miércoles, 2 de diciembre de 2009











Del orgasmo terapéutico
a la mano sanadora
Por Antonio Balduque Álvarez


Si tienen la oportunidad de visitar alguna iglesia románica, no dejen de observar con detenimiento sus capiteles, fachadas o canecillos, porque es posible que descubran sorprendidos que labradas en la piedra aparecen ante sus atónitos ojos monjas desnudas enseñando un abultado sexo, monjes con enormes falos o parejas risueñas haciendo el amor. Pero ¿cómo es posible que figuras tan curiosas y eróticas puedan estar esculpidas en un lugar tan sagrado? Seguramente porque no en todos los siglos la sociedad ha tenido el mismo concepto del sexo que en la actualidad. Si intentamos buscar una respuesta en los tratados actuales de arte, poca información podremos obtener, por lo que deberemos acudir a los textos médicos de la Edad Antigua o de la Edad Media.

Esperma masculino y esperma femenino
Tanto Hipócrates como Galeno o Avicena pensaban que para que una nueva vida se crease era necesario que se unieran dos semillas, una que la tenía que aportar el hombre y la otra la mujer. Lo mismo que el hombre tenía unos testículos capaces de producir esperma masculino, la mujer era también capaz de crear su propio esperma femenino en una parte de su organismo: los ovarios. Los ovarios de la mujer eran una copia en pequeño de los testículos de los hombres, por lo que producían igualmente semen pero en menor cantidad, pero éste era tan importante como el del hombre porque para que naciera una nueva vida era necesario que el semen masculino se uniera al semen femenino. La unión de ambos se producía en el útero, donde al mezclarse y espesarse se producía la concepción. A los siete días esta mezcla seminal se transformaba en una especie de espuma, pasados otros siete días mutaba en sangre, a los veinte ya era un embrión y a los treinta y dos se podía distinguir el feto si era varón, porque si era hembra se tenía que esperar hasta los cuarenta y dos. Esta diferencia de fechas radicaba en la fortaleza del esperma porque al ser el masculino fuerte y espeso, creaba un cuerpo más rápido que el femenino que al ser flojo y aguado necesitaba más días para formar una nueva vida. Otra idea curiosa era la dirección a la que miraban los fetos. Si la nueva vida era masculina el feto se desarrollaba dentro del útero mirando hacia la espalda de la madre, mientras que si era hembra miraba hacia delante. Si hay placer hay vida
Durante siglos hubo médicos que escribieron numerosos tratados para hacer ver que el esperma femenino no sólo existía, sino que además era vital para la fecundación. Pero otro punto importante, que no debemos olvidar, es que la sexualidad no se aceptaba como un placer aislado, sino que su fin era la fecundación, la generación de una nueva vida. Y ahora viene la idea curiosa. Para ellos el semen femenino se generaba en la mujer si ésta experimentaba placer, así, si la mujer gozaba durante el acto sexual se liberaría el esperma femenino que unido al esperma masculino crearía una nueva vida, pero si la mujer no gozaba no podría producir su esperma y por lo tanto no se podría engendrar. Sólo si tenemos en cuenta esta teoría podemos entender que durante la Edad Media aparecieran numerosos tratados en los que se intentaba enseñar a los maridos el modo de obtener de su mujer el mayor placer durante su relación amorosa.

Si el fin no es procrear el placer es pecado
Hubo filósofos, como Aristóteles o Platón, que justificaron la existencia del placer sexual en el contexto de la extinción de la especie humana, pensando que el hombre no tenía la suficiente inteligencia como para entender que si no se reproducía, la especie humana se extinguiría inexorablemente. De ahí que, para incentivar la reproducción, al hombre se le dotó de apetito sexual, buscando en el acto de procrear un placer intenso. Pero como el hombre es un animal racional que no podía dejarse llevar por sus apetitos primarios, Santo Tomás de Aquino introdujo una sutil apreciación: como en la Naturaleza el sexo tiene una función procreadora, si el hombre usa su esperma sin una función reproductiva, su acción iría en contra de la Naturaleza, por lo que es reprobable, de ahí que considere pecado todo tocamiento, caricia o beso que no tenga como fin la búsqueda de una nueva vida. Hubo otros sabios, como el religioso dominico Alberto Magno, que eran de la opinión que aunque el sexo estaba permitido si se hacía con un fin reproductor, tampoco había que excederse en él, porque si el coito se realizaba con demasiada frecuencia el útero se llenaría de esperma y sus paredes se harían tan resbaladizas que el semen no podría ser absorbido, de ahí, según ellos, que las prostitutas estuvieran impedidas para tener hijos.
Clímax al unísono
Una vez que los médicos medievales tuvieron claro que el placer sexual estaba permitido si tenía un fin reproductor, y también que durante el orgasmo se generaba el esperma femenino, se dedicaron a publicar tratados en los que informaban de variadas posturas que facilitaban el orgasmo, así como la manera en que el marido debía retrasar su eyaculación para hacerla coincidir con el orgasmo de la mujer. Los médicos recomendaban a los hombres no tener prisa durante sus relaciones sexuales y fijarse en las señales que emitían las mujeres, porque era muy importante alcanzar el clímax al unísono si se quería que ambos espermas se unieran por igual para formar un feto. Rizando todavía más el rizo hubo médicos, como el cordobés Arib ibn Said, que pensaba que si en el momento del orgasmo uno de los miembros de la pareja gozaba más que el otro, sería ese quien aportaría más cantidad de rasgos al nuevo bebé, de ahí el mayor parecido que el retoño tendría con uno u otro de los padres. Pero no sólo los médicos hicieron proselitismo para que los maridos hicieran gozar al máximo a sus parejas, también poetas medievales como Bernard Gordon, Roman de la Rose o Goeffrey Chaucer, escribieron obras llenas de consejos amatorios destinados a que el hombre no fuera egoísta y que se dedicara lentamente a dar el máximo placer durante el mayor tiempo posible.
Pelos en la barbilla
Para muchos médicos medievales el útero era el lugar donde se recogía y unían el semen del hombre y de la mujer, para luego acoger y permitir que creciera en su interior una nueva vida. Pero además también creían que el útero era la cloaca del organismo a donde iban a parar todos los residuos del cuerpo, siendo la menstruación el proceso mediante el cual se eliminaban del cuerpo las sustancias dañinas. La sangre menstrual era tan peligrosa que si llegaba al cerebro podía producir en la mujer graves enfermedades, de ahí que hasta casi finales del siglo XX podíamos ver en la playa españolas a un buen número de mujeres que permanecían debajo de sus sombrillas vestidas, sin ocurrírseles poner un pie en el agua porque si se bañaban o se mojaban el pelo durante la menstruación creían que se les podía cortar la regla. Esta idea procedía de la Edad Medía y radicaba en que si se cortaba la regla, la sangre menstrual podría subir hasta el cerebro y ser fatal para la vida de la mujer. También se pensaba que el hombre no menstruaba porque apenas tenía residuos que desechar al transformar la mayoría de lo que comía en sangre, carne, huesos, etc. Mientras que la mujer necesitaba la regla para expulsar cada veintiocho días todas las impurezas del cuerpo, los escasísimos residuos que pudiera generar el cuerpo del hombre salían al exterior en forma de sudor, pelos o barba. Según esta curiosa teoría, era lógico y normal que las mujeres mayores que por edad se les retiraba la regla tuvieran que eliminar sus ya escasos residuos de alguna manera, de ahí que a las féminas entradas en años les empezasen a crecer con más insistencia pelos en la barbilla y el bigote.

La mano que cura
Como decíamos, había corrientes médicas que creían que la mujer también tenía esperma, eliminándose éste del interior del cuerpo femenino mediante el coito. Pero las mujeres que hacían votos de castidad como las monjas, las solteras o viudas, al no tener relaciones sexuales podían sufrir en su cuerpo pequeñas acumulaciones de esperma femenino que, mezclado con los restos de sangre menstrual corrupta, podía causarles graves enfermedades. Muchos médicos medievales, e incluso muchos galenos religiosos, encontraron la solución para expulsar los residuos sin que el varón interviniera: la masturbación femenina. Lógicamente no se le daba ese nombre tan vulgar, sino que se prescribía algo tan lírico y poético como un “masaje con ungüentos”, existiendo médicos, como el valenciano Arnau de Vilanova que en el siglo XIII fue médico de Pedro “El Grande” o Jaime II, que en ausencia de varón prescribía también para viudas y solteras la introducción de objetos en la vagina. Aunque existían teólogos que se escandalizaban de tan aberrantes acciones, muchos médicos e incluso religiosos, separaron la idea pecadora de la acción terapéutica al considerar que la mano que realizaba tales tocamientos no era una mano pecadora sino “una mano que cura” porque liberaba al cuerpo de una sustancia que para ese tipo de mujeres no tenía ningún valor positivo y si permanecía en su interior podía acarrear fatales consecuencias.
Se acabó gozar
A finales del siglo XIII, con las traducciones de Aristóteles y la obra de Averroes, se empezaron a levantar voces autorizadas que contrariaban las doctrinas de Hipócrates, Galeno y de Avicena pensándose ahora que el esperma femenino no sólo no era necesario para la formación de una nueva vida, sino que tampoco contribuía al desarrollo del feto porque de ser así la mujer tendría que continuar eyaculando semen durante la gestación y esto estaba claro que no se producía. Estos nuevos pensadores no dudaban de la existencia del semen femenino, pero eran de la opinión de que esta sustancia carecía de virtudes y era simplemente algo intermedio entre el semen y la menstruación, por lo que sucedió algo terrible para las mujeres: la abolición del orgasmo. Como el semen femenino ya no tenía utilidad en la fecundación y la manera de producir ese esperma era mediante el orgasmo, el siguiente paso fue convertir el placer sexual en pecado, liberando además a los hombres medievales de la obligación de proporcionar placer a las mujeres, siendo únicamente los hombres los que podían tomar la decisión de concebir.
Conclusiones
Si tenemos en cuenta lo anteriormente expuesto hubo unos siglos en los que el goce sexual no sólo no era pecado, sino que sin un orgasmo no se podía tener hijos, por lo que ya no nos resulta tan incomprensible ver en los capiteles de las iglesias románicas parejas gozando del sexo o monjas que enseñan su sexo o realizan tocamientos, porque lo que para nosotros puede tener hoy en día un contenido pornográfico, para los hombres y mujeres de la Edad Media era una actividad que conducía tanto a la procreación como a la sanación.

Para saber más:
Matos, A. Historia medieval del sexo y del erotismo. Editorial Nowtilus, Madrid, 2008.Potts, M y Short, R. Historia de la sexualidad desde Adán y Eva. Editorial Cambrige University Press. 1999.
Lucie-Smith, E. La sexualidad en el arte occidental. Ediciones Destino. 1992.

jueves, 19 de noviembre de 2009




Fernando “El Católico”:
El Rey que murió por sobredosis de afrodisíacos

Por Antonio Balduque Álvarez



De los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, hemos leído o estudiado sus virtudes como estadistas, además de su prudencia y sensatez en el gobierno, pero pocas veces hemos tenido ocasión de conocer que Fernando “El Católico” tenía más de pecador sexual adúltero que de buen católico, siendo numerosas las mujeres que gozaron en sus aposentos, por lo que a la reina Isabel únicamente le quedó sufrir con dignidad la poblada cornamenta.

