viernes, 18 de julio de 2008

EL VALLE ILUSTRADO Y EL CANAL DE CABARRÚS


EL VALLE ILUSTRADO
Y EL CANAL DE CABARRÚS


Al noreste de la Comunidad de Madrid y muy cerca de Torremocha, durmiendo el sueño de los justos y oculta en la extensa campiña, se esconden los restos mutilados de una de las mejores obras hidráulicas que se levantaron en el Madrid del siglo XVIII: el canal de Cabarrús. Esta antigua construcción de 12 kilómetros de longitud unía las cuencas de los ríos Lozoya y Jarama y sus aguas tenían como misión crear un vergel agrícola donde antes sólo había secarrales.


Nuestra nación estaba atrasada técnicamente respecto a los vecinos europeos, y será durante el siglo XVIII cuando los monarcas ilustrados españoles introduzcan en el país una serie de importantes reformas con la intención de revitalizar la maltrecha economía. Protegerán la agricultura, mejorarán los cultivos, modernizarán la industria y el comercio, urbanizarán las ciudades y sobre todo fomentarán la agricultura con la construcción de canales.


Monarcas Ilustrados
Felipe V ordenó en 1718 que se reconocieran los parajes en los que se pudieran levantar canales y acequias para mejorar el regadío de campos y tierras, y a partir de mediados del siglo XVIII la política hidráulica adquirió un importante impulso gracias a ministros ilustrados como el Marqués de la Ensenada. Este ministro creó un ambicioso programa hidráulico pues pensaba que en Europa no había “un terreno más seco que el de España, estando expuestos sus naturales a padecer hambres por sus malas cosechas” si no se paliaba con una buena red de canales. Pero la construcción de estas vías de agua requería una técnica avanzada y ante la falta de un cuerpo de ingenieros civiles españoles que pudieran hacer frente al proyecto, se mandaron espías por toda Europa para localizar las mentes más preclaras. En París se contactó con el mejor ingeniero hidráulico de la época, Carlos Lemaur, al que se fichó como si fuera un famoso futbolista de los actuales convenciéndole para que viniera a España. Este portento de la ingeniería planificó el Canal de Castilla, la desecación de la ría de Betanzos, el camino de Antequera a Málaga, el camino real a Andalucía por el puerto de Despeñaperros (utilizado hasta hace pocos años por todos nosotros) y el Canal de Andalucía, proyectando también el Canal del Guadarrama, vía navegable que pasaría por Madrid, Aranjuez, La Mancha y Sierra Morena para llegar finalmente al Océano Atlántico tras recorrer 771 Km con un desnivel de únicamente 800 m. En los estudios preliminares fue ayudado por sus hijos, Carlos y Manuel, ambos tenientes de ingenieros, pero no pudo llevarlo a efecto porque murió dieciocho días después de firmar el proyecto. Algunos de los trabajos del padre fueron continuados por sus vástagos, destacando entre ellos el pequeño canal que nos ocupa, que con sus 12 kilómetros pretendía regar las vegas de Torremocha, Torrelaguna y Uceda.CabarrúsCarlos y Manuel Lemaur eran los que ponían la parte técnica en el proyecto, pero hacía falta el personaje que aportase el capital y es aquí donde aparece Francisco Cabarrús, prototipo del hombre ilustrado del momento. Aunque de origen francés, nació en Bayona en 1752, se instaló en España en 1771 contactando inmediatamente con la flor y nata de la ilustración española, como Campomanes y Floridablanca. Ingresó en la Sociedad Económica de Amigos del País y llegó a ser asesor financiero de la corona, prestamista del rey, impulsor de los vales reales y creador del Banco de San Carlos, considerado como el primer banco central español. Su abundante fortuna le permitió comprar a la familia Echauz los derechos sobre las aguas de los ríos Jarama y Lozoya, y con ellas y el canal diseñado por los “lemures”, regar no sólo sus vastas propiedades en la vega del Jarama, sino también las de muchos labradores de Torremocha, Torrelaguna, Patones y Uceda. Entre Cabarrús y los hermanos Lemaur se firmó en 1796 un pacto en el que se acordaba que los ingenieros debían poner gratuitamente toda su ciencia y trabajo para construir el canal, mientras que todo el dinero necesario sería aportado por Cabarrús. Una vez finalizada la obra, las sumas recaudadas por el cobro de cuotas a los regantes que disfrutaban de las aguas suministradas por el canal, iría a manos de Cabarrús hasta completar el capital inicial puesto por el financiero, momento a partir del cual los beneficios se repartiría a medias.


