lunes, 30 de marzo de 2009


EL EJÉRCITO Y LA MILICIA COMO FUENTE DE LOS APELLIDOS






Todos los apellidos en español significan algo, no son meros sonidos, pero por desgracia muchos son ahora incomprensibles al haberse perdido su significado a través de los siglos. Este artículo pretende rescatar del olvido algunos apellidos que han tenido su origen en actividades tan comunes como la guerra o la milicia.

Evolución histórica del apellido




El diccionario de la Real Academia define el término “apellido” como el nombre de familia con que se distinguen las personas, procedente del latín appellare que significaba llamar, nombrar o designar. Desde la más remota antigüedad el hombre ha sentido la necesidad de diferenciarse del resto de los de su especie, por lo que utilizaban nombres que representasen alguna idea que se asociara a la persona, como valentía, fortaleza o sabiduría, teniendo todo nombre a lo largo de su historia dos componentes: el fonético (sonido) y el lógico (la idea).
Los griegos utilizaban para designar a las personas nombres que se distinguían por su sencillez y armonía. En Roma se dio prioridad a la memoria de sus antepasados, siendo el nombre austero y reflejo de las virtudes cívicas. Con la llegada de las invasiones bárbaras, se impone el nombre germánico nacido de ideas de audacia y de fuerza física. Son nombres que hablan de guerra, de combate, de victoria: Hardmann (hombre duro), Gisbert (flecha ilustre), etc. La España romana, al igual que las demás provincias del imperio, aceptó los nombres bárbaros, e incluso durante el dominio musulmán en la península ibérica se continuaron utilizando nombres típicamente germánicos como Rodrigo o Hermesenda, junto con los latinos como Mario o Juliano, y lógicamente los de procedencia árabe como Zalama, Muza o Ismael.
Los apellidos, tal y como los conocemos actualmente, no existían, siendo identificadas las personas únicamente por su nombre de pila, pero con el correr de los años éstos nombres griegos, germánicos, latinos o árabes, no serán suficientes para designar a la población, llegando a producirse gran confusión al tener varias personas nombres idénticos. La repetición de nombres en una misma localidad motivó, sin duda, la creación de nuevas denominaciones que evitaran confusiones, por lo que durante el S. IX se empieza a utilizar el “apellido”, elemento que se añadía al nombre para caracterizar a las personas y diferenciarlas de las demás, método difundido con el uso de la documentación legal y notarial durante la Edad Media, al acostumbrarse los escribanos medievales a hacer constar junto al nombre de pila de los interesados, el nombre del padre en forma genitiva y precedido del vocablo filius (hijo), como Flavius filius Petri (Flavio hijo de Pedro). Esta forma de apellido se conoce como patronímica, por derivar del nombre del padre, y cada nación creó su partícula patronímica de un modo característico. Las de origen teutón añadían al nombre del padre la palabra equivalente a hijo: Petersohn en alemán, Peterson en inglés y Petersen en danés. Los normandos llevaron a Inglaterra el fitz (filius) (Fitzpatrick) que en Escocia se transformó por Mac- como por ejemplo Mac-Chrohon (hijo de Chrohon), o por O`- en Irlanda donde se apellidaban O´Donnell (hijo de Donnell). En las lenguas eslavas se añadieron partículas finales con igual significado de “hijo de”: ov en Rusia como Mijailov, -sky en Polonia como Kandisky y –vich en Yugoslavia como Petrovich.
En España para formar el segundo nombre del hijo se utilizó la terminación –ez, - z o –iz que se añadía al nombre del padre, así, si una persona se llamaba Juan y su padre Fernando, se le conocería como Juan Fernández (Juan hijo de Fernando). Como ya hemos visto el uso del patronímico ya estaba extendido durante el S.IX, cayendo en desuso a partir del S. XIII. y transmitiéndose desde ese momento como apellido hereditario.
Nuevamente volvió a ocurrir que ciertos nombres y patronímicos se hacían tan comunes que no servían como distintivo individual, existiendo la costumbre entre muchas familias de repetir entre sus miembros dos nombres propios, así el abuelo se llamaba Froila, el padre Ramiro Froilaz y el nieto Froila Ramírez, por lo que durante generaciones no salían de estos dos nombres y era difícil su identificación, llegándose en ocasiones a poner el mismo nombre a dos de sus hijos. Fue este el motivo por el que durante los siglos XII y XIII se recurriese a un mote o apodo que caracterizase a la persona, y que se podía tomar de un defecto físico (Juan el cojo), de una virtud (Adolfo el Santo), del estado (Antonio el casado, Pedro viudo), del cargo (Jesús Alcalde) o del oficio (Marcos el herrero). Si no había señal personal ni circunstancia particular, se acudía al lugar o sitio donde había nacido, criado o crecido: Pedro Madrid, Alfonso Gallego o Domingo Toledo.
Será entre los S. XIII y XIV cuando se hará extensiva la costumbre de hacer hereditario el apellido, sobre todo a los efectos de la documentación notarial para poder, así, transmitir las posesiones de un individuo a sus sucesores. Pero la consolidación de los apellidos hereditarios se producirá, sin ninguna duda, durante el S. XV, al hacerse obligatorio, por orden del Cardenal Cisneros, el reflejar en los libros parroquiales los nacimientos y defunciones. Esto no nos puede hacer pensar que todo el mundo usaba el apellido hereditario, ya que durante ese periodo y hasta el S. XIX existía una libertad completa en la adopción del mismo, por lo que una persona podía registrarse en los libros parroquiales con el apellido que más le gustase. La norma que regulase el uso de los apellidos no tuvo su aparición hasta el año 1.870, fecha en que se creó el Registro Civil, al necesitar el Estado una identificación de los individuos con vistas a la recaudación de impuestos y el alistamiento para el servicio militar, echándose abajo una tradición de libertad individual en la adopción del apellido, obligando a los españoles del momento a tener que optar un apellido que sería desde ese momento y para siempre el de sus descendientes.



