miércoles, 2 de septiembre de 2009

Los polvos de la condesa. Historia del Paludismo en Madrid




LOS POLVOS DE LA CONDESA
Historia del Paludismo en Madrid



El paludismo ha sido una de las enfermedades infecciosas más letales de la Humanidad, habiéndose cobrado, a lo largo de los siglos, más víctimas que todas las grandes epidemias de peste, cólera y viruela juntas. En España, sólo en el año de 1786, provocó casi un millón de enfermos y más de setenta y seis mil muertos y a principios del siglo XX todavía producía doscientos cincuenta mil casos al año, siendo la responsable de 2.000 víctimas mortales además de la pérdida de más de cinco millones de jornadas de trabajo.

El causante
El paludismo es una enfermedad parasitaria que se transmite por la picadura de la hembra del mosquito anofeles. Hay mucha gente que piensa que el mosquito es el causante de la enfermedad, grave error, porque los verdaderos responsables son unos microorganismos unicelulares que se conocen con el nombre de Plasmodium y que son transmitidos por su picadura. Cuando la hembra del mosquito pica a una persona infectada, chupa el parásito de la malaria que se encuentra en la sangre humana y pasa al tracto digestivo del animal. Cuando la hembra vuelve a picar a otro humano inyecta su saliva para evitar que la sangre se coagule, momento en el que inocula en la sangre humana unos cuantos parásitos minúsculos; los plasmodios, bastante más pequeños que la mayoría de las bacterias. Al cabo de una hora, estos parásitos abandonan rápidamente la sangre y se alojan en el hígado. Aproximadamente doce días después de la picadura del mosquito, los parásitos pasan de las células rotas del hígado a la sangre iniciándose el ciclo sanguíneo que da lugar a los síntomas de la enfermedad: fiebre, escalofríos, sudores, tos, diarreas, dificultad respiratoria y dolores de cabeza. Algunos autores admiten tres parásitos: el plasmodium vivax, que ocasiona las fiebres conocidas como “tercianas benignas”, el plasmodium falciparum, que ocasiona las fiebres “tercianas malignas” y el plasmodium malariae, causante de las denominadas “fiebres cuartanas”.

Los distintos nombres
La palabra paludismo deriva del latín palus, paludis, que en castellano significa pantano, por ser en estas zonas donde el parásito y el mosquito encontraban una temperatura (no inferior a 15º centígrados) y un hábitat ideal para reproducirse. Cuando llegaba el verano, los mosquitos se multiplicaban y fomentaban la dispersión de la enfermedad. También era corriente, sobre todo en España, designar a la enfermedad con las palabras “tercianas”, “cuartanas” o “fiebres intermitentes”, porque empezaba con un malestar indefinido y fiebre, que aumentaba poco a poco en un periodo de varios días, seguida por escalofríos fuertes y copiosos sudores. Después de un lapso de tiempo sin fiebre, el ciclo de escalofríos, fiebre y sudores podía repetirse cada tres o cuatro días, de ahí el nombre de tercianas o cuartanas. Según los historiadores, la península itálica estuvo libre de paludismo hasta el siglo II a.C., en que las tropas de Aníbal llevaron allí la enfermedad, cobrando desde ese momento gran difusión. Ese país, y sus islas, han sido históricamente zonas muy castigadas, tanto fue así que, para los demás países, el paludismo pasó a denominarse “la enfermedad italiana” o simplemente “malaria” que quería decir en italiano “mal de aire”.