Construcciones auxiliares
Cabarrús no sólo levantó el canal sino también doce puentes de piedra, cinco acueductos, una acequia y diez casas de guardia para los vigilantes y operarios del canal, pudiéndose apreciar en la actualidad los restos de algunas de estas construcciones, entre los que destacan cinco puentes. Otro edificio que ha sobrevivido al paso del tiempo es la casa donde se centralizaba la administración y explotación no sólo del canal, sino también del resto de propiedades de Cabarrús. En la actualidad este edificio, totalmente reconstruido, es conocido como la “Casa de Oficios” y es fácilmente reconocible por ser una impresionante casona de planta rectangular con dos plantas que sigue la tipología de la casa mayor de la mayoría de los latifundios españoles. La llegada de las aguas del canal de Cabarrús potenció la utilización de los dos molinos que existían en la zona: el molino del Duque de Uceda, hoy desaparecido y el antiguo molino medieval, denominado “de la Madre de Dios”. Este último, que tomaba el agua de un caz que estaba enlazado con el canal de Cabarrús, sufrió con los años modificaciones y transformaciones, pasado a manos privadas que lo convirtieron en una fábrica de harinas a finales del siglo XIX, siendo en la actualidad un magnífico y cuidado complejo hostelero que no hay que dejar de visitar.


El final del Canal
Gracias a que Cabarrús desembolsó ocho millones de reales para la construcción del canal, en las tierras próximas proliferaron huertas y campos de labor, llegándose incluso a crear un Reglamento de Regantes para los vecinos de Uceda, Torrelaguna, Patones y Torremocha, aprobado en 1790 por Carlos IV. Aunque en 1797 las obras aún estaban inconclusas, el canal se dio por finalizado por tener que partir Cabarrús de España al ser nombrado primero embajador en París, luego agente secreto en Francia y más tarde embajador en Holanda. Durante la Guerra de la Independencia fue uno de los afrancesados partidarios de José Bonaparte, en cuyo gobierno fue ministro de Hacienda, motivo por el cual fue repudiado y odiado por los españoles muriendo en Sevilla en 1810. El canal dejó de regar la vega en 1822, año en que los agricultores dieron un giro a sus labores, quitando los cultivos de regadío e introduciendo los de secano, más propios de estas tierras de la meseta castellana. A partir de ese momento el canal, al no ser vital para la agricultura de secano, va languideciendo hasta que en 1880 las pocas instalaciones que continuaban operativas fueron compradas por el Canal de Isabel II. Los años fueron anegando y ocultando el canal, por lo que ahora únicamente podemos contemplar los puentes de piedra en medio de campos de trigo y los depósitos vacíos de agua acorralados por los cereales.


Ermita de Santa María de la Cabeza
En las inmediaciones del antiguo canal de Cabarrús se levanta orgulloso el esqueleto pétreo de la ermita de Santa María de la Cabeza. En la actualidad tan sólo podemos apreciar las paredes desnudas, pues la techumbre no ha podido resistir el paso del tiempo, pero esta ermita, que fue reconstruida en el siglo XVII y en la que se mezclaban el barroco madrileño y el neoclásico, tuvo sus siglos de esplendor por ser residencia y tumba de la santa hasta que sus restos fueron trasladados a Madrid en 1645. Santa María de la Cabeza nació en Caraquiz, minúscula aldea que pertenecía a Torrelaguna, casándose en la Parroquia de esta última localidad con San Isidro Labrador. Mientras Toribia, que así es como se llamaba en realidad la santa, trabajaba como santera en la ermita antes mencionada, su esposo se dedicó no sólo a labrar en la vega del Jarama sino también a realizar múltiples milagros en la zona. Al nacer su hijo Illán regresan a Madrid, de donde era el santo, continuando con sus milagros, entre ellos la resurrección de su propio hijo después de que éste se ahogara en un pozo. Cuando Illán alcanzó la mayoría de edad, el matrimonio decide separarse, regresando Toribia a Torrelaguna para vivir en la ermita una vida solitaria dedicada a las meditaciones y a pedir dinero en los pueblos cercanos para mantener encendido el fuego de la lámpara sagrada de la Virgen. Aldeanos con lenguas aceradas informaron a Isidro que su mujer no sólo se dedicaba a la virgen sino también a los pastores, por lo que el santo acudió a Torrelaguna para investigar qué había de cierto en esas calumnias. Ocultándose la siguió durante varias fechas y un día que el río Jarama bajaba con una fuerte corriente por las lluvias caídas, observó que Toribia, para cruzar de una orilla a otra del río, no usaba puente alguno sino que lanzaba sobre las aguas la mantilla que cubría sus hombros y, como si fuera una barca, usaba el fino lienzo para pasar de un lado a otro sin mojarse un solo pie. Este milagro, repetido en varias ocasiones, fue suficiente para que el marido no dudara del honor de Toribia y pudiera regresar con tranquilidad a Madrid. Al final de la vida de San Isidro, Santa María de la Cabeza acudió al lado del santo para cuidarle durante su enfermedad y ayudarle a una muerte digna. Una vez viuda regresó a la ermita para continuar con sus dedicaciones a la Virgen. Cuando murió, su fama ya había traspasado los contornos de Torrelaguna, siendo enterrada en esta ermita que fue su residencia y morada, recibiendo su tumba constantes visitas por considerarla milagrosa. Felipe III ordenó el traslado de su cuerpo a Madrid para que junto con su esposo San Isidro pudieran recibir la debida veneración y culto.
Para los interesados en conocer Madrid de una forma diferente...




domingo, 15 de junio de 2008

PRIMERA ENTRADA

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