miércoles, 2 de diciembre de 2009











Del orgasmo terapéutico
a la mano sanadora
Por Antonio Balduque Álvarez


Si tienen la oportunidad de visitar alguna iglesia románica, no dejen de observar con detenimiento sus capiteles, fachadas o canecillos, porque es posible que descubran sorprendidos que labradas en la piedra aparecen ante sus atónitos ojos monjas desnudas enseñando un abultado sexo, monjes con enormes falos o parejas risueñas haciendo el amor. Pero ¿cómo es posible que figuras tan curiosas y eróticas puedan estar esculpidas en un lugar tan sagrado? Seguramente porque no en todos los siglos la sociedad ha tenido el mismo concepto del sexo que en la actualidad. Si intentamos buscar una respuesta en los tratados actuales de arte, poca información podremos obtener, por lo que deberemos acudir a los textos médicos de la Edad Antigua o de la Edad Media.

Esperma masculino y esperma femenino
Tanto Hipócrates como Galeno o Avicena pensaban que para que una nueva vida se crease era necesario que se unieran dos semillas, una que la tenía que aportar el hombre y la otra la mujer. Lo mismo que el hombre tenía unos testículos capaces de producir esperma masculino, la mujer era también capaz de crear su propio esperma femenino en una parte de su organismo: los ovarios. Los ovarios de la mujer eran una copia en pequeño de los testículos de los hombres, por lo que producían igualmente semen pero en menor cantidad, pero éste era tan importante como el del hombre porque para que naciera una nueva vida era necesario que el semen masculino se uniera al semen femenino. La unión de ambos se producía en el útero, donde al mezclarse y espesarse se producía la concepción. A los siete días esta mezcla seminal se transformaba en una especie de espuma, pasados otros siete días mutaba en sangre, a los veinte ya era un embrión y a los treinta y dos se podía distinguir el feto si era varón, porque si era hembra se tenía que esperar hasta los cuarenta y dos. Esta diferencia de fechas radicaba en la fortaleza del esperma porque al ser el masculino fuerte y espeso, creaba un cuerpo más rápido que el femenino que al ser flojo y aguado necesitaba más días para formar una nueva vida. Otra idea curiosa era la dirección a la que miraban los fetos. Si la nueva vida era masculina el feto se desarrollaba dentro del útero mirando hacia la espalda de la madre, mientras que si era hembra miraba hacia delante. Si hay placer hay vida
Durante siglos hubo médicos que escribieron numerosos tratados para hacer ver que el esperma femenino no sólo existía, sino que además era vital para la fecundación. Pero otro punto importante, que no debemos olvidar, es que la sexualidad no se aceptaba como un placer aislado, sino que su fin era la fecundación, la generación de una nueva vida. Y ahora viene la idea curiosa. Para ellos el semen femenino se generaba en la mujer si ésta experimentaba placer, así, si la mujer gozaba durante el acto sexual se liberaría el esperma femenino que unido al esperma masculino crearía una nueva vida, pero si la mujer no gozaba no podría producir su esperma y por lo tanto no se podría engendrar. Sólo si tenemos en cuenta esta teoría podemos entender que durante la Edad Media aparecieran numerosos tratados en los que se intentaba enseñar a los maridos el modo de obtener de su mujer el mayor placer durante su relación amorosa.

