuchillos, bayonetas, frascos o los instrumentos para medir la calidad de la pólvora o fabricar la munición. Pero aún siendo únicos en su género, sólo el mejor de entre los mejores podía llegar a ser arcabucero del rey. El acceso al puesto se hacía mediante una oposición que consistía en construir una escopeta en la que se valoraba sobre todo la calidad y seguridad del cañón. Una vez se alcanzaba el título de arcabucero de número se le asignaba un sueldo fijo comprometiéndose bajo juramento a alcanzar en su trabajo las más altas cotas de perfección.
El origen de los Arcabuceros de Madrid
El término arcabuz tiene una etimología incierta: unos la hacen proceder de la voz italiana “arca”, por contener en su interior la munición, y de “buso”, agujero, que es por donde se le comunica el fuego a la pólvora; otros piensan que deriva del alemán “busche”, que unido a “hake”, gancho, produce múltiples variantes entre ellas “harquebuse” de donde pasó al francés. Los arcabuces aparecieron a finales del S. XV y principios del S. XVI extendiéndose rápidamente por toda Europa. Conocedor el Emperador Carlos I de la existencia en España de abundantes materiales para su construcción, y con la idea de instalar unas fábricas de armas similares a las ya existentes en Alemania, mandó pasar a nuestro país a los dos mejores maestros armeros existentes: Simón Marcuarte y su cuñado Pedro Maese. Marcuarte es considerado como el iniciador del gremio de arcabuceros madrileños al afincarse en la capital hacia 1530, donde alcanzó un excelente prestigio y era conocido como “Simón el de las Hoces” por utilizar dos de ellas como contramarca, fue arcabucero de Felipe II y Felipe III, y a él se debe la invención de un nuevo mecanismo para el encendido de la pólvora: la “llave de patilla” o “llave española”. Esta llave era más sencilla, sólida, eficaz y segura que las utilizadas hasta ese momento, por lo que fue copiada en Europa donde se la conocía por “llave miquelet” al denominarla así las tropas francesas que la habían visto utilizar a los miquelet, soldados de la milicia catalana. Esta llave se montó en las escopetas de caza durante aproximadamente doscientos cincuenta años, desapareciendo gradualmente entre los años 1820-35, habiéndose extendido su prestigio por todo el Mediterráneo, llegando hasta Turquía, El Cáucaso, la Rusia Meridional y África.
Revolución en la forja
Otro maestro madrileño, Juan Sánchez de Miruela, fue el que revolucionó la fabricación de cañones por ser el primero en forjar uno uniendo 5 ó 6 trozos diferentes de hierro. Hasta ese momento para forjar un cañón se utilizaba un único trozo que se “estiraba o alargaba en forma de plancha, del largo que se quería el cañón”, luego “se iba volviendo hasta que se tocasen las orillas en toda su longitud” para después “unir y consolidar la juntura”. El problema de este método consistía en encontrar “una barra de hierro que tuviese la misma calidad en toda su extensión”, porque si existía el más mínimo “pedazo de hierro agrio o escabroso” se tenía que destruir el cañón entero por no tener confianza en que resistiera el disparo. Para evitar esta contingencia, Juan Sánchez forjaba trozos de gran calidad de “una cuarta poco más o menos” porque le era “más fácil manejar un trozo de una cuarta que el cañón entero” para luego unirlos con gran presión. La calidad y precisión del trabajo de los maestros madrileños alcanzó la cima en 1691 con Nicolás Bis al ser nombrado arcabucero de Carlos II, siendo el inventor de los cañones de herradura que anteriormente hemos mencionado.