Soldados y guerreros




Durante siglos la profesión u oficio que desempeñaba un individuo ahorraba frecuentemente el uso de un apellido, tal es el caso de los sustantivos soldado y guerrero. Estos dos apellidos son poco frecuentes en España, en el caso de Soldado se localiza preferentemente en Andalucía, Madrid, Barcelona y Valencia, siendo manifiesta la relación etimológica entre soldado y sueldo, por lo que hasta el S.XVI tuvo el sentido de “mercenario, el que combate por una soldada”. Durante la Edad Media en Cataluña también se usó la voz “servent” con el significado de “soldado de a pie”, que derivó en el apellido Sirvent, muy extendido en la actualidad por Alicante, que, según parece, pudiera haberse utilizado para designar a los peones que participaron en la reconquista y repoblación de las tierras alicantinas durante el S. XIII. Otro bastante frecuente es Ruano, que procede de rúa “calle” de donde derivó ruano “relativo a la calle”, y se utilizaba para designar a los hombres de guerra que eran reclutados por las calles, por lo que no eran ni caballeros ni nobles. Curiosas son las denominaciones que se utilizaban durante el S.XVII para referirse a los soldados que desertaban de sus regimientos sin licencia: Tornilleros, Santelmos, o soldados de Clavo, que utilizándose en un principio como mote personal pudieran haber dado origen a estos apellidos.
Guerrero, es apellido más frecuente que soldado y procede de la voz de origen germánico guerra “werr-/ confusión, discordia, contienda”, siendo muy antigua la utilización de esta palabra como apellido, apareciendo ya en 1134 un Fortunio gerra como testigo de una donación de Ramiro II de Aragón a la iglesia de San Vicente de Roda. El sustantivo Batalla procede del latín batualia “lucha individual, pugilato”, y así en sus orígenes batuator designaba más a un gladiador que a un soldado, por lo que el concepto de lucha entre dos ejércitos es más moderno y se utiliza como apellido tanto en Portugal, Batalha; Italia, Battáglia; Francia Bataille como en España Batalla, Bataller o Batallé.