Los celos de doña Isabel
Don Fernando era un mozo atractivo, de mediana estatura, simpático, afable y de ojos cautivadores que desde su más temprana juventud derrochó un “admirable vigor corporal” que no dudó en apagar en variadas camas juveniles. Una vez casado con la reina católica su fogosidad le permitió amar con holgura dentro y fuera de su casa, por lo que Isabel tuvo que sufrir estoicamente, y hasta su muerte, las infidelidades de su casquivano marido, provocando los terribles celos de la reina constantes recriminaciones y discusiones matrimoniales, llegando incluso a ordenar que cualquier mujer que tuviera el atrevimiento de mirar a su marido de una manera provocativa fuera expulsada inmediatamente de palacio. Mientras que Isabel guardaba fidelidad a su esposo, Fernando se dedicó a tener descendencia con doña Aldonza Roig de Ibarra, Joana Nicolau, Toda de Larrea o con una portuguesa apellidada Pereira. Como reina era dueña y señora de sus súbditos pero no lo era tanto de su marido, y lo único a lo que pudo recurrir cada vez que se enteraba por los chivatos de la corte de que Fernando tenía un hijo, era castigarle donde más le dolía, en el sexo, negándose “a cumplir físicamente con él hasta que consideraba pagado el pecado cometido”, resumiendo: le tenía durante una temporadita a dos velas.
Muere la reina y Fernando quiere un heredero
A los cincuenta y tres años, en 1504, Isabel ya se encuentra muy mermada físicamente por la hidropesía que sufría, por lo que hace testamento de sus reinos y señoríos a favor de su hija Juana, más conocida como Juana “la Loca”, mandando que sea reconocida como reina de Castilla y León a su fallecimiento, que sucede el 26 de noviembre de 1504. El viudo rey don Fernando quedó como regente de la demente reina Juana. La nobleza castellana, que era enemiga del rey por ser para ellos un aragonés extranjero y un extraño para los cerrados castellanos, le arrebató la regencia en favor de su yerno Felipe “el Hermoso”, por lo que tras firmar en 1506 el tratado de Villafáfila se retira a sus reinos patrimoniales y maniobra políticamente buscando una princesa para casarse con ella y tener un hijo que heredase la Corona de Aragón. La elegida fue la francesa Germana de Foix, sobrina del monarca francés Luis XII. Como consecuencia de este enlace el rey francés cede los derechos sobre los territorios italianos a su sobrina, Germana de Foix y al hijo que tuviera con Fernando “El Católico”. Este heredero sería además el futuro rey de Aragón, por lo que el hijo de Juana “La Loca” y Felipe “El Hermoso”, el futuro Carlos V, quedaría excluido de heredar la corona catalano-aragonesa. La joven francesita era más bien feúcha, un poco cojita, con tendencia a la obesidad, ardiente, fogosa y amiga del placer, pero tenía en su haber el proceder de una familia muy fértil, lo que aseguraría un heredero a la corona. Fernando, si quería llevar a cabo sus planes, necesitaba tener un hijo cuanto antes porque ya había pasado de los cincuenta años y el tiempo se le acababa. Pero la fogosidad que años antes le había permitido tener cinco hijos con la reina Isabel y unos cuantos bastardos con diversas damas, ahora le faltaba, por lo que si quería estar a la altura de las exigencias amatorias de la joven esposa tenía que recurrir a los afrodisíacos, sustancias que le ayudarían a excitar su apetito sexual.
Antiguos afrodisíacos
Las primeras noticias sobre afrodisíacos las encontramos en papiros egipcios escritos en el 2.200 a.C, siendo la mayoría de ellos plantas o alimentos con un aspecto semejante a los órganos sexuales como las ostras, los mejillones o las almejas. Los griegos y romanos también usaron como afrodisíacos plantas con formas sexuales, teniendo entre ellos especial éxito un brebaje llamado Satirión que se extraía de distintas especies de orquídeas cuyos tubérculos dobles recuerdan por su forma a un par de escrotos, de ahí su nombre, orchis, de donde procede orquitis, inflamación de los testículos. En otras ocasiones lo que se pretendía era aumentar o mantener la erección, por lo que se buscaban alimentos que estimulasen el riego sanguíneo o el aparato urogenital como el chile, el jengibre, la albahaca, el azafrán o la ortiga, siendo esta última el emblema de la lujuria. Pero si se quería alcanzar las más altas cimas de placer sexual nada mejor que un puchero de garbanzos. Tanta fama tenían que se creía que si se consumían en exceso podían causar priapismo: una erección continua y dolorosa del miembro viril. Pero tenemos que tener en cuenta que en una época de tantas carencias, tanto vitamínicas como energéticas, un “atracón de garbanzos” era más eficaz que una pastilla de viagra en la actualidad, porque al contener fósforo, hierro, cal, potasio, sodio, magnesio, vitaminas, especialmente el complejo “B”, tantas proteínas como la carne (entre un 17% y un 24% de proteína bruta) y casi tantos glúcidos como los cereales, lo que hacían era “poner las pilas” al hombre que los comiera. Otro alimento del que se pensaba que prolongaba las erecciones y aumentaba la cantidad de esperma era la cebolla. Ahora bien, si queremos llegar al paroxismo de la porquería, nada como el más repugnante afrodisíaco del que tengo conocimiento: la sangre menstrual. En muchos puntos de Europa y también en España, desde la Edad Media hasta el siglo pasado, las mujeres guardaban su sangre menstrual para mezclarla con alimentos y bebidas que servían a sus esposos con el objeto de que éstos las amasen con más pasión y vigor. Si la dama notaba que el mozo no mostraba el interés o la fortaleza amatoria exigida, ésta no dudaba en añadir nuevamente a la comida unas gotitas de su orina o de su flujo vaginal, llegando incluso algunas a prácticas más atrevidas, teniéndose constancia de que en ocasiones había mujeres que usaban un afrodisíaco infalible: introducirse un pez vivo en la vagina hasta que el animal moría, para después cocinárselo al ignorante esposo.
La cantárida
Retomando el caso de Fernando “El Católico”, el desgastado cincuentón y la alegre Germana de Foix se lanzaron a interminables sesiones copulatorias para tener cuanto antes un retoño que heredase los territorios de la corona de Aragón. Pero el vigor del rey ya no era el de antaño, por lo que la joven Germana decide recurrir a un filtro amoroso de terrible eficacia: testículos de toro mezclados con un preparado de cantárida. La cantárida es un escarabajo verde brillante que una vez muerto, seco y reducido a polvo, se usaba desde la antigüedad como sustancia que potenciaba la erección, pero era tan potente como peligrosa. El polvo de cantárida contiene una sustancia tóxica, la cantaridita, que en cantidades adecuadas produce la irritación de la uretra y como consecuencia una potente erección que podía durar horas (era la viagra del siglo XVI), pero en dosis mal calculadas tiene consecuencias nefastas para el organismo al producir lesiones renales, nefritis, retención de líquidos y diarreas. Las ganas de estimular a don Fernando debieron hacer que a Germana le temblara el pulso a la hora de preparar la receta, pasándose con la cantidad de polvo de cantárida, teniendo el efecto contrario al esperado. Las crónicas cuentan que el rey “después de holgar” con ella se empezó a encontrar indispuesto, apareciendo en él graves desarreglos físicos. La sobredosis de cantárida no fue lo suficientemente elevada como para matarle en el acto, pero sí para saber que su muerte estaba anunciada. Según Jerónimo Zurita, personaje muy próximo al monarca, el rey sufrió una grave enfermedad ocasionada por un “feo potaje que la reina le hizo dar para más habilitarle, que pudiese tener hijos. Esta enfermedad se fue agravando cada día, confirmándose en hidropesia con muchos desmayos, y mal de corazón: de donde creyeron algunos que le fueron dadas yerbas”.

Muerte de Fernando “El Católico”
Desde el día que su mujer le suministró el filtro amoroso, ya no volvió a ser el mismo. Él, que había sido un hombre dinámico, afable, amante de las reuniones y diplomático, se transformó en un ser solitario que aborrecía las ciudades y los negocios de Estado, disfrutando únicamente con los paseos en solitario por el campo. Durante dos años tuvo que sufrir diarreas, desajustes en la tensión arterial, problemas de corazón, retención de líquidos y desajustes renales, hasta que la muerte le libró del sufrimiento. Dicen que la muerte es sorda porque llega sin que se la llame, pero en el caso de Fernando “El Católico” no fue así, encargándose Germana, con su incompetencia y ganas de procrear, de avisar a gritos a la señora de la guadaña.

lunes, 2 de noviembre de 2009


Los Arcabuceros de Madrid
Oficios Olvidados

Por Antonio Balduque Álvarez


Durante los siglos XVII y XVIII existieron en Madrid unos artesanos armeros que causaron la admiración europea por ser capaces de fabricar escopetas de caza con una calidad y seguridad que no podía ser superada por ningún artesano de otro país. A éstos se les conocía como los “Arcabuceros de Madrid” y la posesión de una de sus escopetas era tan envidiada, que los reyes españoles cuando querían demostrar su afecto no dudaban en regalar una de estas joyas. Los arcabuceros madrileños fueron un ejemplo de eficacia, pero sobre todo de honradez, porque tenían un lema que aplicaban a todo lo que fabricaban: “Haced bien lo que hagáis, porque lo que bien se hace cuesta algo más pero todos lo quieren, y lo que se hace mal, cuesta menos, pero nadie lo quiere”.


La afición a la caza que tenían no sólo los monarcas españoles sino también el resto de la familia Real, es de todos conocida. Esta actividad cinegética exigía disponer de armas precisas y fiables en sus fuegos y cañones que asegurasen la casi nula existencia de accidentes que pudieran poner en peligro la vida de tan altas dignidades. La vida del rey dependía de la calidad de los cañones, pues una fabricación defectuosa podía hacer que reventara cerca de su cara. En una época en que en toda Europa eran muy frecuentes los accidentes, al no existir una buena forja y una mano de obra artesana cualificada, los arcabuceros madrileños, con ingenio y pericia, cuidaron al máximo la calidad de sus obras, forjando unos cañones de tal fortaleza que fueron la admiración de todos los cazadores. Para evitar que reventasen forjaban los cañones a trozos (solían tener entre 5 y 6 partes) utilizando un hierro acerado de excelente calidad y para asegurar su solidez y resistencia hacían múltiples pruebas: la principal consistía en echar en su interior una cantidad de pólvora igual al peso del proyectil que iba a disparar, luego introducían un taco muy justo y embreado sobre el que ponían cuatro “balas de perdigón zorrero” con otro taco final para taponar. Con esta carga se hacía un disparo y si resistía tres veces la misma prueba se le ponía la marca y contramarca de arcabucero.
Lo “Made in Spain” es lo mejor
Conociendo el resto de países europeos que sus cañones no podían resistir las pruebas de los fabricados en Madrid, se dedicaron a falsificarlos poniendo en ellos las marcas de los maestros madrileños, lo que motivaba que la mayoría de las veces les explotaran en las manos. En vista de que esta solución no era la más eficaz, pensaron en fabricarlos ellos mismos con los mismos materiales, medidas y formas que los peninsulares. Según consta en documentos de la época “un embajador inglés mandó construir cuatro cañones a los más famosos arcabuceros de Londres, con las mismas medidas y circunstancias que uno de Madrid, que se les presentó para modelo. Se fabricaron con todo el cuidado posible, pero ninguno resistió la prueba, quedando los cuatro reventados y el madrileño triunfante. Recelando el embajador que esta ventaja dimanase del hierro, carbón, etc., mandó se trajeran éstos desde Madrid, repitiéndose con menos desconfianza las pruebas, pero quedó igualmente victorioso el español, y desconocida su resistencia, pues aunque por entonces se atribuyó a la influencia del aire, por no deslucir, sin duda, la reputación de los maestros ingleses, quedaron éstos tan prendados de ella, que solicitaron se les permitiese estampar sus marcas en el referido cañón no para darle mayor realce, sino para que quedase autorizada su excelencia por cuatro arcabuceros de una nación a la que todos miran con respeto en el manejo de los metales”. Pero no sólo los ingleses lo intentaron, también los italianos, en la confianza de poseer un hierro más dulce que les permitiría finalizar con éxito la forja, se decidieron a probar suerte: un comerciante milanés volvió a llevar a su patria los materiales necesarios para fabricar otros cuatro cañones, incluyendo ahora, muy sagazmente, arena del río Manzanares, que era la utilizada por los arcabuceros de Madrid para el recaldeo. Pidió el comerciante que los cañones se hicieran en su presencia y viendo que su técnica y destreza no igualaba a la de los maestros españoles, no permitió que acabasen su trabajo ordenando probar sólo los dos que habían terminado, que lógicamente reventaron, dándose cuenta que la única ventaja que tenían los artesanos de Madrid respecto a los del resto de Europa era su buena “escuela y grande habilidad”, competencia y honradez.

