martes, 6 de julio de 2010


PASOS HONROSOS Y PRISIONEROS DE AMOR
EN LOS ORÍGENES DEL PALACIO DEL BUEN RETIRO.

Texto: Antonio Balduque Álvarez


Durante la Edad Media el espíritu caballeresco provocó que muchos caballeros hicieran votos o promesas de lo más disparatadas. Entre ellas tenemos la de Bertrand Du Guesclin que decidió dejar de comer hasta que pudiera entrar en combate contra los ingleses, la promesa realizada por el conde de Salíbury que no dudó en taparse un ojo mientras que el rey de Francia no luchara en duelo con él, o el extravagante voto que hizo Bernart de Cascón según el cual prometió clavarse cada día de San Sebastián una flecha en el muslo izquierdo hasta que encontrase un caballero que accediera a luchar con él para defender el amor de su amada. Y aquí es donde aparecen los prisioneros de amor, caballeros medievales que se quedaban locamente prendados de una dama y que para demostrar su amor no dudaban en realizar gestas heroicas que a nuestros ojos parecen más locuras juveniles que acciones de cupido. A este tipo de amor se le conoció como “amor cortés” y nació en el siglo XI en la Provenza francesa desde donde se extendió a toda Europa. Esta filosofía amorosa, que se veía influida por las ideas de caballería y del feudalismo, guiaba al caballero a no enamorarse de una simple campesina, sino de una grácil y voluptuosa damisela que debía estar casada y con mayor posición social que él.

Aventuras y proezas por amor
El amor se buscaba con ahínco porque no se veía como una situación inútil sino como un estado de gracia que ennoblecía y hacía superarse a quien lo practicaba. Como la amada debía estar casada el amor que se pretendía era un amor adúltero, de ahí que el caballero ocultara en todo momento el nombre de ella, pero eso no era inconveniente para que el enamorado aceptara una sumisión total, lo que se conocía como vasallaje amoroso, idea que se extrajo del feudalismo, pasando la mujer a ser el “señor” de la relación, el eje central y la que llevaba las riendas, autorizando, si quería, el comienzo, desarrollo y desenlace del amor. Para que la dama aceptara el amor del caballero, éste tenía que demostrar públicamente su pasión amorosa mediante retos, promesas, duelos o torneos, pero la “señora” era libre de corresponder o no al amante, de aceptar o no el amor del caballero, y el gran peligro de esta relación procedía de la indiferencia de la mujer, ya que si el hombre no era correspondido, la frustración haría que se formaran “vapores venenosos” en su cuerpo que irían subiendo poco a poco al cerebro que se inflamaría hasta producir la irremediable muerte del caballero. El caballero, si realmente amaba a la joven, tenía que disputar su amor, siendo esta lucha el instrumento de perfección espiritual. El fin último del caballero no era el sexo, porque éste lo podía tener si ningún esfuerzo escogiendo como amantes a las doncellas de su casa o mujeres de su señorío, sino que su amor fuera correspondido, conformándose simplemente con que la dama mostrara una mínima admiración hacia él, circunstancia que pensaba lograr viviendo grandes proezas y aventuras.
Los “Pasos honrosos”
El más famoso de todos los caballeros prisioneros de amor fue sin duda Suero de Quiñones. El citado Suero se presentó el 1 de enero de 1434 en la Corte del rey Juan II de Castilla para exponer al monarca que se encontraba “prisionero de amor” de una dama, de la que lógicamente no mencionó el nombre. Según las costumbres caballerescas, que todavía cantaban los últimos juglares en las cortes, la única solución para salir de su prisión amorosa era organizar un torneo en el que luchara contra otros caballeros demostrando así su valor con la esperanza que su amada se fijara en él y en última instancia que su amor fuera correspondido. Al rey le encantó la idea. Rápidamente dio su autorización y fijó que para declarar a Suero de Quiñones libre de su prisión amorosa se debían realizar trescientas justas en un mes, ellos lo llamaban romper trescientas lanzas. Como nunca se había organizado un torneo que durase tanto tiempo y en el que se iban a realizar tantos combates, a Suero se le permitió estar ayudado por otros nueve aventureros. En esencia el reto consistía en que durante un mes, que se marcó del 10 de julio al 9 de agosto de 1434, uno de estos diez caballeros se debían colocar en medio de un puente impidiendo el paso de todos los que por allí quisieran atravesar. Quienes decidieran pasar sin luchar deberían dejar su espuela derecha en señal de cobardía, pero no era así siempre pues había muchos caballeros de toda Europa que estaban dispuestos a combatir para demostrar su valor y ayudar a Suero a liberarse de su prisión. Para una “Olimpiada” de la caballería como aquella no se podía escoger “una porquería de puente”, había que elegir uno hermoso, grande y que fuera cruzado por el mayor número posible de personas, de ahí que se decidieran por el ubicado en la localidad leonesa de Hospital de Órbigo, porque al estar en el Camino de Santiago, y ser ese año “Año Santo Compostelano”, se aseguraban un afluencia multitudinaria. El reto, que fue divulgado por todas las cortes europeas, se conoce como el “Passo honroso de Suero de Quiñones”.