Tropas y gentes de guerra




En la actualidad existen multitud de apellidos que proceden de términos propios de la milicia, como por ejemplo, Guarnido, hoy usual en la provincia de Granada y que procede de un mote usado para designar al hombre pertrechado de armas, armado o guarnecido. Los actuales Cavero o Cabero tienen su origen en individuos que pertenecían a las milicias llamadas “caberías”, cuyo nombre procedía de las rentas que los ricos hombres y caballeros percibían del Rey bajo la obligación de servirle en la guerra con cierto número de “caballos”. Hacia 1276 el término cavero fue quedando en desuso para ser sustituido por el de mesnadero. Otro nombre de milicias que pudo convertirse en apellido fue el de Quiñones, ya que en la provincia de Segovia los caballeros D. Fernán García y D. Día Sanz fundaron los Quiñónez, milicias que se componían de “cien lanzas de a caballo divididas en cuatro escuadras de veinticinco” y su misión consistía en que “todos los días de fiesta cuando la ciudad y pueblos asistían a los sacrificios, corriesen la campaña contra los moros, que emboscados en las tierras, aguardaban aquellas horas para sus acometimientos y robos”. Igualmente existen los Miñones, apellido poco frecuente y registrado mayoritariamente en las provincias de Álava, Burgos y Madrid, que en una de sus acepciones designaba a soldados de tropa ligera pertenecientes a la policía local con misiones de persecución de ladrones y contrabandistas. Más antiguo es el origen de los apellidos Morán, Morant o Moranta que hunden sus raíces en la España árabe de los S. XI y XII, donde los Almorávides dominaban la península y a sus guerreros se les conocía como murabit o su derivado vulgar muraht, de donde proceden los apellidos mencionados, perdurando todavía en la actualidad en zonas con una mayor ascendencia como Valencia o Baleares.



Distintos tipos de soldados




Como hemos visto, durante muchos años lo común ha sido el designar a la persona por el oficio o la misión encomendada, por lo que existen apellidos como Atalaya, que han servido para nombrar a los centinelas diurnos destinados a vigilar desde torres o alturas. El mismo origen de vigía o atalayero tienen los apellidos Guaita, catalán, muy extendido en Valencia, Gaite procedente del francés guette y muy asentado en Palencia y Valladolid, o el no demasiado frecuente Torrero con sus sinónimos Torreiro o Torrer, gallego y catalán respectivamente.
Existían también en la antigüedad soldados a los que se les encomendaban unas misiones específicas, llegando hasta nosotros sus recuerdos gracias a los apellidos, como es caso de Cuadrillero que servía para designar tanto a los individuos de las cuadrillas de la Santa Hermandad, como a los que en las huestes o cabalgadas estaban encargados de repartir el botín, y lo hacía según leyes y reglamentos precisos, deduciendo, por ejemplo, una parte para indemnizar a los soldados que en las cabalgadas resultasen heridos. A otras personas, por utilizar armas arrojadizas para cumplir su misión, se les asoció con el arma empleada, así existe el apellido Ballesta estando muy localizado en las provincias de Murcia y Alicante; en otras ocasiones fue el proyectil de madera lo que motivó el apellido como Garrote o Darder, palabra ésta catalana que procede de dard “dardo” y que también designaba al que fabricaba dardos. No podían faltar los Ballesteros, o su derivados Ballester (catalán) muy localizado en Valencia, o Besteiro (gallego). Y tampoco podemos dejar de mencionar a los que hoy se apellidan Piqueros, procedentes de aquellos soldados de infantería que en los S. XVI y XVII utilizaban la pica, una especie de lanza muy larga que desapareció como arma táctica en 1703 al introducirse en España el fusil.
Pero no solo el ejército ha dejado su influencia, también la marina con sus galeras nos dejaron su huella en apellidos como Corbacho, cuyo significado era “látigo con que el cómitre castigaba a los galeotes”, y que como mote podría designar tanto al encargado de su utilización como al que había recibido en sus carnes una buena dosis del mismo. A estos barcos de guerra se mandaban a los delincuentes más peligrosos y su alimentación era casi en exclusiva el Bizcocho, un pan sin levadura que se cocía dos veces (bis coctus) y que todavía como apellido se registra casi en exclusiva en la provincia de Sevilla.
Existen otras palabras curiosas que durante años han servido para designar a los soldados españoles, y que por causas desconocidas no han llegado a formar apellidos. Así durante el Imperio español en Italia se llamaron Pécoras a los soldados españoles tal vez porque fueran juntos como un rebaño de ovejas, al ser Pecoris era palabra latina que designaba a todo grupo de animales domésticos, y también Bisoños, ya que los reclutas españoles desembarcados en Italia debían recorrer un largo camino hasta incorporarse a su Tercio, y al ser tan exigua o inexistente su paga debían buscarse su sustento con continuas peticiones a los lugareños como: “bisoño pan” o “bisoño carne” (necesito pan, necesito carne). En épocas más cercanas, y ya en la península, encontramos la palabra Guiri que servía para designar, durante el S.XIX, a los Guardia Reales del ejército cristino por llevar unos morriones y cartucheras con las letras G.R.I (Guardia Real de Infantería), extendiéndose posteriormente tal calificativo a todos los soldados realistas y liberales.