Una de callos
Cuando Felipe V pasó de Francia para sentarse en el trono español quiso también comparar la resistencia de los cañones de su antigua nación con los nuestros, ordenó traer seis cañones trabajados en el país galo y los comparó con seis fabricados en Madrid. Los resultados fueron idénticos. Madrid 6 - Francia 0. Los cañones franceses reventaron como la mantequilla al enfrentarlos a los hispanos. No es de extrañar que los españoles saliesen invictos porque en esos años el arcabucero que trabajaba para Su Majestad era Nicolás Bis, conocido como el “Príncipe de los Arcabuceros Españoles”. A este artesano se le debe el invento de fabricar los cañones con “callos de herradura”. Hasta principios del S. XVIII se utilizó para la forja del cañón el hierro conocido como “hierro nuevo”, pero Nicolás Bis, hombre observador, comprobó que el hierro de Vizcaya era “el más dulce de toda Europa”, y no escogía cualquier trozo, únicamente elegía el hierro de Vizcaya que había sido usado en las herraduras. El motivo de la elección radicaba en que en las herraduras se producía una purificación natural del hierro al irse golpeando contra las piedras del camino durante meses o años, de tal manera que se iba acerando poco a poco y cuando ya no eran útiles para el animal, ese hierro se había convertido en un acero purificado, entonces el maestro armero, para fabricar su cañón, sólo escogía de la herradura la parte de mayor pureza, que lógicamente era la más golpeada contra el suelo y era conocida como el “callo de la herradura”.

Diseño español
A partir del descubrimiento de Nicolás Bis, todos los arcabuceros de Madrid se dedicaron a comprar herraduras viejas, las llevaban a lavar al río Manzanares para quitar la tierra pegada en los huecos donde antes había clavos y forjaban únicamente sus cañones con este excepcional material. La perfección la alcanzó Alonso Martínez, contemporáneo de Bis, al conseguir forjar un cañón únicamente con los clavos de las herraduras, nunca intentado antes por lo costoso y el trabajo excesivo que requería. Pero no sólo los maestros españoles obtuvieron su éxito al mejorar los materiales y las técnicas europeas, sino también al modificar la forma del cañón que pasó de ser cilíndrica a ligeramente cónica, obteniéndose así un disparo más efectivo al alargarse la concentración de perdigones. Estas escopetas de caza no solían tener alza, la mira era de acero cincelado y de oro el punto de mira. Se les daba un pavonado azul brillante y en el tercio posterior del cañón, que era octogonal y justo encima de la recámara, se incrustaba en relieve sobre fondo dorado la marca y contramarca del arcabucero que la había fabricado. La marca solía estar formada por la contracción del nombre y apellido del maestro arcabucero que fabricaba el arma escrita en tres líneas y sobre ellas una corona, así el arcabucero José Cano marcaba IOSE-PH-CANO, y Gabriel Algora grababa G.EL-ALGO-RA. La contramarca, o segundo punzón, por regla general representaba un animal inscrito dentro de un recuadro, abundando los unicornios, dragones, águilas exployadas, águilas bicéfalas, ciervos, leones, osos, cisnes, caballos, perros perdigueros, delfines, monos y patos. En otras ocasiones se grababan figuras de diferentes tipologías como: estrellas, flores de lis, mundos con corona encima, ramas de árboles, palmas, madroños o castillos con banderas.
Unos genios al servicio del rey
A diferencia de los arcabuceros del resto de España, que producían sus armas mediante la suma de esfuerzos al realizar unos el cañón, otros las llaves y otros las guarniciones, el arcabucero madrileño era capaz de realizar él solo todas las piezas del arma, desde el cañón hasta la guarnición, pasando por la decoración e incluso los cuchillos, bayonetas, frascos o los instrumentos para medir la calidad de la pólvora o fabricar la munición. Pero aún siendo únicos en su género, sólo el mejor de entre los mejores podía llegar a ser arcabucero del rey. El acceso al puesto se hacía mediante una oposición que consistía en construir una escopeta en la que se valoraba sobre todo la calidad y seguridad del cañón. Una vez se alcanzaba el título de arcabucero de número se le asignaba un sueldo fijo comprometiéndose bajo juramento a alcanzar en su trabajo las más altas cotas de perfección.
El origen de los Arcabuceros de Madrid
El término arcabuz tiene una etimología incierta: unos la hacen proceder de la voz italiana “arca”, por contener en su interior la munición, y de “buso”, agujero, que es por donde se le comunica el fuego a la pólvora; otros piensan que deriva del alemán “busche”, que unido a “hake”, gancho, produce múltiples variantes entre ellas “harquebuse” de donde pasó al francés. Los arcabuces aparecieron a finales del S. XV y principios del S. XVI extendiéndose rápidamente por toda Europa. Conocedor el Emperador Carlos I de la existencia en España de abundantes materiales para su construcción, y con la idea de instalar unas fábricas de armas similares a las ya existentes en Alemania, mandó pasar a nuestro país a los dos mejores maestros armeros existentes: Simón Marcuarte y su cuñado Pedro Maese. Marcuarte es considerado como el iniciador del gremio de arcabuceros madrileños al afincarse en la capital hacia 1530, donde alcanzó un excelente prestigio y era conocido como “Simón el de las Hoces” por utilizar dos de ellas como contramarca, fue arcabucero de Felipe II y Felipe III, y a él se debe la invención de un nuevo mecanismo para el encendido de la pólvora: la “llave de patilla” o “llave española”. Esta llave era más sencilla, sólida, eficaz y segura que las utilizadas hasta ese momento, por lo que fue copiada en Europa donde se la conocía por “llave miquelet” al denominarla así las tropas francesas que la habían visto utilizar a los miquelet, soldados de la milicia catalana. Esta llave se montó en las escopetas de caza durante aproximadamente doscientos cincuenta años, desapareciendo gradualmente entre los años 1820-35, habiéndose extendido su prestigio por todo el Mediterráneo, llegando hasta Turquía, El Cáucaso, la Rusia Meridional y África.
Revolución en la forja
Otro maestro madrileño, Juan Sánchez de Miruela, fue el que revolucionó la fabricación de cañones por ser el primero en forjar uno uniendo 5 ó 6 trozos diferentes de hierro. Hasta ese momento para forjar un cañón se utilizaba un único trozo que se “estiraba o alargaba en forma de plancha, del largo que se quería el cañón”, luego “se iba volviendo hasta que se tocasen las orillas en toda su longitud” para después “unir y consolidar la juntura”. El problema de este método consistía en encontrar “una barra de hierro que tuviese la misma calidad en toda su extensión”, porque si existía el más mínimo “pedazo de hierro agrio o escabroso” se tenía que destruir el cañón entero por no tener confianza en que resistiera el disparo. Para evitar esta contingencia, Juan Sánchez forjaba trozos de gran calidad de “una cuarta poco más o menos” porque le era “más fácil manejar un trozo de una cuarta que el cañón entero” para luego unirlos con gran presión. La calidad y precisión del trabajo de los maestros madrileños alcanzó la cima en 1691 con Nicolás Bis al ser nombrado arcabucero de Carlos II, siendo el inventor de los cañones de herradura que anteriormente hemos mencionado.
Arcabuceros de los Borbones
La nueva dinastía francesa no desaprovechó la pericia de Nicolás Bis, permitiendo que continuara como arcabucero de Felipe V y así alcanzar con sus obras fama mundial. Otros arcabuceros del primer Borbón fueron: Juan Fernández, Matías Baeza, Francisco Bis y el incomparable Josef Cano. La habilidad de Cano era tal que no se limitó a fabricar al rey espléndidas armas de caza, sino también diversos objetos. Así un día que al rey se le rompió una hebilla de acero que le habían enviado de Francia y que tenía en alto aprecio, preguntó a Josef Cano si podía arreglársela, contestándole éste que no sólo prometía componérselas sino que le haría unas mejores, lo que cumplió y llenó de satisfacción al monarca. Para Fernando VI trabajaron Gabriel Algora, Joaquín Zelaya y Sebastián Santos. De sobra es conocida la afición cinegética de Carlos III que la demostró igualmente por el gran número de arcabuceros que tuvo a su servicio: Diego Ventura, Francisco López, Antonio Gómez, Agustín Ortiz, Miguel Cegarra, Salvador Cenarro, Diego Álvarez y Juan de Soto. Este monarca, conocedor de la pericia de sus arcabuceros y de la admiración que suscitaban sus escopetas de caza, quiso presenciar lo delicado y penoso de su trabajo, por lo que mandó a dos de sus arcabuceros, Salvador Cenarro y Miguel Cegarra, que realizaran en su presencia ,y la de sus hijos, una escopeta de principio a fin. Según iban los arcabuceros perfeccionando su obra los semblantes de la familia Real adquirían una expresión de asombro y, llenos de regocijo, los dos artesanos leían en ellos la admiración que les provocaba la realización de su trabajo.

Goya y los arcabuces
Se puede decir que de tal palo tal astilla, ya que Carlos IV heredó el gusto por la caza de su padre, Carlos III, alcanzando gestas cinegéticas difícilmente igualables como fueron las 7.363 piezas cazadas únicamente durante el año 1805. El primero en entrar a su servicio fue Francisco Antonio García, uniéndose posteriormente Isidro Soler, Francisco Tarragona y Gregorio López, teniendo en común la mayoría de ellos la utilización de las armas de la Villa de Madrid como contramarca, figurando el oso, el madroño o las estrellas en diferentes posiciones o formatos. Durante esos años uno de los artistas que más apreciaron la labor de los arcabuceros madrileños, seguramente por ser también experto cazador, fue Goya. Por ser un buen conocedor de estas armas, fue el único de su época capaz de reflejar con precisión en sus cuadros los detalles de las llaves, de las cajas y de las marcas chapadas en oro de las recámaras. Goya conocía por experiencia propia el alto valor de los arcabuces madrileños. Por un retrato de Fernando VII cobró 2.000 reales de vellón, 2.500 por el cuadro titulado “Perros de traílla” y 4.000 por unos retratos de Carlos IV y María Luisa de Parma, por el contrario si él quería comprarse una escopeta madrileña sencilla tenía que desembolsar 2.500 reales, y si se encaprichaba de un arma de mayor categoría la suma que tenía que pagar oscilaba entre los 5.000 y los 30.000 reales, cifras astronómicas para él y para la época.

El final de una saga
El último arcabucero al servicio del rey fue Francisco López que cubrió su plaza en 1802, unos años antes de la Guerra de la Independencia. Esta guerra fue un desastre para los arcabuceros pues tuvieron que cerrar la mayoría de los talleres, muchos murieron en combate, y alguno de los que sobrevivieron eran tan mayores al finalizar la contienda que ya no continuaron con su labor. Si a esto añadimos que cuando subió al trono Fernando VII entre sus aficiones no se encontraba precisamente la caza, entenderemos que cuando los pocos arcabuceros no reales que sobrevivieron solicitaron al monarca que se cubriera la plaza de arcabucero de número para trabajar en la Armería de la Real Ballestería, tan sólo recibieran la indiferencia por respuesta. Al desaparecer prácticamente la arcabucería madrileña, las necesidades de los aficionados madrileños a la caza tuvieron que ser cubiertas por las armerías vascas que hasta ese momento se habían dedicado a una producción preferentemente militar. El auge vasco hizo decaer la producción local, perviviendo en Madrid modestos talleres que al mando de un maestro y ayudado por un oficial y un par de aprendices se mantenían a duras penas en la fabricación de escopetas, así como de otro tipo de herramientas. Estos artesanos eran conocidos como los “chisperos” por las chispas despedidas de sus fraguas, localizándose estas herrerías en los alrededores de las actuales calles del Barquillo, Bárbara de Braganza y Prim. La saga de arcabuceros madrileños concluyó a finales de mil ochocientos ochenta con la muerte del último maestro armero D. Calixto Piñuelas y el cierre de su taller situado en la calle de los Reyes.