Arcabuceros de los Borbones
La nueva dinastía francesa no desaprovechó la pericia de Nicolás Bis, permitiendo que continuara como arcabucero de Felipe V y así alcanzar con sus obras fama mundial. Otros arcabuceros del primer Borbón fueron: Juan Fernández, Matías Baeza, Francisco Bis y el incomparable Josef Cano. La habilidad de Cano era tal que no se limitó a fabricar al rey espléndidas armas de caza, sino también diversos objetos. Así un día que al rey se le rompió una hebilla de acero que le habían enviado de Francia y que tenía en alto aprecio, preguntó a Josef Cano si podía arreglársela, contestándole éste que no sólo prometía componérselas sino que le haría unas mejores, lo que cumplió y llenó de satisfacción al monarca. Para Fernando VI trabajaron Gabriel Algora, Joaquín Zelaya y Sebastián Santos. De sobra es conocida la afición cinegética de Carlos III que la demostró igualmente por el gran número de arcabuceros que tuvo a su servicio: Diego Ventura, Francisco López, Antonio Gómez, Agustín Ortiz, Miguel Cegarra, Salvador Cenarro, Diego Álvarez y Juan de Soto. Este monarca, conocedor de la pericia de sus arcabuceros y de la admiración que suscitaban sus escopetas de caza, quiso presenciar lo delicado y penoso de su trabajo, por lo que mandó a dos de sus arcabuceros, Salvador Cenarro y Miguel Cegarra, que realizaran en su presencia ,y la de sus hijos, una escopeta de principio a fin. Según iban los arcabuceros perfeccionando su obra los semblantes de la familia Real adquirían una expresión de asombro y, llenos de regocijo, los dos artesanos leían en ellos la admiración que les provocaba la realización de su trabajo.

Goya y los arcabuces
Se puede decir que de tal palo tal astilla, ya que Carlos IV heredó el gusto por la caza de su padre, Carlos III, alcanzando gestas cinegéticas difícilmente igualables como fueron las 7.363 piezas cazadas únicamente durante el año 1805. El primero en entrar a su servicio fue Francisco Antonio García, uniéndose posteriormente Isidro Soler, Francisco Tarragona y Gregorio López, teniendo en común la mayoría de ellos la utilización de las armas de la Villa de Madrid como contramarca, figurando el oso, el madroño o las estrellas en diferentes posiciones o formatos. Durante esos años uno de los artistas que más apreciaron la labor de los arcabuceros madrileños, seguramente por ser también experto cazador, fue Goya. Por ser un buen conocedor de estas armas, fue el único de su época capaz de reflejar con precisión en sus cuadros los detalles de las llaves, de las cajas y de las marcas chapadas en oro de las recámaras. Goya conocía por experiencia propia el alto valor de los arcabuces madrileños. Por un retrato de Fernando VII cobró 2.000 reales de vellón, 2.500 por el cuadro titulado “Perros de traílla” y 4.000 por unos retratos de Carlos IV y María Luisa de Parma, por el contrario si él quería comprarse una escopeta madrileña sencilla tenía que desembolsar 2.500 reales, y si se encaprichaba de un arma de mayor categoría la suma que tenía que pagar oscilaba entre los 5.000 y los 30.000 reales, cifras astronómicas para él y para la época.

El final de una saga
El último arcabucero al servicio del rey fue Francisco López que cubrió su plaza en 1802, unos años antes de la Guerra de la Independencia. Esta guerra fue un desastre para los arcabuceros pues tuvieron que cerrar la mayoría de los talleres, muchos murieron en combate, y alguno de los que sobrevivieron eran tan mayores al finalizar la contienda que ya no continuaron con su labor. Si a esto añadimos que cuando subió al trono Fernando VII entre sus aficiones no se encontraba precisamente la caza, entenderemos que cuando los pocos arcabuceros no reales que sobrevivieron solicitaron al monarca que se cubriera la plaza de arcabucero de número para trabajar en la Armería de la Real Ballestería, tan sólo recibieran la indiferencia por respuesta. Al desaparecer prácticamente la arcabucería madrileña, las necesidades de los aficionados madrileños a la caza tuvieron que ser cubiertas por las armerías vascas que hasta ese momento se habían dedicado a una producción preferentemente militar. El auge vasco hizo decaer la producción local, perviviendo en Madrid modestos talleres que al mando de un maestro y ayudado por un oficial y un par de aprendices se mantenían a duras penas en la fabricación de escopetas, así como de otro tipo de herramientas. Estos artesanos eran conocidos como los “chisperos” por las chispas despedidas de sus fraguas, localizándose estas herrerías en los alrededores de las actuales calles del Barquillo, Bárbara de Braganza y Prim. La saga de arcabuceros madrileños concluyó a finales de mil ochocientos ochenta con la muerte del último maestro armero D. Calixto Piñuelas y el cierre de su taller situado en la calle de los Reyes.

