lunes, 2 de noviembre de 2009


Los Arcabuceros de Madrid
Oficios Olvidados

Por Antonio Balduque Álvarez


Durante los siglos XVII y XVIII existieron en Madrid unos artesanos armeros que causaron la admiración europea por ser capaces de fabricar escopetas de caza con una calidad y seguridad que no podía ser superada por ningún artesano de otro país. A éstos se les conocía como los “Arcabuceros de Madrid” y la posesión de una de sus escopetas era tan envidiada, que los reyes españoles cuando querían demostrar su afecto no dudaban en regalar una de estas joyas. Los arcabuceros madrileños fueron un ejemplo de eficacia, pero sobre todo de honradez, porque tenían un lema que aplicaban a todo lo que fabricaban: “Haced bien lo que hagáis, porque lo que bien se hace cuesta algo más pero todos lo quieren, y lo que se hace mal, cuesta menos, pero nadie lo quiere”.


La afición a la caza que tenían no sólo los monarcas españoles sino también el resto de la familia Real, es de todos conocida. Esta actividad cinegética exigía disponer de armas precisas y fiables en sus fuegos y cañones que asegurasen la casi nula existencia de accidentes que pudieran poner en peligro la vida de tan altas dignidades. La vida del rey dependía de la calidad de los cañones, pues una fabricación defectuosa podía hacer que reventara cerca de su cara. En una época en que en toda Europa eran muy frecuentes los accidentes, al no existir una buena forja y una mano de obra artesana cualificada, los arcabuceros madrileños, con ingenio y pericia, cuidaron al máximo la calidad de sus obras, forjando unos cañones de tal fortaleza que fueron la admiración de todos los cazadores. Para evitar que reventasen forjaban los cañones a trozos (solían tener entre 5 y 6 partes) utilizando un hierro acerado de excelente calidad y para asegurar su solidez y resistencia hacían múltiples pruebas: la principal consistía en echar en su interior una cantidad de pólvora igual al peso del proyectil que iba a disparar, luego introducían un taco muy justo y embreado sobre el que ponían cuatro “balas de perdigón zorrero” con otro taco final para taponar. Con esta carga se hacía un disparo y si resistía tres veces la misma prueba se le ponía la marca y contramarca de arcabucero.
Lo “Made in Spain” es lo mejor
Conociendo el resto de países europeos que sus cañones no podían resistir las pruebas de los fabricados en Madrid, se dedicaron a falsificarlos poniendo en ellos las marcas de los maestros madrileños, lo que motivaba que la mayoría de las veces les explotaran en las manos. En vista de que esta solución no era la más eficaz, pensaron en fabricarlos ellos mismos con los mismos materiales, medidas y formas que los peninsulares. Según consta en documentos de la época “un embajador inglés mandó construir cuatro cañones a los más famosos arcabuceros de Londres, con las mismas medidas y circunstancias que uno de Madrid, que se les presentó para modelo. Se fabricaron con todo el cuidado posible, pero ninguno resistió la prueba, quedando los cuatro reventados y el madrileño triunfante. Recelando el embajador que esta ventaja dimanase del hierro, carbón, etc., mandó se trajeran éstos desde Madrid, repitiéndose con menos desconfianza las pruebas, pero quedó igualmente victorioso el español, y desconocida su resistencia, pues aunque por entonces se atribuyó a la influencia del aire, por no deslucir, sin duda, la reputación de los maestros ingleses, quedaron éstos tan prendados de ella, que solicitaron se les permitiese estampar sus marcas en el referido cañón no para darle mayor realce, sino para que quedase autorizada su excelencia por cuatro arcabuceros de una nación a la que todos miran con respeto en el manejo de los metales”. Pero no sólo los ingleses lo intentaron, también los italianos, en la confianza de poseer un hierro más dulce que les permitiría finalizar con éxito la forja, se decidieron a probar suerte: un comerciante milanés volvió a llevar a su patria los materiales necesarios para fabricar otros cuatro cañones, incluyendo ahora, muy sagazmente, arena del río Manzanares, que era la utilizada por los arcabuceros de Madrid para el recaldeo. Pidió el comerciante que los cañones se hicieran en su presencia y viendo que su técnica y destreza no igualaba a la de los maestros españoles, no permitió que acabasen su trabajo ordenando probar sólo los dos que habían terminado, que lógicamente reventaron, dándose cuenta que la única ventaja que tenían los artesanos de Madrid respecto a los del resto de Europa era su buena “escuela y grande habilidad”, competencia y honradez.