Jefes y Cargos Militares




Los distintos nombres que durante la historia se han dado a los caudillos o jefes de ejércitos han servido igualmente para designar a personas, el más conocido es el de Adalid, que procede del árabe ad-dalid, que significa “caudillo de gente de guerra”, aunque como apellido es poco frecuente. Más frecuente, y localizado en las provincias de Aragón, Navarra y Cataluña, es el apellido Gastón, que en una de sus acepciones procede del radical gótico gast que significa “jefe, superior”. Los jefes miliares o gobernadores de una provincia fronteriza nos han dejado el apellido Adelantado, estando entre sus misiones que “en aquella tierra en el que él tenía poder, no se levantara castillo nuevo, ni torre, ni fortaleza sin mandato del Rey”. De igual manera el que tenía a su cargo la guarda y defensa de algún castillo o fortaleza, se denominaba Alcaide, que procede del árabe al caid “capitanear, acaudillar” y según algún autor su acepción debió ser más extensa que la de gobernador de una fortaleza, siendo considerado entre los árabes como “generalísimo de los ejércitos”. Este apellido se encuentra preferentemente localizado en las provincias de Córdoba, Málaga y Sevilla. Más común es el apellido Mariscal, que unos lo hacen proceder de dos voces teutónicas, march “caballo” y scalch “, pudiendo tener dos significados bien distintos: 1) el que manda caballos. 2) el que cuida los caballos. Lo cierto es que la palabra pasó al latín bárbaro corrompiéndose en marescallus, siendo utilizado este cargo en Castilla desde 1382, al crear el Rey Juan I este nuevo cargo. No todos los gobernadores realizaban sus funciones con el mismo desvelo, pero el concepto de servicio eficiente llegó a crear el nombre personal germánico Bonwald “buen gobierno”, que fue utilizado en España primero como nombre de bautismo para posteriormente formar el apellido Bonal. No podemos dejar de mencionar el apellido Cid, que muchos relacionan con Rodrigo Díaz de Vivar al que sus soldados llamaban “campi docto” (maestro de armas en el campo de batalla) por su dominio de las armas, y al entrar al servicio del rey moro de Zaragoza los musulmanes le dieron el título de “sayyid” (mi señor). Hay que mencionar que en la actualidad, los que llevan este apellido, deben proceder más de los nombres árabes Zaïd, Sa`id o Ziyad que del mencionado guerrero, ya que en la misma época del Cid ya existían personas con este apellido (ejemplo: año 1042, Julián Cid).




Nombres germánicos




Las invasiones de los Pueblos Bárbaros provocaron una revolución onomástica al imponerse, como una moda, el uso de nombres personales germanos aunque sus antepasados no tuvieran ascendentes centroeuropeos. Éstos nombres solían hacer referencia a ideas guerreras, de valor o belicosidad y se componían de dos adjetivos, o de un sustantivo y un adjetivo. Muchos de ellos han llegado hasta nosotros en forma de apellido como por ejemplo: Gerardo, compuesto de ger “lanza” y hart “fuerte, duro”; Gisbert, derivado de las raíces góticas gis “flecha” y berht “ilustre”; Guarner, procedente de Warn “defender” y hari “ejército, que se latinizó en Guarnerios de donde nos llega el apellido; Armando, de hard “duro” y man “duro” o Aldeguer, noble preparado para la lucha, que derivo también en el nombre de bautismo castellano Olegario.
Otras lenguas también nos han proporcionado apellidos procedentes de nombres como el conocido Estíbaliz, que deriva del latín aestivalis “campamento de verano para las tropas”, o Alejandro del griego alekso/andros, es decir “el que defiende a los hombres”.