Aullidos en la Provincia de Madrid
Lobos, Cebos y Leyendas
Por Antonio Balduque Álvarez

En la Antigüedad el lobo ha tenido connotaciones tanto positivas como negativas. En ciertas culturas se le consideró como símbolo de la luz y portador de conocimiento por ver mejor en la oscuridad que el hombre, en otras por el contrario, por vivir en cuevas o excavar hoyos para usarlos como guaridas se le representaba como el guardián del infierno, por eso en la mitología griega a Hades, señor del mundo de ultratumba, se le pintaba con una capa de piel de lobo.


Una de las piezas más apetecibles para un lobo es, sin lugar a dudas, el cordero, animal que se asocia a Jesús como buen pastor que soporta sobre sí los pecados de los hombres, por lo que para el cristianismo el lobo no tiene nada positivo, sino perverso y maligno, perviviendo durante siglos la idea de ser un animal demoníaco, peligroso y personificación de pecados capitales como la gula y la ira. Por eso al demonio en ocasiones se le ha representado como un lobo, a las brujas se las imaginaba cabalgando sobre ellos para acudir a sus rituales satánicos, y siempre que en un cuento infantil se quería introducir un personaje malvado o taimado se usaba un lobo, como en los tres cerditos o caperucita roja. Sin embargo para muchos ganaderos que durante siglos habían sufrido sus incursiones nocturnas para degollar ovejas y beber su sangre, los cuentos de lobitos no eran de su agrado, por el contrario, lo que pensaban era que debajo de esa piel se encontraba el mismísimo diablo. Además pocas cosas útiles podía sacar el hombre del lobo pues su carne le repugnaba por ser demasiado coriácea y nauseabunda, y tan sólo utilizaba su piel, los dientes o los pulmones.
Leyendas
Desde la más remota antigüedad el hombre, aunque enemigo del lobo, ha sentido admiración por su osadía, fuerza, poder, voracidad y astucia, por lo que no dudó en usar amuletos fabricados con distintas partes de su cuerpo para que recayeran sobre él todas las virtudes atribuidas al animal. Muchos guerreros acudían al combate vestidos con sus pieles, pues pensaban que aumentaba la fuerza y osadía, por eso uno de los mejores ejércitos del mundo como el romano, obligaba a los portaestandartes de las legiones a entrar en combate vistiendo una piel de lobo rematada con la cabeza del animal por conferirle un aspecto feroz que intranquilizara a sus adversarios. Se llegó incluso a creer que si montaban a caballo usando botas de piel de lobo, la montura también lucharía de una manera más osada y aguerrida. Como esta idea estaba tan extendida, a los niños desde muy pequeños se les colgaba al cuello un diente de lobo para que le ahuyentara los miedos, y para hacerles valientes y fuertes les calzaban igualmente botitas de piel de lobo. Otra extraña costumbre era colocarles entre las ropas trozos de piel de lobo, pues pensaban que así se les preservaba de enfermedades. Si alguien sufría un cólico todo el mundo sabía que el remedio más eficaz para quitar el mal era frotar con insistencia la tripa del enfermo con una de estas pieles, y si el problema era respiratorio no dudaban en beberse un buen tazón de vino en el que se habían disuelto los pulmones molidos de la fiera.