Una de callos
Cuando Felipe V pasó de Francia para sentarse en el trono español quiso también comparar la resistencia de los cañones de su antigua nación con los nuestros, ordenó traer seis cañones trabajados en el país galo y los comparó con seis fabricados en Madrid. Los resultados fueron idénticos. Madrid 6 - Francia 0. Los cañones franceses reventaron como la mantequilla al enfrentarlos a los hispanos. No es de extrañar que los españoles saliesen invictos porque en esos años el arcabucero que trabajaba para Su Majestad era Nicolás Bis, conocido como el “Príncipe de los Arcabuceros Españoles”. A este artesano se le debe el invento de fabricar los cañones con “callos de herradura”. Hasta principios del S. XVIII se utilizó para la forja del cañón el hierro conocido como “hierro nuevo”, pero Nicolás Bis, hombre observador, comprobó que el hierro de Vizcaya era “el más dulce de toda Europa”, y no escogía cualquier trozo, únicamente elegía el hierro de Vizcaya que había sido usado en las herraduras. El motivo de la elección radicaba en que en las herraduras se producía una purificación natural del hierro al irse golpeando contra las piedras del camino durante meses o años, de tal manera que se iba acerando poco a poco y cuando ya no eran útiles para el animal, ese hierro se había convertido en un acero purificado, entonces el maestro armero, para fabricar su cañón, sólo escogía de la herradura la parte de mayor pureza, que lógicamente era la más golpeada contra el suelo y era conocida como el “callo de la herradura”.