Las miasmas
Hasta 1897 no se demostró que la picadura del mosquito anofeles era la que transmitía el parásito del paludismo o malaria, teniéndose que esperar hasta 1960 para que en España se considerara totalmente erradicada la enfermedad. Hasta finales del siglo XIX se pensaba que las miasmas, “sustancias imperceptibles” que emanaban de las aguas pantanosas, eran las causantes de las fiebres, usándose múltiples y disparatados remedios para intentar combatir la enfermedad. Entre los sefardíes existía la creencia de que las cuartanas se curaban tomando siete espinas de siete palmeras o siete granos de ceniza de siete hornos. Plinio, en su “Historia Natural”, era de la opinión de que el hierro usado para matar a un ser humano era un gran antídoto contra cualquier veneno, por lo que aconsejaba usar, humedecida en vino, la cuchilla con la que había sido degollado un hombre. Para el citado autor la sangre tenía enormes poderes y si esta sangre procedía de la menstruación era como la panacea universal, por lo que él no dudaba en usar el flujo femenino para curar las fiebres tercianas y cuartanas. Otro método considerado muy eficaz contra las fiebres era pronunciar un determinado número de veces la palabra cabalística “Abracadabra”. Esta palabra, empleada como talismán durante la Edad Media, se suponía que tenían tales poderes que podía evitaba males o colocaba a la persona enferma bajo la protección de fuerzas superiores. Para que esta fórmula tuviera el efecto deseado se escribía varias veces la citada palabra eliminándole cada vez una letra de manera que al final quedara un triángulo invertido, símbolo de las influencias de lo celeste sobre lo terrestre.
Remedios “típical hispanis”
Aunque, como hemos visto, hasta 1897 no se tuvo conocimiento científico de que lo que transmitía el parásito era la hembra del mosquito anofeles, en época musulmana ya hubo autores de prestigio, como Avicena o Avenzoar, que advertían que las calenturas epidémicas podían estar originadas por el agua estancada y corrompida. Averroes introdujo las sangrías como medio para curarlas y, Josepho Ben Mohamed Althamigi, en su “Tratado sobre las fiebres” fue el que empezó a recomendar el agua fría y el agua de nieve, aunque otros médicos musulmanes preferían usar el zumo de limones o naranjas. En el siglo XIII un anónimo médico judío toledano que asistió al rey Fernando IV “El Emplazado” en un sospechoso acceso de paludismo, ideó un nuevo tratamiento consistente en sangrías, agua de nieve y una dieta a base de lentejas con pollo, ternera y perdiz. En otras ocasiones la curación se pensaba que llegaría con un simple cambio de aires. Cuando Fernando González de Córdoba, “El Gran Capitán”, enfermó de cuartanas, su médico le prescribió dejar Loja, donde residía y fue trasladado en andas por los contornos de Granada con el ánimo de que un cambio de aires hiciera el milagro de curar la dolencia. Lógicamente murió ¡aunque muy aireado!. La población se veía diezmada sin saber el motivo de sus males, haciendo incluso responsable del paludismo endémico a las higueras, siendo común oír entre el pueblo la expresión “no sé que tienen los higos, que dan fiebre”. Lo que no sabían era que a la sombra y en el frescor de la higuera el temible mosquito que transmitía la enfermedad buscaba cobijo durante el día. Mientras que la higuera tenía pésima fama, existía otro árbol con muy buena prensa: el eucalipto. Tan buena consideración tenía que se pensaba que esta planta podía extinguir por sí sola el paludismo, por lo que en las cercanías de todos los ríos de la provincia de Madrid, se plantaron durante muchos años centenares de ellos, aunque lo más sabio, viendo los nulos resultados de se obtenían con tan peregrinos remedios, era la medida que proponía a finales del siglo XVII el médico don Alonso de Burgos: “Huir pronto, lejos y volver tarde”.
Los polvos de la Condesa
Habrá que esperar hasta el siglo XVII para poder encontrar un remedio eficaz contra el paludismo: la quinina; corteza del árbol de la quina que posee un alcaloide con propiedades antipiréticas y antipalúdicas. Perú era uno de los lugares donde la quina era más común, empleando los indios, desde época inmemorial, los polvos de corteza para combatir los temblores musculares producidos por el frío. Los españoles, basándose en un razonamiento análogo, empezaron a usarlos para tratar los escalofríos de las fiebres intermitentes conocidas como cuartanas y tercianas. Existen diversas versiones, más o menos imaginativas, sobre el modo en que la medicina llegó a manos españolas, pero lo que sí tiene credibilidad histórica es que en esos años la falta de médicos y de medicinas obligó a los misioneros españoles de la Compañía de Jesús a dedicarse con afán al estudio de aquellas plantas y cortezas a las que los indígenas atribuían virtudes curativas, creyéndose que entre 1620 y 1630 los jesuitas ya conocían esta planta y sus poderes. Será en estos momentos cuando la provincia de Madrid entre en la historia, pues Felipe IV nombra al conde de Chinchón, Don Luís Jerónimo Fernández de Bobadilla y Mendoza, virrey del Perú. El virrey llegó a Lima en enero de 1639, y dos meses después llegó su joven y bella esposa, doña Francisca Enríquez de Rivera. La condesa se sintió débil y fatigada, malestares que los galenos atribuyeron al agotador viaje, pero al cabo de unos días las altas fiebres disiparon todas las dudas: la condesa tenía fiebres tercianas. Diego Torres de Vázquez, jesuita y confesor del virrey, comunicó al virrey la existencia de una sustancia que empleaban los nativos para curar la enfermedad, pero el médico de los condes no se atrevió a usar en tal alta dama un tratamiento desconocido para la ciencia de la época. Primero se decidió a probarlo entre los enfermos del hospital de Lima, pero al ver que la muerte rondaba la cama de la condesa y que los enfermos mejoraban de forma espectacular, no dudaron en administrárselo a la virreina, la cual, tras unas pocas dosis de corteza de quina se restableció completamente. La virreina, en vista de su rápida curación, no dudó en proporcionar el tratamiento a todos los enfermos de Lima, que en agradecimiento denominaron al medicamento “los polvos de la condesa”.
Recelos a la quina
La quina se convirtió en el mejor tratamiento contra el paludismo, siendo la mayor aportación del continente americano a la farmacopea mundial, llegando incluso el botánico Linneo a poner el nombre de Chinchona al género del árbol de la quina, no existiendo en la actualidad tratado que no reconozca a la condesa como la persona que favoreció la difusión del fármaco. Aunque esta historia parece que está adornada por la fábula, los jesuitas, hombres prácticos, no dejaron pasar la oportunidad real de mandar pequeñas partidas de quina a Europa. Se sabe que en 1643 la farmacia de los jesuitas en Roma estaba bien abastecida de quina y que el P. Juan de Lugo, Cardenal y Procurador General de la Compañía en Roma, llevó en 1650 la quina a Francia, recomendándola a Mazarino para la curación de Luís XIV. Las constantes remesas de quina que hicieron los jesuitas desde América y las recomendaciones para su uso, hicieron que en Europa se la empezara a conocer por otro nombre: “El polvo de los jesuitas”. Pese a su asombrosa eficacia, o quizás por ello, la quina provocó rechazo en la población, llegándose a decir, incluso desde la Universidad de Salamanca, que caía en pecado mortal el médico que la recetase, pues sus virtudes eran debidas a un pacto de los peruanos con el diablo. En unos siglos en los que las fiebres de distintas causas asolaban todo el mundo, España, que poseía los territorios en donde crecían los árboles de los que se extraían los polvos, no fue capaz de ver ni organizar un monopolio que hubiera llenado las maltrechas arcas del Estado, llegándose todavía a insistir, como el médico Luís Enríquez en su “Tratado de las intermitentes” que con un régimen basado en el gazpacho, las bebidas heladas y los zumos de naranjas y limones, no se precisaba recurrir a la quina ¡Toma ya!.
Dorar la píldora
En las redes del paludismo han caído tanto los reyes, los grandes de España o los nobles como los pobres, los artesanos o los labradores. El parásito no hacía distinciones y lo mismo sufría fiebres, escalofríos y sudores el Emperador Carlos V como su hijo Felipe II, el duque de Alba, Santa Teresa de Jesús, el Cardenal Infante don Fernando de Austria o el pintor Diego Velázquez, el cual falleció en Madrid el 6 de agosto de 1660 a consecuencia de unas tercianas que no fueron tratadas con el “polvo de los jesuitas”. La prevención a usar un tratamiento a base de la corteza de quina llegó hasta Carlos II, siendo éste el primer rey español en usarla en 1697. Lentamente se fue extendiendo su consumo, aunque su sabor tan amargo no hacía fácil su administración. Tomar un poco de quina era casi un suplicio, por lo que el pueblo no dudó en acuñar la expresión “tragar quina” para hacer ver que alguien soportaba o sobrellevaba algo a disgusto sin manifestarlo externamente. El amargor se intentaba engañar mediante cualquier medio, siendo común que los boticarios, para hacer más agradable el consumo, dieran un baño a las medicinas que se tomaban vía oral, utilizándose todavía la expresión “dorar la píldora” para encubrir con apariencia agradable las acciones poco deseables.