Motivo del antagonismo
La rivalidad entre el hombre y el lobo pudo surgir durante el Neolítico, periodo en el que el hombre dejó de ser un nómada dedicado a la caza y la recolección, para llevar una vida sedentaria centrado en la agricultura y ganadería. Como consecuencia de la roturación de bosques y estepas el lobo tuvo que retirarse a zonas cada vez menos abundantes de caza, por lo que para sobrevivir necesitó centrar su caza en el ganado estabulado por el hombre, presa fácil y abundante. Por su configuración física el lobo no solía atacar a grandes presas por lo que cuando no tenía posibilidades de obtener trofeos fáciles se dedicaba al carroñeo y a las incursiones nocturnas a los basureros rurales, granjas o incluso pueblos. Como el lobo prefiere las piezas poco combativas o las cabezas de ganado mal protegidas por el hombre, desde la antigüedad el enfrentamiento entre ambos ha sido permanente, siendo a partir de la Edad Media cuando se le declaró una guerra a muerte porque los lobos, siempre al acecho, buscaban la más mínima oportunidad para devorar las ovejas, corderos, gallinas o cualquier animal que el hombre tuviera en sus corrales, cuadras o apriscos. Este acecho constante fue lo que permitió que en Roma se asociara al lobo, lupus en latín, con las prostitutas, a las que ellos llamaban lobas, porque esas mujeres estaban también siempre acechando en la noche, tentando al hombre, y de ahí que al lugar donde ejercían su trabajo las “lobas” se le conociera como lupanar. También han llegado hasta nuestros días otras expresiones relacionadas con los ataques de lobos, porque como decimos si los pastores no querían sufrir mermas en sus rebaños tenían que estar constantemente pendientes de sus animales, de ahí que todavía se use la expresión: “reunión de pastores, oveja muerta”.

Todo vale para su exterminio
La única manera que conocía el hombre para frenar el instinto cruel y sanguinario del lobo era exterminándolo, por lo que en Atenas se llegó a pagar el valor de un buey por cada piel de lobo entregada a las autoridades, y en la Inglaterra medieval se autorizó a la población a pagar sus impuestos con pieles de lobos, por lo que lógicamente al llegar el siglo XV este animal casi había desapareció de las frías tierras británicas. En España la guerra contra el lobo tampoco se dejó en el olvido, obligándose en el siglo XIV a que los párrocos junto con sus feligreses efectuaran batidas semanales para capturar el mayor número de alimañas. Como los lobos iban en aumento y los asaltos al ganado se multiplicaban según pasaban los años, en 1538 las Cortes de Toledo no dudaron en insistir al Emperador Carlos V para que aumentara los “premios que se dan a los que mataren lobos”, obligándose también durante los siglos XVI, XVII y XVIII a que en las zonas pobladas por lobos los Ayuntamientos organizasen dos batidas al año para exterminar a todos los lobos que pudieran existir en la comarca. Estas batidas populares casi nunca obtuvieron unos buenos resultados en comparación con los gastos que ocasionaban porque para el número de aldeanos que participaban se cazaban pocos lobos y el Ayuntamiento estaba obligado a ofrecer “un refresco de pan, queso y vino”.