Diseño español
A partir del descubrimiento de Nicolás Bis, todos los arcabuceros de Madrid se dedicaron a comprar herraduras viejas, las llevaban a lavar al río Manzanares para quitar la tierra pegada en los huecos donde antes había clavos y forjaban únicamente sus cañones con este excepcional material. La perfección la alcanzó Alonso Martínez, contemporáneo de Bis, al conseguir forjar un cañón únicamente con los clavos de las herraduras, nunca intentado antes por lo costoso y el trabajo excesivo que requería. Pero no sólo los maestros españoles obtuvieron su éxito al mejorar los materiales y las técnicas europeas, sino también al modificar la forma del cañón que pasó de ser cilíndrica a ligeramente cónica, obteniéndose así un disparo más efectivo al alargarse la concentración de perdigones. Estas escopetas de caza no solían tener alza, la mira era de acero cincelado y de oro el punto de mira. Se les daba un pavonado azul brillante y en el tercio posterior del cañón, que era octogonal y justo encima de la recámara, se incrustaba en relieve sobre fondo dorado la marca y contramarca del arcabucero que la había fabricado. La marca solía estar formada por la contracción del nombre y apellido del maestro arcabucero que fabricaba el arma escrita en tres líneas y sobre ellas una corona, así el arcabucero José Cano marcaba IOSE-PH-CANO, y Gabriel Algora grababa G.EL-ALGO-RA. La contramarca, o segundo punzón, por regla general representaba un animal inscrito dentro de un recuadro, abundando los unicornios, dragones, águilas exployadas, águilas bicéfalas, ciervos, leones, osos, cisnes, caballos, perros perdigueros, delfines, monos y patos. En otras ocasiones se grababan figuras de diferentes tipologías como: estrellas, flores de lis, mundos con corona encima, ramas de árboles, palmas, madroños o castillos con banderas.
Unos genios al servicio del rey
A diferencia de los arcabuceros del resto de España, que producían sus armas mediante la suma de esfuerzos al realizar unos el cañón, otros las llaves y otros las guarniciones, el arcabucero madrileño era capaz de realizar él solo todas las piezas del arma, desde el cañón hasta la guarnición, pasando por la decoración e incluso los cuchillos, bayonetas, frascos o los instrumentos para medir la calidad de la pólvora o fabricar la munición. Pero aún siendo únicos en su género, sólo el mejor de entre los mejores podía llegar a ser arcabucero del rey. El acceso al puesto se hacía mediante una oposición que consistía en construir una escopeta en la que se valoraba sobre todo la calidad y seguridad del cañón. Una vez se alcanzaba el título de arcabucero de número se le asignaba un sueldo fijo comprometiéndose bajo juramento a alcanzar en su trabajo las más altas cotas de perfección.
El origen de los Arcabuceros de Madrid
El término arcabuz tiene una etimología incierta: unos la hacen proceder de la voz italiana “arca”, por contener en su interior la munición, y de “buso”, agujero, que es por donde se le comunica el fuego a la pólvora; otros piensan que deriva del alemán “busche”, que unido a “hake”, gancho, produce múltiples variantes entre ellas “harquebuse” de donde pasó al francés. Los arcabuces aparecieron a finales del S. XV y principios del S. XVI extendiéndose rápidamente por toda Europa. Conocedor el Emperador Carlos I de la existencia en España de abundantes materiales para su construcción, y con la idea de instalar unas fábricas de armas similares a las ya existentes en Alemania, mandó pasar a nuestro país a los dos mejores maestros armeros existentes: Simón Marcuarte y su cuñado Pedro Maese. Marcuarte es considerado como el iniciador del gremio de arcabuceros madrileños al afincarse en la capital hacia 1530, donde alcanzó un excelente prestigio y era conocido como “Simón el de las Hoces” por utilizar dos de ellas como contramarca, fue arcabucero de Felipe II y Felipe III, y a él se debe la invención de un nuevo mecanismo para el encendido de la pólvora: la “llave de patilla” o “llave española”. Esta llave era más sencilla, sólida, eficaz y segura que las utilizadas hasta ese momento, por lo que fue copiada en Europa donde se la conocía por “llave miquelet” al denominarla así las tropas francesas que la habían visto utilizar a los miquelet, soldados de la milicia catalana. Esta llave se montó en las escopetas de caza durante aproximadamente doscientos cincuenta años, desapareciendo gradualmente entre los años 1820-35, habiéndose extendido su prestigio por todo el Mediterráneo, llegando hasta Turquía, El Cáucaso, la Rusia Meridional y África.
Revolución en la forja
Otro maestro madrileño, Juan Sánchez de Miruela, fue el que revolucionó la fabricación de cañones por ser el primero en forjar uno uniendo 5 ó 6 trozos diferentes de hierro. Hasta ese momento para forjar un cañón se utilizaba un único trozo que se “estiraba o alargaba en forma de plancha, del largo que se quería el cañón”, luego “se iba volviendo hasta que se tocasen las orillas en toda su longitud” para después “unir y consolidar la juntura”. El problema de este método consistía en encontrar “una barra de hierro que tuviese la misma calidad en toda su extensión”, porque si existía el más mínimo “pedazo de hierro agrio o escabroso” se tenía que destruir el cañón entero por no tener confianza en que resistiera el disparo. Para evitar esta contingencia, Juan Sánchez forjaba trozos de gran calidad de “una cuarta poco más o menos” porque le era “más fácil manejar un trozo de una cuarta que el cañón entero” para luego unirlos con gran presión. La calidad y precisión del trabajo de los maestros madrileños alcanzó la cima en 1691 con Nicolás Bis al ser nombrado arcabucero de Carlos II, siendo el inventor de los cañones de herradura que anteriormente hemos mencionado.
Arcabuceros de los Borbones
La nueva dinastía francesa no desaprovechó la pericia de Nicolás Bis, permitiendo que continuara como arcabucero de Felipe V y así alcanzar con sus obras fama mundial. Otros arcabuceros del primer Borbón fueron: Juan Fernández, Matías Baeza, Francisco Bis y el incomparable Josef Cano. La habilidad de Cano era tal que no se limitó a fabricar al rey espléndidas armas de caza, sino también diversos objetos. Así un día que al rey se le rompió una hebilla de acero que le habían enviado de Francia y que tenía en alto aprecio, preguntó a Josef Cano si podía arreglársela, contestándole éste que no sólo prometía componérselas sino que le haría unas mejores, lo que cumplió y llenó de satisfacción al monarca. Para Fernando VI trabajaron Gabriel Algora, Joaquín Zelaya y Sebastián Santos. De sobra es conocida la afición cinegética de Carlos III que la demostró igualmente por el gran número de arcabuceros que tuvo a su servicio: Diego Ventura, Francisco López, Antonio Gómez, Agustín Ortiz, Miguel Cegarra, Salvador Cenarro, Diego Álvarez y Juan de Soto. Este monarca, conocedor de la pericia de sus arcabuceros y de la admiración que suscitaban sus escopetas de caza, quiso presenciar lo delicado y penoso de su trabajo, por lo que mandó a dos de sus arcabuceros, Salvador Cenarro y Miguel Cegarra, que realizaran en su presencia ,y la de sus hijos, una escopeta de principio a fin. Según iban los arcabuceros perfeccionando su obra los semblantes de la familia Real adquirían una expresión de asombro y, llenos de regocijo, los dos artesanos leían en ellos la admiración que les provocaba la realización de su trabajo.