El paludismo en Madrid y El Escorial
Las fiebres palúdicas fueron comunes en la provincia de Madrid desde tiempo inmemorial, por lo que en los tratados antiguos era común leer que las tercianas era un mal endémico en Castilla desde hacía siglos, llegándose a mencionar en los tratados que “los pueblos carpertanos (pueblo prerromano que ocupaba la actual provincia de Madrid) padecían mucho de calenturas intermitentes, tercianas y cuartanas peligrosas”. Antes de fijarse la capital de España en Madrid en 1561, los reyes, que permanecían algunas temporadas en esta zona cercana al río Manzanares, solían caer enfermos de fiebres, pero cuando pasó la corte a estar de manera estable en Madrid, monarcas como Felipe II, Felipe III o Felipe IV cayeron de manera inexorable en las redes de la enfermedad, según los médicos por “las continuas humedades y emanaciones de las aguas de los arroyos de los Caños del Peral, Leganitos y del río Manzanares”. Otro monarca, como Felipe V, prefería pasar largar temporadas en El Escorial pensando que era más saludable que la capital, pero esta medida tampoco le salvó de sufrir las fiebres. Se sabe que, aquejado de tercianas, abandonó el Real Sitio de El Escorial y recorrió varios puntos de la provincia para recobrar la salud, estableciéndose finalmente en el convento de Santa María de Parral donde se curó de las fiebres, tomando tanto cariño al lugar que desde entonces este sitio, conocido ahora como La Granja de San Ildefonso, fue su lugar de descanso preferido, quedando postergado completamente El Escorial.