Los mejores cazadores, los reyes
Cuando no había guerras, los nobles se mantenían físicamente activos mediante la caza, siendo del agrado de los reyes el organizar grandes cacerías para su disfrute personal y el su corte. Para evitar que los lobos mermaran las piezas que luego iban a cazar, los reyes españoles tenían a su servicio expertos cazadores de lobos que recorrían los Reales Sitios en busca de estas alimañas. Hay documentos que demuestran que monarcas como Felipe III, Felipe IV, Carlos II o Felipe V, utilizaron a estos expertos alimañeros en la Sierra del Guadarrama y de Somosierra para evitar que los lobos se acercaran a las zonas acotadas próximas al palacio de la Granja. Por el contrario Carlos III no necesitaba ningún lobero experimentado porque no había en España cazador que abatiera más piezas que él. Según menciona el viajero Townshend en un libro sobre sus recorridos por España, cuando conoció a Carlos III éste llevaba cazados y apuntados en una libreta la friolera de 1.118 lobos. Para tener una idea del número tan elevado que suponen estas muertes, basta decir que en la actualidad en toda España, y en todo un año, tan sólo se cazan quinientos ejemplares. En cuanto a los miembros de la Real Ballestería del rey cuando les llegaban noticias de la existencia de algún lobo en los alrededores de Madrid, disponían todo lo necesario para hacer una batida que acabara con la vida de la alimaña. El rey, con parte de la Corte, se trasladaba hasta un paraje elevado, mientras que una multitud de lugareños, en ocasiones hasta dos mil, iban batiendo el monte hasta llevar al animal a las proximidades del puesto donde esperaba Carlos III que sólo tenía que respirar hondo y disparar.
Cebos

Su hijo, Carlos IV, también heredó la afición cinegética y la pasión por la caza de lobos, por lo que tenía una cuadrilla permanente de monteros cebadores a cargo de Felipe Guadalix que recorrían los montes madrileños a la caza de estos animales. Para atraer de una manera irresistible a estas alimañas hasta las trampas que colocaban, usaban unos novedosos cebos que tenían como sustancias principales la manteca de cerdo, la cebolla, el alcanfor, los polvos de lirio de Florencia, la miel y el pan. La manteca de cerdo servía para ligar todos los ingredientes, la miel aportaba el dulzor, los toques aromáticos la cebolla, el picante el alcanfor y el lirio de Florencia, gracias a un aceite esencial que contiene, daba un toque exótico a violetas. Para fabricarlo se ponían en una sartén un trozo de manteca fresca sin sal. Lentamente se derretía y se añadían tres trozos de cebolla. Cuando empezaba a hervir se completaba con el lirio de Florencia y el alcanfor, introduciendo luego abundantes trozos de pan en forma de cuadraditos y media taza de miel, moviéndolo todo hasta que estuviera el pan bien tostado.
Que te den morcilla
Con sustancias como la descrita los loberos conseguían atraer hasta las trampas y cepos a los animales dañinos, que una vez muertos eran llevaban a las Justicias de los pueblos. En virtud de una Real Orden de 1788 por cada lobo presentado se le pagaba cuatro ducados, ocho por loba y doce si se capturaba con la camada, pagando además dos ducados por cada lobezno, por lo que al ser más rentable desarrollaron un especial instinto para descubrir las zonas donde se escondían las camadas. En la provincia de Madrid a principios del siglo XIX los loberos solían colocar suspendidos de los árboles fuertes anzuelos recubiertos de apetitosos cebos para que los lobos quedaran clavados por la boca si acudían al irresistible olor. Las trampas y los anzuelos eran usados comúnmente por los loberos porque necesitaban el cuerpo del lobo para cobrar la recompensa, por el contrario, los dueños de las fincas preferían usar para el exterminio la nuez vómica porque al no querer la recompensa les daba igual donde muriera el animal. Este activo veneno era conocido en los pueblos madrileños con el nombre de “Almendilla” y se vendía en todas las droguerías de la capital. Con una lima el cazador de lobos reducía a polvo la nuez vómica, lo mezclaba con carne picada y hacía una masa con la que se rellenaban morcillas o chorizos. Estas morcillas se dejaban en las zonas donde se creía que abundaban los lobos, muriendo a las pocas horas cualquier animal que las comiera, por eso cuando queremos despedir a alguien molesto utilizamos la expresión “¡Anda y que te den morcilla!” sin saber que en verdad le estamos deseando su muerte.