Aullidos en la Provincia de Madrid
Lobos, Cebos y Leyendas
Por Antonio Balduque Álvarez

En la Antigüedad el lobo ha tenido connotaciones tanto positivas como negativas. En ciertas culturas se le consideró como símbolo de la luz y portador de conocimiento por ver mejor en la oscuridad que el hombre, en otras por el contrario, por vivir en cuevas o excavar hoyos para usarlos como guaridas se le representaba como el guardián del infierno, por eso en la mitología griega a Hades, señor del mundo de ultratumba, se le pintaba con una capa de piel de lobo.


Una de las piezas más apetecibles para un lobo es, sin lugar a dudas, el cordero, animal que se asocia a Jesús como buen pastor que soporta sobre sí los pecados de los hombres, por lo que para el cristianismo el lobo no tiene nada positivo, sino perverso y maligno, perviviendo durante siglos la idea de ser un animal demoníaco, peligroso y personificación de pecados capitales como la gula y la ira. Por eso al demonio en ocasiones se le ha representado como un lobo, a las brujas se las imaginaba cabalgando sobre ellos para acudir a sus rituales satánicos, y siempre que en un cuento infantil se quería introducir un personaje malvado o taimado se usaba un lobo, como en los tres cerditos o caperucita roja. Sin embargo para muchos ganaderos que durante siglos habían sufrido sus incursiones nocturnas para degollar ovejas y beber su sangre, los cuentos de lobitos no eran de su agrado, por el contrario, lo que pensaban era que debajo de esa piel se encontraba el mismísimo diablo. Además pocas cosas útiles podía sacar el hombre del lobo pues su carne le repugnaba por ser demasiado coriácea y nauseabunda, y tan sólo utilizaba su piel, los dientes o los pulmones.
Leyendas
Desde la más remota antigüedad el hombre, aunque enemigo del lobo, ha sentido admiración por su osadía, fuerza, poder, voracidad y astucia, por lo que no dudó en usar amuletos fabricados con distintas partes de su cuerpo para que recayeran sobre él todas las virtudes atribuidas al animal. Muchos guerreros acudían al combate vestidos con sus pieles, pues pensaban que aumentaba la fuerza y osadía, por eso uno de los mejores ejércitos del mundo como el romano, obligaba a los portaestandartes de las legiones a entrar en combate vistiendo una piel de lobo rematada con la cabeza del animal por conferirle un aspecto feroz que intranquilizara a sus adversarios. Se llegó incluso a creer que si montaban a caballo usando botas de piel de lobo, la montura también lucharía de una manera más osada y aguerrida. Como esta idea estaba tan extendida, a los niños desde muy pequeños se les colgaba al cuello un diente de lobo para que le ahuyentara los miedos, y para hacerles valientes y fuertes les calzaban igualmente botitas de piel de lobo. Otra extraña costumbre era colocarles entre las ropas trozos de piel de lobo, pues pensaban que así se les preservaba de enfermedades. Si alguien sufría un cólico todo el mundo sabía que el remedio más eficaz para quitar el mal era frotar con insistencia la tripa del enfermo con una de estas pieles, y si el problema era respiratorio no dudaban en beberse un buen tazón de vino en el que se habían disuelto los pulmones molidos de la fiera.
Motivo del antagonismo
La rivalidad entre el hombre y el lobo pudo surgir durante el Neolítico, periodo en el que el hombre dejó de ser un nómada dedicado a la caza y la recolección, para llevar una vida sedentaria centrado en la agricultura y ganadería. Como consecuencia de la roturación de bosques y estepas el lobo tuvo que retirarse a zonas cada vez menos abundantes de caza, por lo que para sobrevivir necesitó centrar su caza en el ganado estabulado por el hombre, presa fácil y abundante. Por su configuración física el lobo no solía atacar a grandes presas por lo que cuando no tenía posibilidades de obtener trofeos fáciles se dedicaba al carroñeo y a las incursiones nocturnas a los basureros rurales, granjas o incluso pueblos. Como el lobo prefiere las piezas poco combativas o las cabezas de ganado mal protegidas por el hombre, desde la antigüedad el enfrentamiento entre ambos ha sido permanente, siendo a partir de la Edad Media cuando se le declaró una guerra a muerte porque los lobos, siempre al acecho, buscaban la más mínima oportunidad para devorar las ovejas, corderos, gallinas o cualquier animal que el hombre tuviera en sus corrales, cuadras o apriscos. Este acecho constante fue lo que permitió que en Roma se asociara al lobo, lupus en latín, con las prostitutas, a las que ellos llamaban lobas, porque esas mujeres estaban también siempre acechando en la noche, tentando al hombre, y de ahí que al lugar donde ejercían su trabajo las “lobas” se le conociera como lupanar. También han llegado hasta nuestros días otras expresiones relacionadas con los ataques de lobos, porque como decimos si los pastores no querían sufrir mermas en sus rebaños tenían que estar constantemente pendientes de sus animales, de ahí que todavía se use la expresión: “reunión de pastores, oveja muerta”.

Todo vale para su exterminio
La única manera que conocía el hombre para frenar el instinto cruel y sanguinario del lobo era exterminándolo, por lo que en Atenas se llegó a pagar el valor de un buey por cada piel de lobo entregada a las autoridades, y en la Inglaterra medieval se autorizó a la población a pagar sus impuestos con pieles de lobos, por lo que lógicamente al llegar el siglo XV este animal casi había desapareció de las frías tierras británicas. En España la guerra contra el lobo tampoco se dejó en el olvido, obligándose en el siglo XIV a que los párrocos junto con sus feligreses efectuaran batidas semanales para capturar el mayor número de alimañas. Como los lobos iban en aumento y los asaltos al ganado se multiplicaban según pasaban los años, en 1538 las Cortes de Toledo no dudaron en insistir al Emperador Carlos V para que aumentara los “premios que se dan a los que mataren lobos”, obligándose también durante los siglos XVI, XVII y XVIII a que en las zonas pobladas por lobos los Ayuntamientos organizasen dos batidas al año para exterminar a todos los lobos que pudieran existir en la comarca. Estas batidas populares casi nunca obtuvieron unos buenos resultados en comparación con los gastos que ocasionaban porque para el número de aldeanos que participaban se cazaban pocos lobos y el Ayuntamiento estaba obligado a ofrecer “un refresco de pan, queso y vino”.

Los mejores cazadores, los reyes
Cuando no había guerras, los nobles se mantenían físicamente activos mediante la caza, siendo del agrado de los reyes el organizar grandes cacerías para su disfrute personal y el su corte. Para evitar que los lobos mermaran las piezas que luego iban a cazar, los reyes españoles tenían a su servicio expertos cazadores de lobos que recorrían los Reales Sitios en busca de estas alimañas. Hay documentos que demuestran que monarcas como Felipe III, Felipe IV, Carlos II o Felipe V, utilizaron a estos expertos alimañeros en la Sierra del Guadarrama y de Somosierra para evitar que los lobos se acercaran a las zonas acotadas próximas al palacio de la Granja. Por el contrario Carlos III no necesitaba ningún lobero experimentado porque no había en España cazador que abatiera más piezas que él. Según menciona el viajero Townshend en un libro sobre sus recorridos por España, cuando conoció a Carlos III éste llevaba cazados y apuntados en una libreta la friolera de 1.118 lobos. Para tener una idea del número tan elevado que suponen estas muertes, basta decir que en la actualidad en toda España, y en todo un año, tan sólo se cazan quinientos ejemplares. En cuanto a los miembros de la Real Ballestería del rey cuando les llegaban noticias de la existencia de algún lobo en los alrededores de Madrid, disponían todo lo necesario para hacer una batida que acabara con la vida de la alimaña. El rey, con parte de la Corte, se trasladaba hasta un paraje elevado, mientras que una multitud de lugareños, en ocasiones hasta dos mil, iban batiendo el monte hasta llevar al animal a las proximidades del puesto donde esperaba Carlos III que sólo tenía que respirar hondo y disparar.
Cebos

Su hijo, Carlos IV, también heredó la afición cinegética y la pasión por la caza de lobos, por lo que tenía una cuadrilla permanente de monteros cebadores a cargo de Felipe Guadalix que recorrían los montes madrileños a la caza de estos animales. Para atraer de una manera irresistible a estas alimañas hasta las trampas que colocaban, usaban unos novedosos cebos que tenían como sustancias principales la manteca de cerdo, la cebolla, el alcanfor, los polvos de lirio de Florencia, la miel y el pan. La manteca de cerdo servía para ligar todos los ingredientes, la miel aportaba el dulzor, los toques aromáticos la cebolla, el picante el alcanfor y el lirio de Florencia, gracias a un aceite esencial que contiene, daba un toque exótico a violetas. Para fabricarlo se ponían en una sartén un trozo de manteca fresca sin sal. Lentamente se derretía y se añadían tres trozos de cebolla. Cuando empezaba a hervir se completaba con el lirio de Florencia y el alcanfor, introduciendo luego abundantes trozos de pan en forma de cuadraditos y media taza de miel, moviéndolo todo hasta que estuviera el pan bien tostado.
Que te den morcilla
Con sustancias como la descrita los loberos conseguían atraer hasta las trampas y cepos a los animales dañinos, que una vez muertos eran llevaban a las Justicias de los pueblos. En virtud de una Real Orden de 1788 por cada lobo presentado se le pagaba cuatro ducados, ocho por loba y doce si se capturaba con la camada, pagando además dos ducados por cada lobezno, por lo que al ser más rentable desarrollaron un especial instinto para descubrir las zonas donde se escondían las camadas. En la provincia de Madrid a principios del siglo XIX los loberos solían colocar suspendidos de los árboles fuertes anzuelos recubiertos de apetitosos cebos para que los lobos quedaran clavados por la boca si acudían al irresistible olor. Las trampas y los anzuelos eran usados comúnmente por los loberos porque necesitaban el cuerpo del lobo para cobrar la recompensa, por el contrario, los dueños de las fincas preferían usar para el exterminio la nuez vómica porque al no querer la recompensa les daba igual donde muriera el animal. Este activo veneno era conocido en los pueblos madrileños con el nombre de “Almendilla” y se vendía en todas las droguerías de la capital. Con una lima el cazador de lobos reducía a polvo la nuez vómica, lo mezclaba con carne picada y hacía una masa con la que se rellenaban morcillas o chorizos. Estas morcillas se dejaban en las zonas donde se creía que abundaban los lobos, muriendo a las pocas horas cualquier animal que las comiera, por eso cuando queremos despedir a alguien molesto utilizamos la expresión “¡Anda y que te den morcilla!” sin saber que en verdad le estamos deseando su muerte.
El siglo de los lobos
Con motivo de la Guerra de la Independencia los loberos tuvieron que centrarse más en su supervivencia que en la de los lobos y como consecuencia de los combates, muchos campesinos tuvieron que dejar también de roturar sus tierras, sufriendo el campo español entre los años 1808 y 1814 un triste abandono, motivo por el cual aumentaron considerablemente los lobos en toda la geografía española, incluida la sierra madrileña-segoviana. Una vez finalizada la Guerra la situación era tan complicada que para fomentar el exterminio de estos animales en 1834 se publicó una ley aumentando el premio que se pagaba por cada animal muerto: 80 reales por las lobas preñadas, 60 por loba, 40 por lobo y 20 reales por cada lobezno, debiendo el lobero entregar el cuerpo entero, porque las justicias de los pueblos para justificar el pago tenían que entregar en Madrid el rabo y las orejas. Pasaban los años y en lugar de disminuir su número cada vez aumentaba más, siendo habitual verlos merodeando hasta por las calles de los pueblos, y así lo atestigua la Gaceta de Madrid que en 1847 afirmaba que Galicia se encontraba aterrorizaba porque manadas de lobos habían entrado en algunos pueblos matando a las personas que encontraban. En Solveira unos lobos se comieron a un joven de diez años, en Chaguazoso de un chavalín de siete años tan sólo quedó tras el ataque un jirón de ropa y trozo de cráneo, en Tuge fue devorado un crío de muy corta edad y algunos pastores habían empezado a encontrarse por el monte restos humanos. En la Sierra del Guadarrama y de Somosierra eran tan abundantes que bajaban en oleadas hacia los pueblos segovianos, según lo afirma la Gaceta de Madrid de 1848 que en un artículo titulado “Invasión de lobos en Segovia” decía: “Una horrorosa invasión de lobos tiene aterrorizados a los habitantes de todos los pueblos de estos contornos. Se ven bandadas de seis y de ocho a cualquier hora del día, habiéndose ya verificado multitud de desgracias en los ganados. Cuéntase por muy seguro que algunas personas han sido víctimas de la ferocidad de los lobos”.
Madrid invadida
No sólo la población tenía pánico a salir de sus casas, los ganaderos veían día a día cómo sus rebaños mermaban por los ataques de estas fieras. En vista de tan grave situación en 1859 la Asociación General de Ganaderos eleva al Ministro de Agricultura una petición para que en los presupuestos generales del Estado se incluyera una partida para destruir estos animales malignos. El Ministerio para aceptar la propuesta hace un estudio de los lobos capturados entre 1855 y 1859, y es gracias a este trabajo, que se conserva en su archivo, por lo que conocemos los datos relativos a los lobos existentes en la provincia de Madrid a mediados del siglo XIX, pudiendo afirmar que Madrid fue la provincia española en la que se mataron más animales dañinos durante esos cinco años. En el informe también se menciona que los lobos no sólo causaban daños a la cabaña lanar, sino que al menor descuido de los pastores tanto vacas como caballos o yeguas recibían en su yugular el afilado contacto de unos dientes, teniendo que usar por la noche un farol con cuatro vidrios de distintos colores, porque estas luces eran a lo único que tenían pavor las alimañas. Si esto era así en la vertiente madrileña de la Sierra, en la segoviana los ataques se hacían cada vez más frecuentes porque la “extensión y espesura de los montes” impedía su persecución. Los guardas decían que en el invierno de 1859 era muy frecuente ver manadas de cinco, seis o siete miembros, teniendo localizada una manada de doce lobos que en uno de sus ataques a San Martín de Valdeiglesias mataron 37 cabezas en una sola noche. Otras incursiones análogas a la anterior, aunque con menos muertes, sufrieron los pueblos de Cadalso, Las Rozas, Villa del Prado o Cenicientos. En el mismo invierno los guardas también confirman que la Sierra de Guadarrama está infectada de lobos, siendo común verlos en grupos de seis atacando en los pueblos de la sierra al ganado lanar. Pero la zona donde la invasión tuvo un carácter más terrorífico fue en el partido de Torrelaguna. En todos lo pueblos de la falda y Sierra de Somosierra el más mínimo error del pastor equivalía a la muerte segura de un cordero o de una oveja, y si por descuido por la noche no recogía a las vacas o caballerías en sus corrales, a la mañana siguiente aparecían todas devoradas.