Mosquitos en Aranjuez
El siguiente monarca, Fernando VI, descartando Madrid y El Escorial para pasar largas temporadas, eligió Aranjuez. Terrible error, pues no sólo cayó él enfermo sino también la reina, Bárbara de Braganza y el resto de las personas de palacio. El problema que tenía Aranjuez con el paludismo provenía de la lentitud de la corriente de las aguas del Tajo y de las múltiples cañerías subterráneas que abastecían las fuentes de los jardines, focos donde se reproducían a miles las larvas del mosquito anofeles. La multitud de casos que ocurrían en Aranjuez, hacía que su población fuera reconocida por su color cetrino, siendo común en esa época usar la expresión “éste tiene cara de Aranjuez” para designar a los que tenían mala cara. Si queremos hacernos una idea del aspecto que presentaba un palúdico crónico, nada tan elocuente como leer la descripción realizada por el embajador del Rey de Francia del Emperador Carlos V cuando padeció esta enfermedad: “la vista cansada, boca pálida, rostro más muerto que vivo, cuello extenuado, palabra débil, aliento corto y espalda encorvada. Su debilidad es tal que no puede abrir las cartas a él dirigidas, ni firmar las que quiere mandar”.

El resto de la provincia
Durante el reinado de Carlos III una epidemia de tercianas asoló la provincia madrileña, por lo que para disminuir en lo posible el azote del paludismo el monarca decidió sacar de los almacenes de la Real Botica sus provisiones de quina para ser distribuidos entre la población. De igual modo actuó el cardenal Lorenzana, repartiendo entre los pueblos de su archidiócesis dos libras de quina y 200 reales. Como no había quina para todos, cada pueblo utilizó los remedios que creyeron más eficaces. En Manzanares el Real tomaban un remedio, para ellos infalible, consistente en “zumo de limón, clara de huevo bien batida y azúcar”. Efectivo no sé si sería, pero refrescante lo era mucho. En Becerril se resistían a tomar la quina y combatían el paludismo con cocimientos de plantas como la centaura, siendo peor el remedio que la enfermedad, pues esta planta es tan amarga o más que la quina. En otras zonas como Talamanca, que era conocida como “la enferma del reino” porque prácticamente toda su población estaba enferma, se prefería plantar eucaliptos, pues se consideraba que este árbol, con sus hojas olorosas, era infalible para extinguir la enfermedad. El paso de los años no hacía disminuir la enfermedad, llegando en ocasiones a afectar a poblaciones enteras, como ocurrió en 1830 con Polvoranca, un pueblo localizado a unos dos kilómetros de la actual ciudad de Leganes. Por encontrarse ubicado en las inmediaciones de una frondosa alameda y vecina a una gran extensión de terreno encharcado, las fiebres palúdicas eran tan abundantes y de tal intensidad que hacían imposible la vida de los moradores del poblado, teniendo que emigrar la totalidad del pueblo y desapareciendo el lugar como tal ayuntamiento. Un siglo después, en 1925, del poblado de Polvoranca sólo quedaba como recuerdo los restos de su iglesia.