El siglo de los lobos
Con motivo de la Guerra de la Independencia los loberos tuvieron que centrarse más en su supervivencia que en la de los lobos y como consecuencia de los combates, muchos campesinos tuvieron que dejar también de roturar sus tierras, sufriendo el campo español entre los años 1808 y 1814 un triste abandono, motivo por el cual aumentaron considerablemente los lobos en toda la geografía española, incluida la sierra madrileña-segoviana. Una vez finalizada la Guerra la situación era tan complicada que para fomentar el exterminio de estos animales en 1834 se publicó una ley aumentando el premio que se pagaba por cada animal muerto: 80 reales por las lobas preñadas, 60 por loba, 40 por lobo y 20 reales por cada lobezno, debiendo el lobero entregar el cuerpo entero, porque las justicias de los pueblos para justificar el pago tenían que entregar en Madrid el rabo y las orejas. Pasaban los años y en lugar de disminuir su número cada vez aumentaba más, siendo habitual verlos merodeando hasta por las calles de los pueblos, y así lo atestigua la Gaceta de Madrid que en 1847 afirmaba que Galicia se encontraba aterrorizaba porque manadas de lobos habían entrado en algunos pueblos matando a las personas que encontraban. En Solveira unos lobos se comieron a un joven de diez años, en Chaguazoso de un chavalín de siete años tan sólo quedó tras el ataque un jirón de ropa y trozo de cráneo, en Tuge fue devorado un crío de muy corta edad y algunos pastores habían empezado a encontrarse por el monte restos humanos. En la Sierra del Guadarrama y de Somosierra eran tan abundantes que bajaban en oleadas hacia los pueblos segovianos, según lo afirma la Gaceta de Madrid de 1848 que en un artículo titulado “Invasión de lobos en Segovia” decía: “Una horrorosa invasión de lobos tiene aterrorizados a los habitantes de todos los pueblos de estos contornos. Se ven bandadas de seis y de ocho a cualquier hora del día, habiéndose ya verificado multitud de desgracias en los ganados. Cuéntase por muy seguro que algunas personas han sido víctimas de la ferocidad de los lobos”.
Madrid invadida
No sólo la población tenía pánico a salir de sus casas, los ganaderos veían día a día cómo sus rebaños mermaban por los ataques de estas fieras. En vista de tan grave situación en 1859 la Asociación General de Ganaderos eleva al Ministro de Agricultura una petición para que en los presupuestos generales del Estado se incluyera una partida para destruir estos animales malignos. El Ministerio para aceptar la propuesta hace un estudio de los lobos capturados entre 1855 y 1859, y es gracias a este trabajo, que se conserva en su archivo, por lo que conocemos los datos relativos a los lobos existentes en la provincia de Madrid a mediados del siglo XIX, pudiendo afirmar que Madrid fue la provincia española en la que se mataron más animales dañinos durante esos cinco años. En el informe también se menciona que los lobos no sólo causaban daños a la cabaña lanar, sino que al menor descuido de los pastores tanto vacas como caballos o yeguas recibían en su yugular el afilado contacto de unos dientes, teniendo que usar por la noche un farol con cuatro vidrios de distintos colores, porque estas luces eran a lo único que tenían pavor las alimañas. Si esto era así en la vertiente madrileña de la Sierra, en la segoviana los ataques se hacían cada vez más frecuentes porque la “extensión y espesura de los montes” impedía su persecución. Los guardas decían que en el invierno de 1859 era muy frecuente ver manadas de cinco, seis o siete miembros, teniendo localizada una manada de doce lobos que en uno de sus ataques a San Martín de Valdeiglesias mataron 37 cabezas en una sola noche. Otras incursiones análogas a la anterior, aunque con menos muertes, sufrieron los pueblos de Cadalso, Las Rozas, Villa del Prado o Cenicientos. En el mismo invierno los guardas también confirman que la Sierra de Guadarrama está infectada de lobos, siendo común verlos en grupos de seis atacando en los pueblos de la sierra al ganado lanar. Pero la zona donde la invasión tuvo un carácter más terrorífico fue en el partido de Torrelaguna. En todos lo pueblos de la falda y Sierra de Somosierra el más mínimo error del pastor equivalía a la muerte segura de un cordero o de una oveja, y si por descuido por la noche no recogía a las vacas o caballerías en sus corrales, a la mañana siguiente aparecían todas devoradas.