Si el fin no es procrear el placer es pecado
Hubo filósofos, como Aristóteles o Platón, que justificaron la existencia del placer sexual en el contexto de la extinción de la especie humana, pensando que el hombre no tenía la suficiente inteligencia como para entender que si no se reproducía, la especie humana se extinguiría inexorablemente. De ahí que, para incentivar la reproducción, al hombre se le dotó de apetito sexual, buscando en el acto de procrear un placer intenso. Pero como el hombre es un animal racional que no podía dejarse llevar por sus apetitos primarios, Santo Tomás de Aquino introdujo una sutil apreciación: como en la Naturaleza el sexo tiene una función procreadora, si el hombre usa su esperma sin una función reproductiva, su acción iría en contra de la Naturaleza, por lo que es reprobable, de ahí que considere pecado todo tocamiento, caricia o beso que no tenga como fin la búsqueda de una nueva vida. Hubo otros sabios, como el religioso dominico Alberto Magno, que eran de la opinión que aunque el sexo estaba permitido si se hacía con un fin reproductor, tampoco había que excederse en él, porque si el coito se realizaba con demasiada frecuencia el útero se llenaría de esperma y sus paredes se harían tan resbaladizas que el semen no podría ser absorbido, de ahí, según ellos, que las prostitutas estuvieran impedidas para tener hijos.
Clímax al unísono
Una vez que los médicos medievales tuvieron claro que el placer sexual estaba permitido si tenía un fin reproductor, y también que durante el orgasmo se generaba el esperma femenino, se dedicaron a publicar tratados en los que informaban de variadas posturas que facilitaban el orgasmo, así como la manera en que el marido debía retrasar su eyaculación para hacerla coincidir con el orgasmo de la mujer. Los médicos recomendaban a los hombres no tener prisa durante sus relaciones sexuales y fijarse en las señales que emitían las mujeres, porque era muy importante alcanzar el clímax al unísono si se quería que ambos espermas se unieran por igual para formar un feto. Rizando todavía más el rizo hubo médicos, como el cordobés Arib ibn Said, que pensaba que si en el momento del orgasmo uno de los miembros de la pareja gozaba más que el otro, sería ese quien aportaría más cantidad de rasgos al nuevo bebé, de ahí el mayor parecido que el retoño tendría con uno u otro de los padres. Pero no sólo los médicos hicieron proselitismo para que los maridos hicieran gozar al máximo a sus parejas, también poetas medievales como Bernard Gordon, Roman de la Rose o Goeffrey Chaucer, escribieron obras llenas de consejos amatorios destinados a que el hombre no fuera egoísta y que se dedicara lentamente a dar el máximo placer durante el mayor tiempo posible.
Pelos en la barbilla
Para muchos médicos medievales el útero era el lugar donde se recogía y unían el semen del hombre y de la mujer, para luego acoger y permitir que creciera en su interior una nueva vida. Pero además también creían que el útero era la cloaca del organismo a donde iban a parar todos los residuos del cuerpo, siendo la menstruación el proceso mediante el cual se eliminaban del cuerpo las sustancias dañinas. La sangre menstrual era tan peligrosa que si llegaba al cerebro podía producir en la mujer graves enfermedades, de ahí que hasta casi finales del siglo XX podíamos ver en la playa españolas a un buen número de mujeres que permanecían debajo de sus sombrillas vestidas, sin ocurrírseles poner un pie en el agua porque si se bañaban o se mojaban el pelo durante la menstruación creían que se les podía cortar la regla. Esta idea procedía de la Edad Medía y radicaba en que si se cortaba la regla, la sangre menstrual podría subir hasta el cerebro y ser fatal para la vida de la mujer. También se pensaba que el hombre no menstruaba porque apenas tenía residuos que desechar al transformar la mayoría de lo que comía en sangre, carne, huesos, etc. Mientras que la mujer necesitaba la regla para expulsar cada veintiocho días todas las impurezas del cuerpo, los escasísimos residuos que pudiera generar el cuerpo del hombre salían al exterior en forma de sudor, pelos o barba. Según esta curiosa teoría, era lógico y normal que las mujeres mayores que por edad se les retiraba la regla tuvieran que eliminar sus ya escasos residuos de alguna manera, de ahí que a las féminas entradas en años les empezasen a crecer con más insistencia pelos en la barbilla y el bigote.