El paludismo en la capital
El paludismo se solía desarrollar en llanuras bajas y cenagosas, en las inmediaciones de las lagunas, en comarcas bañadas por ríos cuyas aguas no estaban canalizadas, en lugares destinados a cultivos que exigían mucho riego o en zonas donde la ganadería exige enormes praderas en las que el agua encharca a su antojo grandes superficies que constituyen magníficos criaderos de anofeles. Pero ¿cómo era posible que en una ciudad como Madrid a principios del siglo XX todavía existieran enfermos afectados por la picadura del malvado mosquito? Primeramente porque el término municipal de Madrid estaba rodeado de zonas palúdicas como la Vega de Aranjuez y los campos regados por el Tajuña y el Henares, siendo común la afluencia de palúdicos que desde los campos iban a la ciudad buscando los cuidados asistenciales. De ahí que siendo el paludismo más frecuente en la población rural que en la urbana, la cifra de mortalidad era más alta para Madrid que para los pueblos de su provincia. Pero ¿quiénes eran entonces los que contraían la enfermedad dentro de la ciudad? Un gran grupo correspondía a mujeres que tenían que acudir a lavar la ropa a las orillas del río Manzanares, foco palúdico por excelencia ya que sus aguas no se canalizaron hasta 1926, por lo que en verano y otoño la disminución del caudal dejaba en las márgenes charcas aisladas donde se desarrollaba fácilmente el mosquito transmisor. Otro grupo eran los obreros que trabajaban en el ensanche de la capital, en la construcción de carreteras y vías férreas o en la terminación de la red de alcantarillado colocando tuberías con destino a los servicios municipales. El remover grandes cantidades de tierra ocasionaba nuevas epidemias palúdicas que afectaba principalmente a los obreros que efectuaban los trabajos. A estos enfermos se les decía que sufrían las “fiebres obreras”. Pero no sólo los hombres y mujeres trabajadores corrían peligro; los niños, si eran de condición humilde, adquirían la enfermedad cuando jugaban en las huertas de las cercanías del Manzanares, mientras que la mayoría de los niños de las clases acomodadas la contraían durante sus juegos por las inmediaciones de aquellos sitios de recreo donde el anofeles se podía reproducir, como era el estanque del Parque del Retiro o los jardines del Paseo de Recoletos.
Para saber más
- Aportación española a la historia del paludismo. C. Rico-Avelló y Rico. 1947.

- Las enfermedades infecciosas en Madrid. José Monmeneu. Madrid. 1894.

- El Paludismo en la provincia de Madrid. Dr. Palanca. Madrid. 1925.

- Descripciones del Cardenal Lorenzana. 1782.
- La provincia de Madrid y sus pueblos actuales en tiempos de Carlos III.

- Fernando Jiménez de Gregorio.

- Madrid: Atlas Histórico de la Ciudad. 1850-1939.

3 comentarios:

Emilio dijo...

Hola Antonio, encantado de leer tu artículo. Es muy bueno para la Blogsfera que haya variedad de aportaciones. Y que, además de jugar con las palabras y los sueños, conozcamos un poco más la realidad. Tu excelente escrito sobre el paludismo y sus remedios en la Historia, es, también, una reflexión buena sobre la misma. Me ha sorprendido lo de Plinio. Es evidente, al leerte, que la frase "cualquier tiempo pasado fue mejor" es un tópico que no se sostiene. Aunque, aún hoy, no hayamos desterrado ciertas epidemias...y hayamos contribuido a otras. Me alegra saludarte.

Emilio Porta

Manuel dijo...

Que barbaridad, Antonio!.

He leído el artículo "casi" íntegramente. Prometo hacerlo más despacio este fin de semana.

Me parece de una enorme actualidad cuando se está experimentando una alternativa bilógica para combatir el Paludismo que consiste, precisamente, en hacer que las hembras del mosquito, sean sensibles a la enfermedad, con lo que sucumbirían ante la presencia del Plasmodio, dejando a la enfermedad sin vector que la hiciese llegar a los humanos.

Ojalá este o cualquier otro método, acabe con los millones de muertes anuales debidas al Paludismo.

Un cordial abrazo.

Miguel dijo...

Amigo Antonio:

Tus textos son un ejemplo de amena erudición, lo que no es fácil.

Por favor comunícame tu teléfono y tu dirección electrónica actual.
Un cordial saludo de:
Miguel Ortega Isla
Maldonado, 41 – 5º C
28006 Madrid - España
Teléfono = 91 562 34 22
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