Ataque a la diligencia
Durante el resto del siglo XIX los lobos continuaron siendo un peligro para los pueblos madrileños y su número no disminuía porque las recompensas que daba el Estado a los loberos por cazar estos animales se habían quedado irrisorias, por lo que si se mataba alguno era porque pasaba por delante de la escopeta de algún cazador, no porque hubiera gente especializada en su captura, ya que aquellos se fueron extinguiendo poco a poco, aunque en ocasiones todavía se podía ver en algún pueblo ciertos personajes que llevaban en cajones alguna camada de lobos para que los campesinos y ganaderos le dieran algunas monedas. Todavía a finales del siglo XIX osaba a atacar al hombre en las cercanías de Madrid, constando en documentos de la época que en 1895 la diligencia que hacía el servicio entre El Molar, Riaza y Segovia fue asaltada por una manada de lobos, que llegaron hasta a ocasionar el vuelco del carruaje, resultando heridos dos viajeros y con graves mordeduras las caballerías. Con la llegada del siglo XX el lobo empieza a tener sus días contados. La ley de caza de 1902 y su Reglamento de 1903 estimulaba a los Alcaldes para que persiguieran los lobos localizados en sus términos, aumentaban las recompensas a los que acreditasen haber matado alguno (20 pts por loba, 15 pts por lobo y 7,5 pts por lobezno) y autorizaba a organizar batidas generales para la destrucción de animales dañinos y el envenenamiento de éstos. La puntilla final la recibieron en los años cuarenta cuando se crearon las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos, que con fondos cedidos por derrama entre ganaderos, Ayuntamientos y Organismos provinciales, pudieron dedicarse en conciencia al exterminio sistemático del lobo.
Consideraciones finales
Para entender mejor este artículo no podemos finalizarlo sin hacer una serie de aclaraciones. Hemos comentado que la mayoría de los ataques se producían en invierno y por manadas, pocas veces por lobos solitarios. Para saber el motivo hay que tener en cuenta que los lobos suelen congregarse en verano o principio de otoño en torno a sus cachorros, por lo que fuera de los esos lugares de reunión es muy raro verlo en grupos. Por el contrario la máxima cohesión entre los miembros de una manada se produce en invierno cuando la nieve persiste durante varios meses al año. Durante esta época la nieve dificulta la movilidad de los ungulados (se denominan así a los mamíferos que se apoyan y caminan con el extremo de los dedos que están revestidos de una pezuña, como por ejemplo el caballo o la oveja) por lo que los lobos aprovechan para cazar en manada, obteniendo así mayores y mejores presas. De la lectura de este artículo también podríamos llevarnos la errónea conclusión de que el lobo se alimenta exclusivamente de ungulados vivos, pero no es así. Aunque este animal se acerca a los lugares habitados para esquilmar los rebaños, tan sólo se come al año una media de tres cabezas de ganado, lo que corresponde nada más a un 30% de su alimentación, procediendo la mayor parte del alimento que come del ganado muerto que se encuentra en el campo en forma de carroña. Se calcula que por cada lobo y año hay en la actualidad 7.000 kilos de carroña de ovino procedente de las ovejas que mueren por causas naturales y que son abandonadas en el campo. Cuando no se hace una campaña de persecución sistemática del lobo, esta ingente cantidad de alimento nos permite comprender por qué ha sobrevivido en países densamente poblados como España sin entrar en conflicto con el hombre.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Los polvos de la condesa. Historia del Paludismo en Madrid




LOS POLVOS DE LA CONDESA
Historia del Paludismo en Madrid



El paludismo ha sido una de las enfermedades infecciosas más letales de la Humanidad, habiéndose cobrado, a lo largo de los siglos, más víctimas que todas las grandes epidemias de peste, cólera y viruela juntas. En España, sólo en el año de 1786, provocó casi un millón de enfermos y más de setenta y seis mil muertos y a principios del siglo XX todavía producía doscientos cincuenta mil casos al año, siendo la responsable de 2.000 víctimas mortales además de la pérdida de más de cinco millones de jornadas de trabajo.

El causante
El paludismo es una enfermedad parasitaria que se transmite por la picadura de la hembra del mosquito anofeles. Hay mucha gente que piensa que el mosquito es el causante de la enfermedad, grave error, porque los verdaderos responsables son unos microorganismos unicelulares que se conocen con el nombre de Plasmodium y que son transmitidos por su picadura. Cuando la hembra del mosquito pica a una persona infectada, chupa el parásito de la malaria que se encuentra en la sangre humana y pasa al tracto digestivo del animal. Cuando la hembra vuelve a picar a otro humano inyecta su saliva para evitar que la sangre se coagule, momento en el que inocula en la sangre humana unos cuantos parásitos minúsculos; los plasmodios, bastante más pequeños que la mayoría de las bacterias. Al cabo de una hora, estos parásitos abandonan rápidamente la sangre y se alojan en el hígado. Aproximadamente doce días después de la picadura del mosquito, los parásitos pasan de las células rotas del hígado a la sangre iniciándose el ciclo sanguíneo que da lugar a los síntomas de la enfermedad: fiebre, escalofríos, sudores, tos, diarreas, dificultad respiratoria y dolores de cabeza. Algunos autores admiten tres parásitos: el plasmodium vivax, que ocasiona las fiebres conocidas como “tercianas benignas”, el plasmodium falciparum, que ocasiona las fiebres “tercianas malignas” y el plasmodium malariae, causante de las denominadas “fiebres cuartanas”.

Los distintos nombres
La palabra paludismo deriva del latín palus, paludis, que en castellano significa pantano, por ser en estas zonas donde el parásito y el mosquito encontraban una temperatura (no inferior a 15º centígrados) y un hábitat ideal para reproducirse. Cuando llegaba el verano, los mosquitos se multiplicaban y fomentaban la dispersión de la enfermedad. También era corriente, sobre todo en España, designar a la enfermedad con las palabras “tercianas”, “cuartanas” o “fiebres intermitentes”, porque empezaba con un malestar indefinido y fiebre, que aumentaba poco a poco en un periodo de varios días, seguida por escalofríos fuertes y copiosos sudores. Después de un lapso de tiempo sin fiebre, el ciclo de escalofríos, fiebre y sudores podía repetirse cada tres o cuatro días, de ahí el nombre de tercianas o cuartanas. Según los historiadores, la península itálica estuvo libre de paludismo hasta el siglo II a.C., en que las tropas de Aníbal llevaron allí la enfermedad, cobrando desde ese momento gran difusión. Ese país, y sus islas, han sido históricamente zonas muy castigadas, tanto fue así que, para los demás países, el paludismo pasó a denominarse “la enfermedad italiana” o simplemente “malaria” que quería decir en italiano “mal de aire”.