La mano que cura
Como decíamos, había corrientes médicas que creían que la mujer también tenía esperma, eliminándose éste del interior del cuerpo femenino mediante el coito. Pero las mujeres que hacían votos de castidad como las monjas, las solteras o viudas, al no tener relaciones sexuales podían sufrir en su cuerpo pequeñas acumulaciones de esperma femenino que, mezclado con los restos de sangre menstrual corrupta, podía causarles graves enfermedades. Muchos médicos medievales, e incluso muchos galenos religiosos, encontraron la solución para expulsar los residuos sin que el varón interviniera: la masturbación femenina. Lógicamente no se le daba ese nombre tan vulgar, sino que se prescribía algo tan lírico y poético como un “masaje con ungüentos”, existiendo médicos, como el valenciano Arnau de Vilanova que en el siglo XIII fue médico de Pedro “El Grande” o Jaime II, que en ausencia de varón prescribía también para viudas y solteras la introducción de objetos en la vagina. Aunque existían teólogos que se escandalizaban de tan aberrantes acciones, muchos médicos e incluso religiosos, separaron la idea pecadora de la acción terapéutica al considerar que la mano que realizaba tales tocamientos no era una mano pecadora sino “una mano que cura” porque liberaba al cuerpo de una sustancia que para ese tipo de mujeres no tenía ningún valor positivo y si permanecía en su interior podía acarrear fatales consecuencias.
Se acabó gozar
A finales del siglo XIII, con las traducciones de Aristóteles y la obra de Averroes, se empezaron a levantar voces autorizadas que contrariaban las doctrinas de Hipócrates, Galeno y de Avicena pensándose ahora que el esperma femenino no sólo no era necesario para la formación de una nueva vida, sino que tampoco contribuía al desarrollo del feto porque de ser así la mujer tendría que continuar eyaculando semen durante la gestación y esto estaba claro que no se producía. Estos nuevos pensadores no dudaban de la existencia del semen femenino, pero eran de la opinión de que esta sustancia carecía de virtudes y era simplemente algo intermedio entre el semen y la menstruación, por lo que sucedió algo terrible para las mujeres: la abolición del orgasmo. Como el semen femenino ya no tenía utilidad en la fecundación y la manera de producir ese esperma era mediante el orgasmo, el siguiente paso fue convertir el placer sexual en pecado, liberando además a los hombres medievales de la obligación de proporcionar placer a las mujeres, siendo únicamente los hombres los que podían tomar la decisión de concebir.
Conclusiones
Si tenemos en cuenta lo anteriormente expuesto hubo unos siglos en los que el goce sexual no sólo no era pecado, sino que sin un orgasmo no se podía tener hijos, por lo que ya no nos resulta tan incomprensible ver en los capiteles de las iglesias románicas parejas gozando del sexo o monjas que enseñan su sexo o realizan tocamientos, porque lo que para nosotros puede tener hoy en día un contenido pornográfico, para los hombres y mujeres de la Edad Media era una actividad que conducía tanto a la procreación como a la sanación.

Para saber más:
Matos, A. Historia medieval del sexo y del erotismo. Editorial Nowtilus, Madrid, 2008.Potts, M y Short, R. Historia de la sexualidad desde Adán y Eva. Editorial Cambrige University Press. 1999.
Lucie-Smith, E. La sexualidad en el arte occidental. Ediciones Destino. 1992.

6 comentarios:

Antonio Balduque dijo...

Los dos últimos artículos incluídos en este Blogs, los he extraído de un especial de erotismo que publiqué el mes pasado. Espero no ofender a nadie, y sobre todo que os gusten.

Emilio dijo...

Estimado amigo Antonio: No sólo el artículo no ofende, sino que es una maravilla de erudición, como siempre, y, como siempre también, con ese estilo tan tuyo, esa facilidad de escritura, que hace todo conocimiento ameno. El sexo es vida, sin él dificilmente el Hombre habría ocupado el planeta, claro está. Ni ninguna especie animal de las que llamamos superiores estaría en ese nivel de superioridad. Es evidente que el placer que conlleva también es bueno y que el concepto "moral" de pecado sexual es una aberración propia de mentes enfermas. Yo creo que hay que hacer una reivindiación del placer porque bastantes penas tenemos en la vida como para, además, ponerle puertas al campo, que no otra cosa es hablar del sexo como algo "negativo" cuando es la esencia de nuestra existencia. La esencia para la especie. Otra cosa es que el Hombre siga una evolución cultural en las formas de afrontarlo que depende de cada cultura. Es evidente que, en estas cuestiones, no soy "abolicionista".
Un abrazo y gracias.

antonio castillo dijo...

Como siempre, compañero, estupendo tu artículo y se agradece lo de la bibliografía porque el tema me interesa . Felices fiestas.

Administrador dijo...

Qué interesante, Antonio. He aprendido mucho con todo lo que cuentas en tu escrito.

FELICES NAVIDADES.

Mila

Alejandro dijo...

Amigo Antonio: Gracias por regalarnos esas páginas de nuestra historia. A veces no parece lejana, distante, como si no fuiera con nosotros, pero servida por tí es otra cosa.

Un abrazo.

Alejandro

Alejandro dijo...

Antonio, perdona, quería decír que a veces la historia nos parece lejana, pero servida por tí es como más nuestra.

Alejandro