Ataque a la diligencia
Durante el resto del siglo XIX los lobos continuaron siendo un peligro para los pueblos madrileños y su número no disminuía porque las recompensas que daba el Estado a los loberos por cazar estos animales se habían quedado irrisorias, por lo que si se mataba alguno era porque pasaba por delante de la escopeta de algún cazador, no porque hubiera gente especializada en su captura, ya que aquellos se fueron extinguiendo poco a poco, aunque en ocasiones todavía se podía ver en algún pueblo ciertos personajes que llevaban en cajones alguna camada de lobos para que los campesinos y ganaderos le dieran algunas monedas. Todavía a finales del siglo XIX osaba a atacar al hombre en las cercanías de Madrid, constando en documentos de la época que en 1895 la diligencia que hacía el servicio entre El Molar, Riaza y Segovia fue asaltada por una manada de lobos, que llegaron hasta a ocasionar el vuelco del carruaje, resultando heridos dos viajeros y con graves mordeduras las caballerías. Con la llegada del siglo XX el lobo empieza a tener sus días contados. La ley de caza de 1902 y su Reglamento de 1903 estimulaba a los Alcaldes para que persiguieran los lobos localizados en sus términos, aumentaban las recompensas a los que acreditasen haber matado alguno (20 pts por loba, 15 pts por lobo y 7,5 pts por lobezno) y autorizaba a organizar batidas generales para la destrucción de animales dañinos y el envenenamiento de éstos. La puntilla final la recibieron en los años cuarenta cuando se crearon las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos, que con fondos cedidos por derrama entre ganaderos, Ayuntamientos y Organismos provinciales, pudieron dedicarse en conciencia al exterminio sistemático del lobo.
Consideraciones finales
Para entender mejor este artículo no podemos finalizarlo sin hacer una serie de aclaraciones. Hemos comentado que la mayoría de los ataques se producían en invierno y por manadas, pocas veces por lobos solitarios. Para saber el motivo hay que tener en cuenta que los lobos suelen congregarse en verano o principio de otoño en torno a sus cachorros, por lo que fuera de los esos lugares de reunión es muy raro verlo en grupos. Por el contrario la máxima cohesión entre los miembros de una manada se produce en invierno cuando la nieve persiste durante varios meses al año. Durante esta época la nieve dificulta la movilidad de los ungulados (se denominan así a los mamíferos que se apoyan y caminan con el extremo de los dedos que están revestidos de una pezuña, como por ejemplo el caballo o la oveja) por lo que los lobos aprovechan para cazar en manada, obteniendo así mayores y mejores presas. De la lectura de este artículo también podríamos llevarnos la errónea conclusión de que el lobo se alimenta exclusivamente de ungulados vivos, pero no es así. Aunque este animal se acerca a los lugares habitados para esquilmar los rebaños, tan sólo se come al año una media de tres cabezas de ganado, lo que corresponde nada más a un 30% de su alimentación, procediendo la mayor parte del alimento que come del ganado muerto que se encuentra en el campo en forma de carroña. Se calcula que por cada lobo y año hay en la actualidad 7.000 kilos de carroña de ovino procedente de las ovejas que mueren por causas naturales y que son abandonadas en el campo. Cuando no se hace una campaña de persecución sistemática del lobo, esta ingente cantidad de alimento nos permite comprender por qué ha sobrevivido en países densamente poblados como España sin entrar en conflicto con el hombre.