Las miasmas
Hasta 1897 no se demostró que la picadura del mosquito anofeles era la que transmitía el parásito del paludismo o malaria, teniéndose que esperar hasta 1960 para que en España se considerara totalmente erradicada la enfermedad. Hasta finales del siglo XIX se pensaba que las miasmas, “sustancias imperceptibles” que emanaban de las aguas pantanosas, eran las causantes de las fiebres, usándose múltiples y disparatados remedios para intentar combatir la enfermedad. Entre los sefardíes existía la creencia de que las cuartanas se curaban tomando siete espinas de siete palmeras o siete granos de ceniza de siete hornos. Plinio, en su “Historia Natural”, era de la opinión de que el hierro usado para matar a un ser humano era un gran antídoto contra cualquier veneno, por lo que aconsejaba usar, humedecida en vino, la cuchilla con la que había sido degollado un hombre. Para el citado autor la sangre tenía enormes poderes y si esta sangre procedía de la menstruación era como la panacea universal, por lo que él no dudaba en usar el flujo femenino para curar las fiebres tercianas y cuartanas. Otro método considerado muy eficaz contra las fiebres era pronunciar un determinado número de veces la palabra cabalística “Abracadabra”. Esta palabra, empleada como talismán durante la Edad Media, se suponía que tenían tales poderes que podía evitaba males o colocaba a la persona enferma bajo la protección de fuerzas superiores. Para que esta fórmula tuviera el efecto deseado se escribía varias veces la citada palabra eliminándole cada vez una letra de manera que al final quedara un triángulo invertido, símbolo de las influencias de lo celeste sobre lo terrestre.
Remedios “típical hispanis”
Aunque, como hemos visto, hasta 1897 no se tuvo conocimiento científico de que lo que transmitía el parásito era la hembra del mosquito anofeles, en época musulmana ya hubo autores de prestigio, como Avicena o Avenzoar, que advertían que las calenturas epidémicas podían estar originadas por el agua estancada y corrompida. Averroes introdujo las sangrías como medio para curarlas y, Josepho Ben Mohamed Althamigi, en su “Tratado sobre las fiebres” fue el que empezó a recomendar el agua fría y el agua de nieve, aunque otros médicos musulmanes preferían usar el zumo de limones o naranjas. En el siglo XIII un anónimo médico judío toledano que asistió al rey Fernando IV “El Emplazado” en un sospechoso acceso de paludismo, ideó un nuevo tratamiento consistente en sangrías, agua de nieve y una dieta a base de lentejas con pollo, ternera y perdiz. En otras ocasiones la curación se pensaba que llegaría con un simple cambio de aires. Cuando Fernando González de Córdoba, “El Gran Capitán”, enfermó de cuartanas, su médico le prescribió dejar Loja, donde residía y fue trasladado en andas por los contornos de Granada con el ánimo de que un cambio de aires hiciera el milagro de curar la dolencia. Lógicamente murió ¡aunque muy aireado!. La población se veía diezmada sin saber el motivo de sus males, haciendo incluso responsable del paludismo endémico a las higueras, siendo común oír entre el pueblo la expresión “no sé que tienen los higos, que dan fiebre”. Lo que no sabían era que a la sombra y en el frescor de la higuera el temible mosquito que transmitía la enfermedad buscaba cobijo durante el día. Mientras que la higuera tenía pésima fama, existía otro árbol con muy buena prensa: el eucalipto. Tan buena consideración tenía que se pensaba que esta planta podía extinguir por sí sola el paludismo, por lo que en las cercanías de todos los ríos de la provincia de Madrid, se plantaron durante muchos años centenares de ellos, aunque lo más sabio, viendo los nulos resultados de se obtenían con tan peregrinos remedios, era la medida que proponía a finales del siglo XVII el médico don Alonso de Burgos: “Huir pronto, lejos y volver tarde”.
Los polvos de la Condesa
Habrá que esperar hasta el siglo XVII para poder encontrar un remedio eficaz contra el paludismo: la quinina; corteza del árbol de la quina que posee un alcaloide con propiedades antipiréticas y antipalúdicas. Perú era uno de los lugares donde la quina era más común, empleando los indios, desde época inmemorial, los polvos de corteza para combatir los temblores musculares producidos por el frío. Los españoles, basándose en un razonamiento análogo, empezaron a usarlos para tratar los escalofríos de las fiebres intermitentes conocidas como cuartanas y tercianas. Existen diversas versiones, más o menos imaginativas, sobre el modo en que la medicina llegó a manos españolas, pero lo que sí tiene credibilidad histórica es que en esos años la falta de médicos y de medicinas obligó a los misioneros españoles de la Compañía de Jesús a dedicarse con afán al estudio de aquellas plantas y cortezas a las que los indígenas atribuían virtudes curativas, creyéndose que entre 1620 y 1630 los jesuitas ya conocían esta planta y sus poderes. Será en estos momentos cuando la provincia de Madrid entre en la historia, pues Felipe IV nombra al conde de Chinchón, Don Luís Jerónimo Fernández de Bobadilla y Mendoza, virrey del Perú. El virrey llegó a Lima en enero de 1639, y dos meses después llegó su joven y bella esposa, doña Francisca Enríquez de Rivera. La condesa se sintió débil y fatigada, malestares que los galenos atribuyeron al agotador viaje, pero al cabo de unos días las altas fiebres disiparon todas las dudas: la condesa tenía fiebres tercianas. Diego Torres de Vázquez, jesuita y confesor del virrey, comunicó al virrey la existencia de una sustancia que empleaban los nativos para curar la enfermedad, pero el médico de los condes no se atrevió a usar en tal alta dama un tratamiento desconocido para la ciencia de la época. Primero se decidió a probarlo entre los enfermos del hospital de Lima, pero al ver que la muerte rondaba la cama de la condesa y que los enfermos mejoraban de forma espectacular, no dudaron en administrárselo a la virreina, la cual, tras unas pocas dosis de corteza de quina se restableció completamente. La virreina, en vista de su rápida curación, no dudó en proporcionar el tratamiento a todos los enfermos de Lima, que en agradecimiento denominaron al medicamento “los polvos de la condesa”.
Recelos a la quina
La quina se convirtió en el mejor tratamiento contra el paludismo, siendo la mayor aportación del continente americano a la farmacopea mundial, llegando incluso el botánico Linneo a poner el nombre de Chinchona al género del árbol de la quina, no existiendo en la actualidad tratado que no reconozca a la condesa como la persona que favoreció la difusión del fármaco. Aunque esta historia parece que está adornada por la fábula, los jesuitas, hombres prácticos, no dejaron pasar la oportunidad real de mandar pequeñas partidas de quina a Europa. Se sabe que en 1643 la farmacia de los jesuitas en Roma estaba bien abastecida de quina y que el P. Juan de Lugo, Cardenal y Procurador General de la Compañía en Roma, llevó en 1650 la quina a Francia, recomendándola a Mazarino para la curación de Luís XIV. Las constantes remesas de quina que hicieron los jesuitas desde América y las recomendaciones para su uso, hicieron que en Europa se la empezara a conocer por otro nombre: “El polvo de los jesuitas”. Pese a su asombrosa eficacia, o quizás por ello, la quina provocó rechazo en la población, llegándose a decir, incluso desde la Universidad de Salamanca, que caía en pecado mortal el médico que la recetase, pues sus virtudes eran debidas a un pacto de los peruanos con el diablo. En unos siglos en los que las fiebres de distintas causas asolaban todo el mundo, España, que poseía los territorios en donde crecían los árboles de los que se extraían los polvos, no fue capaz de ver ni organizar un monopolio que hubiera llenado las maltrechas arcas del Estado, llegándose todavía a insistir, como el médico Luís Enríquez en su “Tratado de las intermitentes” que con un régimen basado en el gazpacho, las bebidas heladas y los zumos de naranjas y limones, no se precisaba recurrir a la quina ¡Toma ya!.
Dorar la píldora
En las redes del paludismo han caído tanto los reyes, los grandes de España o los nobles como los pobres, los artesanos o los labradores. El parásito no hacía distinciones y lo mismo sufría fiebres, escalofríos y sudores el Emperador Carlos V como su hijo Felipe II, el duque de Alba, Santa Teresa de Jesús, el Cardenal Infante don Fernando de Austria o el pintor Diego Velázquez, el cual falleció en Madrid el 6 de agosto de 1660 a consecuencia de unas tercianas que no fueron tratadas con el “polvo de los jesuitas”. La prevención a usar un tratamiento a base de la corteza de quina llegó hasta Carlos II, siendo éste el primer rey español en usarla en 1697. Lentamente se fue extendiendo su consumo, aunque su sabor tan amargo no hacía fácil su administración. Tomar un poco de quina era casi un suplicio, por lo que el pueblo no dudó en acuñar la expresión “tragar quina” para hacer ver que alguien soportaba o sobrellevaba algo a disgusto sin manifestarlo externamente. El amargor se intentaba engañar mediante cualquier medio, siendo común que los boticarios, para hacer más agradable el consumo, dieran un baño a las medicinas que se tomaban vía oral, utilizándose todavía la expresión “dorar la píldora” para encubrir con apariencia agradable las acciones poco deseables.

El paludismo en Madrid y El Escorial
Las fiebres palúdicas fueron comunes en la provincia de Madrid desde tiempo inmemorial, por lo que en los tratados antiguos era común leer que las tercianas era un mal endémico en Castilla desde hacía siglos, llegándose a mencionar en los tratados que “los pueblos carpertanos (pueblo prerromano que ocupaba la actual provincia de Madrid) padecían mucho de calenturas intermitentes, tercianas y cuartanas peligrosas”. Antes de fijarse la capital de España en Madrid en 1561, los reyes, que permanecían algunas temporadas en esta zona cercana al río Manzanares, solían caer enfermos de fiebres, pero cuando pasó la corte a estar de manera estable en Madrid, monarcas como Felipe II, Felipe III o Felipe IV cayeron de manera inexorable en las redes de la enfermedad, según los médicos por “las continuas humedades y emanaciones de las aguas de los arroyos de los Caños del Peral, Leganitos y del río Manzanares”. Otro monarca, como Felipe V, prefería pasar largar temporadas en El Escorial pensando que era más saludable que la capital, pero esta medida tampoco le salvó de sufrir las fiebres. Se sabe que, aquejado de tercianas, abandonó el Real Sitio de El Escorial y recorrió varios puntos de la provincia para recobrar la salud, estableciéndose finalmente en el convento de Santa María de Parral donde se curó de las fiebres, tomando tanto cariño al lugar que desde entonces este sitio, conocido ahora como La Granja de San Ildefonso, fue su lugar de descanso preferido, quedando postergado completamente El Escorial.

Mosquitos en Aranjuez
El siguiente monarca, Fernando VI, descartando Madrid y El Escorial para pasar largas temporadas, eligió Aranjuez. Terrible error, pues no sólo cayó él enfermo sino también la reina, Bárbara de Braganza y el resto de las personas de palacio. El problema que tenía Aranjuez con el paludismo provenía de la lentitud de la corriente de las aguas del Tajo y de las múltiples cañerías subterráneas que abastecían las fuentes de los jardines, focos donde se reproducían a miles las larvas del mosquito anofeles. La multitud de casos que ocurrían en Aranjuez, hacía que su población fuera reconocida por su color cetrino, siendo común en esa época usar la expresión “éste tiene cara de Aranjuez” para designar a los que tenían mala cara. Si queremos hacernos una idea del aspecto que presentaba un palúdico crónico, nada tan elocuente como leer la descripción realizada por el embajador del Rey de Francia del Emperador Carlos V cuando padeció esta enfermedad: “la vista cansada, boca pálida, rostro más muerto que vivo, cuello extenuado, palabra débil, aliento corto y espalda encorvada. Su debilidad es tal que no puede abrir las cartas a él dirigidas, ni firmar las que quiere mandar”.

El resto de la provincia
Durante el reinado de Carlos III una epidemia de tercianas asoló la provincia madrileña, por lo que para disminuir en lo posible el azote del paludismo el monarca decidió sacar de los almacenes de la Real Botica sus provisiones de quina para ser distribuidos entre la población. De igual modo actuó el cardenal Lorenzana, repartiendo entre los pueblos de su archidiócesis dos libras de quina y 200 reales. Como no había quina para todos, cada pueblo utilizó los remedios que creyeron más eficaces. En Manzanares el Real tomaban un remedio, para ellos infalible, consistente en “zumo de limón, clara de huevo bien batida y azúcar”. Efectivo no sé si sería, pero refrescante lo era mucho. En Becerril se resistían a tomar la quina y combatían el paludismo con cocimientos de plantas como la centaura, siendo peor el remedio que la enfermedad, pues esta planta es tan amarga o más que la quina. En otras zonas como Talamanca, que era conocida como “la enferma del reino” porque prácticamente toda su población estaba enferma, se prefería plantar eucaliptos, pues se consideraba que este árbol, con sus hojas olorosas, era infalible para extinguir la enfermedad. El paso de los años no hacía disminuir la enfermedad, llegando en ocasiones a afectar a poblaciones enteras, como ocurrió en 1830 con Polvoranca, un pueblo localizado a unos dos kilómetros de la actual ciudad de Leganes. Por encontrarse ubicado en las inmediaciones de una frondosa alameda y vecina a una gran extensión de terreno encharcado, las fiebres palúdicas eran tan abundantes y de tal intensidad que hacían imposible la vida de los moradores del poblado, teniendo que emigrar la totalidad del pueblo y desapareciendo el lugar como tal ayuntamiento. Un siglo después, en 1925, del poblado de Polvoranca sólo quedaba como recuerdo los restos de su iglesia.