Castillos, fortificaciones, defensas o prisiones




Existe otro grupo de apellidos que se denominan toponímicos, por derivar de los lugares de procedencia del individuo, donde vivían o de los que eran propietarios. Ejemplo muy extendido es el apellido Alcalá procedente de la voz árabe al-qalá-a “el castillo”, utilizándose para designar a un individuo originario de una población donde la construcción más significativa era un castillo; entre otras muchas poblaciones con esta denominación podemos mencionar a Alcalá del Río (Sevilla) o Alcalá del Obispo (Huesca). Otros apellidos con el mismo origen son Alcoceba del árabe al-qusayba “fortaleza pequeña”, Alcolea de al-qulaya “castillo pequeño”, o el más conocido Castillo y sus derivados Castellar, Castielo, Casteló, Castel o Casteleiro. En la Edad Media era práctica habitual denominar al individuo en referencia al lugar donde residía, por eso, ciertas partes del castillo han servido para este propósito, de esta manera los que vivían pegados a la muralla y debajo del camino que hay en el muro alto sobre el que se levantan las almenas, se les apodaba Adarve existiendo todavía este apellido en las provincias de Granada, Córdoba y Sevilla. Las cárceles excavadas bajo los castillos y las fortalezas originaron, igualmente, el apellido Adamuz, del árabe ad-daimus “calabozo”, incluso las fortalezas, torres defensivas o de vigía nos dejan su rastro en apellidos toponímicos tan curiosos como Alborch, que hace referencia a las al-burj o torres árabes, Velilla que eran unos puestos militares de vigilancia, Almenara atalaya desde donde se encendían fuegos de señal, o Miralles, topónimo que procede del latín vulgar con el significado de lugar elevado para vigilar.




Miscelánea




Un apellido muy militar es Ros, palabra que se utiliza para designar una especie de chacó pequeño, de fieltro y más alto por delante que por detrás. Esta prenda tomó el nombre, en 1855, del militar que la introdujo en el ejército, el general Ros de Olano, que fue director general de infantería y la unidad que primero lo utilizó fue el batallón de Cazadores de Madrid. Pero el apellido Ros, muy frecuente en Cataluña, Valencia y Murcia, no procede de esta prenda militar, sino de la palabra latina russeus “rosado, rojizo”que se utilizaba en época medieval como apodo para designar a personas de piel rosada o de pelo rojizo. También los motes o apodos alusivos a las características físicas del individuo, han producido apellidos tan comunes como Gordo, Delgado, Cabezón, Nariz u Oreja. Pero lo que a nosotros nos interesa no es el tamaño de esos apéndices auditivos, sino su ausencia, por existir soldados a los que, como castigo a sus fechorías, les cortaban las orejas. Esto ocurría en los Tercios, donde según las Ordenanzas del Duque de Alba a los nobles e hidalgos se les castigaba con la pena de muerte, y a los plebeyos se les cortaban las orejas por mano de verdugo, lo primero no era infamante; lo segundo sí. Cuenta la historia que tras la rendición de la ciudad de Amberes, Alejandro de Farnesio, para conmemorar tal hazaña celebro un banquete al que acudieron todos sus soldados, así como las damas católicas de la ciudad ataviadas con mejores joyas y vestidos. Durante el festín, un soldado de los Tercios arrancó de un brutal tirón el collar de diamantes que lucía en su cuello una de las damas y, aunque trató de escabullirse entre la multitud, fue detenido y condenado por el Consejo de capitanes a ser desorejado. Pidió gracia el delincuente para que se conmutara la pena por la de muerte, alegando ser hidalgo de sangre y no poder sufrir tal infamia. Farnesio se negaba a tal concesión para hacer escarmiento entre su gente, hasta que acudió a su presencia el capitán del sentenciado, el cual, con lágrimas en los ojos, le suplicó la muerte de su soldado antes que el deshonor de su compañía. El bravo militar cedió a la petición de su subordinado y el soldado fue decapitado en el mismo lugar del delito. Tras cumplirse la sentencia, Farnesio, intrigado por la insistencia del capitán en solicitar la muerte del soldado le preguntó la razón a su Maestre Julián Romero, contestando éste:
-“No le extrañe, señor; el soldado ladrón era su hijo.”
-“Ahora me place –repuso el general- haberla concedido; con soldados que estiman más la honra que la vida podemos hacer lo que hemos hecho, y mucho más. Recemos por el alma del muerto y por que Dios consuele al padre.”
Eran otras épocas y otras sentencias.


Bibliografía

Diccionario de apellidos españoles. R. Faure, Mª A. Ribes y A. García.
Apellidos Castellanos. J. Godoy Alcántara.
Ensayo histórico sobre los apellidos castellanos. A. Ríos y Ríos.
Apellidos de Alcaudete. A. Balduque y A. Pajares.
Génesis y evolución histórica del apellido en España. J. De Salazar y Acha.
Diccionario militar. José Almirante.
Mosaico Militar. L. Bermúdez de Castro.