Goya y los arcabuces
Se puede decir que de tal palo tal astilla, ya que Carlos IV heredó el gusto por la caza de su padre, Carlos III, alcanzando gestas cinegéticas difícilmente igualables como fueron las 7.363 piezas cazadas únicamente durante el año 1805. El primero en entrar a su servicio fue Francisco Antonio García, uniéndose posteriormente Isidro Soler, Francisco Tarragona y Gregorio López, teniendo en común la mayoría de ellos la utilización de las armas de la Villa de Madrid como contramarca, figurando el oso, el madroño o las estrellas en diferentes posiciones o formatos. Durante esos años uno de los artistas que más apreciaron la labor de los arcabuceros madrileños, seguramente por ser también experto cazador, fue Goya. Por ser un buen conocedor de estas armas, fue el único de su época capaz de reflejar con precisión en sus cuadros los detalles de las llaves, de las cajas y de las marcas chapadas en oro de las recámaras. Goya conocía por experiencia propia el alto valor de los arcabuces madrileños. Por un retrato de Fernando VII cobró 2.000 reales de vellón, 2.500 por el cuadro titulado “Perros de traílla” y 4.000 por unos retratos de Carlos IV y María Luisa de Parma, por el contrario si él quería comprarse una escopeta madrileña sencilla tenía que desembolsar 2.500 reales, y si se encaprichaba de un arma de mayor categoría la suma que tenía que pagar oscilaba entre los 5.000 y los 30.000 reales, cifras astronómicas para él y para la época.

El final de una saga
El último arcabucero al servicio del rey fue Francisco López que cubrió su plaza en 1802, unos años antes de la Guerra de la Independencia. Esta guerra fue un desastre para los arcabuceros pues tuvieron que cerrar la mayoría de los talleres, muchos murieron en combate, y alguno de los que sobrevivieron eran tan mayores al finalizar la contienda que ya no continuaron con su labor. Si a esto añadimos que cuando subió al trono Fernando VII entre sus aficiones no se encontraba precisamente la caza, entenderemos que cuando los pocos arcabuceros no reales que sobrevivieron solicitaron al monarca que se cubriera la plaza de arcabucero de número para trabajar en la Armería de la Real Ballestería, tan sólo recibieran la indiferencia por respuesta. Al desaparecer prácticamente la arcabucería madrileña, las necesidades de los aficionados madrileños a la caza tuvieron que ser cubiertas por las armerías vascas que hasta ese momento se habían dedicado a una producción preferentemente militar. El auge vasco hizo decaer la producción local, perviviendo en Madrid modestos talleres que al mando de un maestro y ayudado por un oficial y un par de aprendices se mantenían a duras penas en la fabricación de escopetas, así como de otro tipo de herramientas. Estos artesanos eran conocidos como los “chisperos” por las chispas despedidas de sus fraguas, localizándose estas herrerías en los alrededores de las actuales calles del Barquillo, Bárbara de Braganza y Prim. La saga de arcabuceros madrileños concluyó a finales de mil ochocientos ochenta con la muerte del último maestro armero D. Calixto Piñuelas y el cierre de su taller situado en la calle de los Reyes.

4 comentarios:

Soledad Serrano dijo...

Amigo: ¡Qué fantástico! ¡Qué cosa tan interesante y tan bien contada! Agradecidísima por la información. Espero que sigas documentándonos a todos para que podamos aprender.
Un placer leerte. Soledad

Antonio Balduque dijo...

Gracias Soledad por tu mensaje y apoyo, me encanta que la gente descubra la Historia de una manera divertida.

Enrique Gracia Trinidad dijo...

Tenemos aficiones e intereses comunes.
La Historia de manera divertida es una gran parte de mi labor en más de 1000 conferencias de los últimos 17 años
Muy interesante esto que has escrito.
Estoy de acuerdo con Soledad (si no lo estoy, luego me castiga con su indiferencia) Se aprende mucho contigo. Enhorabuena
Enrique

Emilio dijo...

Es una suerte contar con un historiador de tu nivel en este grupo. En este caso, magnifica información y demostración de como hacer historia grande de la Historia pequeña. Gracias por compartir con nosotros tus conocimientos.