El paludismo en la capital
El paludismo se solía desarrollar en llanuras bajas y cenagosas, en las inmediaciones de las lagunas, en comarcas bañadas por ríos cuyas aguas no estaban canalizadas, en lugares destinados a cultivos que exigían mucho riego o en zonas donde la ganadería exige enormes praderas en las que el agua encharca a su antojo grandes superficies que constituyen magníficos criaderos de anofeles. Pero ¿cómo era posible que en una ciudad como Madrid a principios del siglo XX todavía existieran enfermos afectados por la picadura del malvado mosquito? Primeramente porque el término municipal de Madrid estaba rodeado de zonas palúdicas como la Vega de Aranjuez y los campos regados por el Tajuña y el Henares, siendo común la afluencia de palúdicos que desde los campos iban a la ciudad buscando los cuidados asistenciales. De ahí que siendo el paludismo más frecuente en la población rural que en la urbana, la cifra de mortalidad era más alta para Madrid que para los pueblos de su provincia. Pero ¿quiénes eran entonces los que contraían la enfermedad dentro de la ciudad? Un gran grupo correspondía a mujeres que tenían que acudir a lavar la ropa a las orillas del río Manzanares, foco palúdico por excelencia ya que sus aguas no se canalizaron hasta 1926, por lo que en verano y otoño la disminución del caudal dejaba en las márgenes charcas aisladas donde se desarrollaba fácilmente el mosquito transmisor. Otro grupo eran los obreros que trabajaban en el ensanche de la capital, en la construcción de carreteras y vías férreas o en la terminación de la red de alcantarillado colocando tuberías con destino a los servicios municipales. El remover grandes cantidades de tierra ocasionaba nuevas epidemias palúdicas que afectaba principalmente a los obreros que efectuaban los trabajos. A estos enfermos se les decía que sufrían las “fiebres obreras”. Pero no sólo los hombres y mujeres trabajadores corrían peligro; los niños, si eran de condición humilde, adquirían la enfermedad cuando jugaban en las huertas de las cercanías del Manzanares, mientras que la mayoría de los niños de las clases acomodadas la contraían durante sus juegos por las inmediaciones de aquellos sitios de recreo donde el anofeles se podía reproducir, como era el estanque del Parque del Retiro o los jardines del Paseo de Recoletos.
Para saber más
- Aportación española a la historia del paludismo. C. Rico-Avelló y Rico. 1947.

- Las enfermedades infecciosas en Madrid. José Monmeneu. Madrid. 1894.

- El Paludismo en la provincia de Madrid. Dr. Palanca. Madrid. 1925.

- Descripciones del Cardenal Lorenzana. 1782.
- La provincia de Madrid y sus pueblos actuales en tiempos de Carlos III.

- Fernando Jiménez de Gregorio.

- Madrid: Atlas Histórico de la Ciudad. 1850-1939.

lunes, 30 de marzo de 2009


EL EJÉRCITO Y LA MILICIA COMO FUENTE DE LOS APELLIDOS






Todos los apellidos en español significan algo, no son meros sonidos, pero por desgracia muchos son ahora incomprensibles al haberse perdido su significado a través de los siglos. Este artículo pretende rescatar del olvido algunos apellidos que han tenido su origen en actividades tan comunes como la guerra o la milicia.

Evolución histórica del apellido




El diccionario de la Real Academia define el término “apellido” como el nombre de familia con que se distinguen las personas, procedente del latín appellare que significaba llamar, nombrar o designar. Desde la más remota antigüedad el hombre ha sentido la necesidad de diferenciarse del resto de los de su especie, por lo que utilizaban nombres que representasen alguna idea que se asociara a la persona, como valentía, fortaleza o sabiduría, teniendo todo nombre a lo largo de su historia dos componentes: el fonético (sonido) y el lógico (la idea).
Los griegos utilizaban para designar a las personas nombres que se distinguían por su sencillez y armonía. En Roma se dio prioridad a la memoria de sus antepasados, siendo el nombre austero y reflejo de las virtudes cívicas. Con la llegada de las invasiones bárbaras, se impone el nombre germánico nacido de ideas de audacia y de fuerza física. Son nombres que hablan de guerra, de combate, de victoria: Hardmann (hombre duro), Gisbert (flecha ilustre), etc. La España romana, al igual que las demás provincias del imperio, aceptó los nombres bárbaros, e incluso durante el dominio musulmán en la península ibérica se continuaron utilizando nombres típicamente germánicos como Rodrigo o Hermesenda, junto con los latinos como Mario o Juliano, y lógicamente los de procedencia árabe como Zalama, Muza o Ismael.
Los apellidos, tal y como los conocemos actualmente, no existían, siendo identificadas las personas únicamente por su nombre de pila, pero con el correr de los años éstos nombres griegos, germánicos, latinos o árabes, no serán suficientes para designar a la población, llegando a producirse gran confusión al tener varias personas nombres idénticos. La repetición de nombres en una misma localidad motivó, sin duda, la creación de nuevas denominaciones que evitaran confusiones, por lo que durante el S. IX se empieza a utilizar el “apellido”, elemento que se añadía al nombre para caracterizar a las personas y diferenciarlas de las demás, método difundido con el uso de la documentación legal y notarial durante la Edad Media, al acostumbrarse los escribanos medievales a hacer constar junto al nombre de pila de los interesados, el nombre del padre en forma genitiva y precedido del vocablo filius (hijo), como Flavius filius Petri (Flavio hijo de Pedro). Esta forma de apellido se conoce como patronímica, por derivar del nombre del padre, y cada nación creó su partícula patronímica de un modo característico. Las de origen teutón añadían al nombre del padre la palabra equivalente a hijo: Petersohn en alemán, Peterson en inglés y Petersen en danés. Los normandos llevaron a Inglaterra el fitz (filius) (Fitzpatrick) que en Escocia se transformó por Mac- como por ejemplo Mac-Chrohon (hijo de Chrohon), o por O`- en Irlanda donde se apellidaban O´Donnell (hijo de Donnell). En las lenguas eslavas se añadieron partículas finales con igual significado de “hijo de”: ov en Rusia como Mijailov, -sky en Polonia como Kandisky y –vich en Yugoslavia como Petrovich.
En España para formar el segundo nombre del hijo se utilizó la terminación –ez, - z o –iz que se añadía al nombre del padre, así, si una persona se llamaba Juan y su padre Fernando, se le conocería como Juan Fernández (Juan hijo de Fernando). Como ya hemos visto el uso del patronímico ya estaba extendido durante el S.IX, cayendo en desuso a partir del S. XIII. y transmitiéndose desde ese momento como apellido hereditario.
Nuevamente volvió a ocurrir que ciertos nombres y patronímicos se hacían tan comunes que no servían como distintivo individual, existiendo la costumbre entre muchas familias de repetir entre sus miembros dos nombres propios, así el abuelo se llamaba Froila, el padre Ramiro Froilaz y el nieto Froila Ramírez, por lo que durante generaciones no salían de estos dos nombres y era difícil su identificación, llegándose en ocasiones a poner el mismo nombre a dos de sus hijos. Fue este el motivo por el que durante los siglos XII y XIII se recurriese a un mote o apodo que caracterizase a la persona, y que se podía tomar de un defecto físico (Juan el cojo), de una virtud (Adolfo el Santo), del estado (Antonio el casado, Pedro viudo), del cargo (Jesús Alcalde) o del oficio (Marcos el herrero). Si no había señal personal ni circunstancia particular, se acudía al lugar o sitio donde había nacido, criado o crecido: Pedro Madrid, Alfonso Gallego o Domingo Toledo.
Será entre los S. XIII y XIV cuando se hará extensiva la costumbre de hacer hereditario el apellido, sobre todo a los efectos de la documentación notarial para poder, así, transmitir las posesiones de un individuo a sus sucesores. Pero la consolidación de los apellidos hereditarios se producirá, sin ninguna duda, durante el S. XV, al hacerse obligatorio, por orden del Cardenal Cisneros, el reflejar en los libros parroquiales los nacimientos y defunciones. Esto no nos puede hacer pensar que todo el mundo usaba el apellido hereditario, ya que durante ese periodo y hasta el S. XIX existía una libertad completa en la adopción del mismo, por lo que una persona podía registrarse en los libros parroquiales con el apellido que más le gustase. La norma que regulase el uso de los apellidos no tuvo su aparición hasta el año 1.870, fecha en que se creó el Registro Civil, al necesitar el Estado una identificación de los individuos con vistas a la recaudación de impuestos y el alistamiento para el servicio militar, echándose abajo una tradición de libertad individual en la adopción del apellido, obligando a los españoles del momento a tener que optar un apellido que sería desde ese momento y para siempre el de sus descendientes.



Soldados y guerreros




Durante siglos la profesión u oficio que desempeñaba un individuo ahorraba frecuentemente el uso de un apellido, tal es el caso de los sustantivos soldado y guerrero. Estos dos apellidos son poco frecuentes en España, en el caso de Soldado se localiza preferentemente en Andalucía, Madrid, Barcelona y Valencia, siendo manifiesta la relación etimológica entre soldado y sueldo, por lo que hasta el S.XVI tuvo el sentido de “mercenario, el que combate por una soldada”. Durante la Edad Media en Cataluña también se usó la voz “servent” con el significado de “soldado de a pie”, que derivó en el apellido Sirvent, muy extendido en la actualidad por Alicante, que, según parece, pudiera haberse utilizado para designar a los peones que participaron en la reconquista y repoblación de las tierras alicantinas durante el S. XIII. Otro bastante frecuente es Ruano, que procede de rúa “calle” de donde derivó ruano “relativo a la calle”, y se utilizaba para designar a los hombres de guerra que eran reclutados por las calles, por lo que no eran ni caballeros ni nobles. Curiosas son las denominaciones que se utilizaban durante el S.XVII para referirse a los soldados que desertaban de sus regimientos sin licencia: Tornilleros, Santelmos, o soldados de Clavo, que utilizándose en un principio como mote personal pudieran haber dado origen a estos apellidos.
Guerrero, es apellido más frecuente que soldado y procede de la voz de origen germánico guerra “werr-/ confusión, discordia, contienda”, siendo muy antigua la utilización de esta palabra como apellido, apareciendo ya en 1134 un Fortunio gerra como testigo de una donación de Ramiro II de Aragón a la iglesia de San Vicente de Roda. El sustantivo Batalla procede del latín batualia “lucha individual, pugilato”, y así en sus orígenes batuator designaba más a un gladiador que a un soldado, por lo que el concepto de lucha entre dos ejércitos es más moderno y se utiliza como apellido tanto en Portugal, Batalha; Italia, Battáglia; Francia Bataille como en España Batalla, Bataller o Batallé.



Tropas y gentes de guerra




En la actualidad existen multitud de apellidos que proceden de términos propios de la milicia, como por ejemplo, Guarnido, hoy usual en la provincia de Granada y que procede de un mote usado para designar al hombre pertrechado de armas, armado o guarnecido. Los actuales Cavero o Cabero tienen su origen en individuos que pertenecían a las milicias llamadas “caberías”, cuyo nombre procedía de las rentas que los ricos hombres y caballeros percibían del Rey bajo la obligación de servirle en la guerra con cierto número de “caballos”. Hacia 1276 el término cavero fue quedando en desuso para ser sustituido por el de mesnadero. Otro nombre de milicias que pudo convertirse en apellido fue el de Quiñones, ya que en la provincia de Segovia los caballeros D. Fernán García y D. Día Sanz fundaron los Quiñónez, milicias que se componían de “cien lanzas de a caballo divididas en cuatro escuadras de veinticinco” y su misión consistía en que “todos los días de fiesta cuando la ciudad y pueblos asistían a los sacrificios, corriesen la campaña contra los moros, que emboscados en las tierras, aguardaban aquellas horas para sus acometimientos y robos”. Igualmente existen los Miñones, apellido poco frecuente y registrado mayoritariamente en las provincias de Álava, Burgos y Madrid, que en una de sus acepciones designaba a soldados de tropa ligera pertenecientes a la policía local con misiones de persecución de ladrones y contrabandistas. Más antiguo es el origen de los apellidos Morán, Morant o Moranta que hunden sus raíces en la España árabe de los S. XI y XII, donde los Almorávides dominaban la península y a sus guerreros se les conocía como murabit o su derivado vulgar muraht, de donde proceden los apellidos mencionados, perdurando todavía en la actualidad en zonas con una mayor ascendencia como Valencia o Baleares.



Distintos tipos de soldados




Como hemos visto, durante muchos años lo común ha sido el designar a la persona por el oficio o la misión encomendada, por lo que existen apellidos como Atalaya, que han servido para nombrar a los centinelas diurnos destinados a vigilar desde torres o alturas. El mismo origen de vigía o atalayero tienen los apellidos Guaita, catalán, muy extendido en Valencia, Gaite procedente del francés guette y muy asentado en Palencia y Valladolid, o el no demasiado frecuente Torrero con sus sinónimos Torreiro o Torrer, gallego y catalán respectivamente.
Existían también en la antigüedad soldados a los que se les encomendaban unas misiones específicas, llegando hasta nosotros sus recuerdos gracias a los apellidos, como es caso de Cuadrillero que servía para designar tanto a los individuos de las cuadrillas de la Santa Hermandad, como a los que en las huestes o cabalgadas estaban encargados de repartir el botín, y lo hacía según leyes y reglamentos precisos, deduciendo, por ejemplo, una parte para indemnizar a los soldados que en las cabalgadas resultasen heridos. A otras personas, por utilizar armas arrojadizas para cumplir su misión, se les asoció con el arma empleada, así existe el apellido Ballesta estando muy localizado en las provincias de Murcia y Alicante; en otras ocasiones fue el proyectil de madera lo que motivó el apellido como Garrote o Darder, palabra ésta catalana que procede de dard “dardo” y que también designaba al que fabricaba dardos. No podían faltar los Ballesteros, o su derivados Ballester (catalán) muy localizado en Valencia, o Besteiro (gallego). Y tampoco podemos dejar de mencionar a los que hoy se apellidan Piqueros, procedentes de aquellos soldados de infantería que en los S. XVI y XVII utilizaban la pica, una especie de lanza muy larga que desapareció como arma táctica en 1703 al introducirse en España el fusil.
Pero no solo el ejército ha dejado su influencia, también la marina con sus galeras nos dejaron su huella en apellidos como Corbacho, cuyo significado era “látigo con que el cómitre castigaba a los galeotes”, y que como mote podría designar tanto al encargado de su utilización como al que había recibido en sus carnes una buena dosis del mismo. A estos barcos de guerra se mandaban a los delincuentes más peligrosos y su alimentación era casi en exclusiva el Bizcocho, un pan sin levadura que se cocía dos veces (bis coctus) y que todavía como apellido se registra casi en exclusiva en la provincia de Sevilla.
Existen otras palabras curiosas que durante años han servido para designar a los soldados españoles, y que por causas desconocidas no han llegado a formar apellidos. Así durante el Imperio español en Italia se llamaron Pécoras a los soldados españoles tal vez porque fueran juntos como un rebaño de ovejas, al ser Pecoris era palabra latina que designaba a todo grupo de animales domésticos, y también Bisoños, ya que los reclutas españoles desembarcados en Italia debían recorrer un largo camino hasta incorporarse a su Tercio, y al ser tan exigua o inexistente su paga debían buscarse su sustento con continuas peticiones a los lugareños como: “bisoño pan” o “bisoño carne” (necesito pan, necesito carne). En épocas más cercanas, y ya en la península, encontramos la palabra Guiri que servía para designar, durante el S.XIX, a los Guardia Reales del ejército cristino por llevar unos morriones y cartucheras con las letras G.R.I (Guardia Real de Infantería), extendiéndose posteriormente tal calificativo a todos los soldados realistas y liberales.




Jefes y Cargos Militares




Los distintos nombres que durante la historia se han dado a los caudillos o jefes de ejércitos han servido igualmente para designar a personas, el más conocido es el de Adalid, que procede del árabe ad-dalid, que significa “caudillo de gente de guerra”, aunque como apellido es poco frecuente. Más frecuente, y localizado en las provincias de Aragón, Navarra y Cataluña, es el apellido Gastón, que en una de sus acepciones procede del radical gótico gast que significa “jefe, superior”. Los jefes miliares o gobernadores de una provincia fronteriza nos han dejado el apellido Adelantado, estando entre sus misiones que “en aquella tierra en el que él tenía poder, no se levantara castillo nuevo, ni torre, ni fortaleza sin mandato del Rey”. De igual manera el que tenía a su cargo la guarda y defensa de algún castillo o fortaleza, se denominaba Alcaide, que procede del árabe al caid “capitanear, acaudillar” y según algún autor su acepción debió ser más extensa que la de gobernador de una fortaleza, siendo considerado entre los árabes como “generalísimo de los ejércitos”. Este apellido se encuentra preferentemente localizado en las provincias de Córdoba, Málaga y Sevilla. Más común es el apellido Mariscal, que unos lo hacen proceder de dos voces teutónicas, march “caballo” y scalch “, pudiendo tener dos significados bien distintos: 1) el que manda caballos. 2) el que cuida los caballos. Lo cierto es que la palabra pasó al latín bárbaro corrompiéndose en marescallus, siendo utilizado este cargo en Castilla desde 1382, al crear el Rey Juan I este nuevo cargo. No todos los gobernadores realizaban sus funciones con el mismo desvelo, pero el concepto de servicio eficiente llegó a crear el nombre personal germánico Bonwald “buen gobierno”, que fue utilizado en España primero como nombre de bautismo para posteriormente formar el apellido Bonal. No podemos dejar de mencionar el apellido Cid, que muchos relacionan con Rodrigo Díaz de Vivar al que sus soldados llamaban “campi docto” (maestro de armas en el campo de batalla) por su dominio de las armas, y al entrar al servicio del rey moro de Zaragoza los musulmanes le dieron el título de “sayyid” (mi señor). Hay que mencionar que en la actualidad, los que llevan este apellido, deben proceder más de los nombres árabes Zaïd, Sa`id o Ziyad que del mencionado guerrero, ya que en la misma época del Cid ya existían personas con este apellido (ejemplo: año 1042, Julián Cid).




Nombres germánicos




Las invasiones de los Pueblos Bárbaros provocaron una revolución onomástica al imponerse, como una moda, el uso de nombres personales germanos aunque sus antepasados no tuvieran ascendentes centroeuropeos. Éstos nombres solían hacer referencia a ideas guerreras, de valor o belicosidad y se componían de dos adjetivos, o de un sustantivo y un adjetivo. Muchos de ellos han llegado hasta nosotros en forma de apellido como por ejemplo: Gerardo, compuesto de ger “lanza” y hart “fuerte, duro”; Gisbert, derivado de las raíces góticas gis “flecha” y berht “ilustre”; Guarner, procedente de Warn “defender” y hari “ejército, que se latinizó en Guarnerios de donde nos llega el apellido; Armando, de hard “duro” y man “duro” o Aldeguer, noble preparado para la lucha, que derivo también en el nombre de bautismo castellano Olegario.
Otras lenguas también nos han proporcionado apellidos procedentes de nombres como el conocido Estíbaliz, que deriva del latín aestivalis “campamento de verano para las tropas”, o Alejandro del griego alekso/andros, es decir “el que defiende a los hombres”.




Castillos, fortificaciones, defensas o prisiones




Existe otro grupo de apellidos que se denominan toponímicos, por derivar de los lugares de procedencia del individuo, donde vivían o de los que eran propietarios. Ejemplo muy extendido es el apellido Alcalá procedente de la voz árabe al-qalá-a “el castillo”, utilizándose para designar a un individuo originario de una población donde la construcción más significativa era un castillo; entre otras muchas poblaciones con esta denominación podemos mencionar a Alcalá del Río (Sevilla) o Alcalá del Obispo (Huesca). Otros apellidos con el mismo origen son Alcoceba del árabe al-qusayba “fortaleza pequeña”, Alcolea de al-qulaya “castillo pequeño”, o el más conocido Castillo y sus derivados Castellar, Castielo, Casteló, Castel o Casteleiro. En la Edad Media era práctica habitual denominar al individuo en referencia al lugar donde residía, por eso, ciertas partes del castillo han servido para este propósito, de esta manera los que vivían pegados a la muralla y debajo del camino que hay en el muro alto sobre el que se levantan las almenas, se les apodaba Adarve existiendo todavía este apellido en las provincias de Granada, Córdoba y Sevilla. Las cárceles excavadas bajo los castillos y las fortalezas originaron, igualmente, el apellido Adamuz, del árabe ad-daimus “calabozo”, incluso las fortalezas, torres defensivas o de vigía nos dejan su rastro en apellidos toponímicos tan curiosos como Alborch, que hace referencia a las al-burj o torres árabes, Velilla que eran unos puestos militares de vigilancia, Almenara atalaya desde donde se encendían fuegos de señal, o Miralles, topónimo que procede del latín vulgar con el significado de lugar elevado para vigilar.




Miscelánea




Un apellido muy militar es Ros, palabra que se utiliza para designar una especie de chacó pequeño, de fieltro y más alto por delante que por detrás. Esta prenda tomó el nombre, en 1855, del militar que la introdujo en el ejército, el general Ros de Olano, que fue director general de infantería y la unidad que primero lo utilizó fue el batallón de Cazadores de Madrid. Pero el apellido Ros, muy frecuente en Cataluña, Valencia y Murcia, no procede de esta prenda militar, sino de la palabra latina russeus “rosado, rojizo”que se utilizaba en época medieval como apodo para designar a personas de piel rosada o de pelo rojizo. También los motes o apodos alusivos a las características físicas del individuo, han producido apellidos tan comunes como Gordo, Delgado, Cabezón, Nariz u Oreja. Pero lo que a nosotros nos interesa no es el tamaño de esos apéndices auditivos, sino su ausencia, por existir soldados a los que, como castigo a sus fechorías, les cortaban las orejas. Esto ocurría en los Tercios, donde según las Ordenanzas del Duque de Alba a los nobles e hidalgos se les castigaba con la pena de muerte, y a los plebeyos se les cortaban las orejas por mano de verdugo, lo primero no era infamante; lo segundo sí. Cuenta la historia que tras la rendición de la ciudad de Amberes, Alejandro de Farnesio, para conmemorar tal hazaña celebro un banquete al que acudieron todos sus soldados, así como las damas católicas de la ciudad ataviadas con mejores joyas y vestidos. Durante el festín, un soldado de los Tercios arrancó de un brutal tirón el collar de diamantes que lucía en su cuello una de las damas y, aunque trató de escabullirse entre la multitud, fue detenido y condenado por el Consejo de capitanes a ser desorejado. Pidió gracia el delincuente para que se conmutara la pena por la de muerte, alegando ser hidalgo de sangre y no poder sufrir tal infamia. Farnesio se negaba a tal concesión para hacer escarmiento entre su gente, hasta que acudió a su presencia el capitán del sentenciado, el cual, con lágrimas en los ojos, le suplicó la muerte de su soldado antes que el deshonor de su compañía. El bravo militar cedió a la petición de su subordinado y el soldado fue decapitado en el mismo lugar del delito. Tras cumplirse la sentencia, Farnesio, intrigado por la insistencia del capitán en solicitar la muerte del soldado le preguntó la razón a su Maestre Julián Romero, contestando éste:
-“No le extrañe, señor; el soldado ladrón era su hijo.”
-“Ahora me place –repuso el general- haberla concedido; con soldados que estiman más la honra que la vida podemos hacer lo que hemos hecho, y mucho más. Recemos por el alma del muerto y por que Dios consuele al padre.”
Eran otras épocas y otras sentencias.


Bibliografía

Diccionario de apellidos españoles. R. Faure, Mª A. Ribes y A. García.
Apellidos Castellanos. J. Godoy Alcántara.
Ensayo histórico sobre los apellidos castellanos. A. Ríos y Ríos.
Apellidos de Alcaudete. A. Balduque y A. Pajares.
Génesis y evolución histórica del apellido en España. J. De Salazar y Acha.
Diccionario militar. José Almirante.
Mosaico Militar. L. Bermúdez de Castro.