Un espectáculo más que un combate
El primer torneo se celebró el 12 de julio entre Suero de Quiñones y el caballero alemán Micer Arnaldo de Branderburgo, y aunque las justas se realizaban con armas de guerra que podían producir la muerte, los combates tenían más de exhibición que de campo de batalla, poniendo los caballeros sumo cuidado en que aquello no fuera una carnicería innecesaria sino un divertimento para la nobleza y una forma de ayudar a un compañero de caballería a cumplir su promesa. Tanto era así que las jornadas se iniciaban con una misa solemne y finalizaban con una opípara cena en la que compartían mesa los caballeros que durante el día había cruzado lanzas, muriendo únicamente un caballero de los sesenta y ocho que combatieron. Aunque el 9 de agosto, que era el plazo cuando expiraba el mes marcado, todavía no se habían podido alcanzar la cifra de trescientas lanzas, las doscientas que se rompieron fueron suficientes para que los jueces del torneo dieran como sobrado el valor de los combatientes, finalizando el reto y notificando a Suero de Quiñones que podía considerarse liberado de su prisión amorosa. Tal fue el éxito de estos combates, en los que no existía rencor ni animosidad entre los participantes sino que parecía que estaban ejercitándose en acto deportivo más que en un enfrentamiento armado, que tardaron poco en volver a repetirse. El siguiente “Passo honroso” en importancia tuvo lugar en Valladolid con motivo de las bodas del príncipe Enrique, el futuro Enrique IV, con doña Blanca de Navarra que se celebraron en 1440. El reto que Ruy Díaz de Mendoza propuso fue defender su puesto durante cuarenta días, pero en esta ocasión los accidentes, contusionados y heridos llegaron a ser tan numerosos que para evitar males mayores el rey dio por concluido el torneo antes de cumplirse el plazo fijado.




Enrique IV “El Impotente”
Gregorio Marañón, en su “Ensayo biológico sobre Enrique IV”, describe a este monarca como degenerado, exhibicionista, esquizoide, con impotencia relativa, corpulencia displásica, nariz deformada, larga estatura, fuertes miembros, manos grandes e hipogenitales, dedos largos, cabeza potente, cejas salientes y ancha frente, no ocultando incluso su homosexualidad. Se conocen los nombres de muchos de sus romances: Gómez de Cáceres, bello joven sin fortuna pero de trato afable que recibió favores a cambio de los suyos; Francisco Valdés, que tuvo que huir de la corte por la insistencia del rey; Miguel de Lucas Iranzo, que fue nombrado halconero mayor; Miguel de Lucas, joven muy religioso que necesitó escapar a Valencia para no caer en la cama de Enrique; Alfonso de Herrera, que fue pillado “casualmente” en la cama del rey; o Perucho de Mundáriz, que alcanzó el favor real tras la visita del rey a Durango en 1457. Si bien éstos eran bellos y bien formados, no hacía ascos a los feos o palurdos porque según cuenta Marañón después de cazar en los bosques de Segovia, El Pardo, Ávila o Balsaín, gustaba reunirse con hombres de mal vivir para “entregarse a costumbres infamantes” que por “respeto al pudor no se pueden repetir”. Disfrutaba tanto de lo morboso como de lo extravagante, no dudando en rodearse de fornidos etíopes o raquíticos enanos. Pero entre los favoritos del rey destacó sin ninguna duda don Beltrán de la Cueva, que gracias a su buena planta y graciosa figura fue escalando posiciones en la corte llegando desde simple paje a mayordomo mayor, conde de Ledesma, duque de Alburquerque y gran maestre de Santiago. Beltrán no dejó la oportunidad de agradar también a la reina, de ahí que las crónicas nos mencionen que “demostraba tanto amor al rey que parecía devoción, y tanta amor a la reina que parecía amor”, aunque para Marañón no existen pruebas contundentes para afirmar si doña Juana tuvo o no amores con don Beltrán.
El “Passo honroso” de don Beltrán
Poco tiempo después del nacimiento de Juana “la Beltraneja”, Enrique IV, que se encontraba cazando en El Pardo, recibió la noticia que el duque de Armenach, embajador de Bretaña, estaba a punto de llegar a Madrid acompañado de un numeroso séquito para pactar con el monarca una alianza comercial y política. El rey decidió recibirles fuera de Madrid de manera espléndida organizando una gran fiesta que duró cuatro jornadas. El primer día se celebró un torneo en el que intervinieron veinte caballeros. En el segundo hubo carreras de caballos y juego de cañas. En el tercero una gran montería y para el cuarto y último, que era el día de regreso de toda la comitiva a Madrid, don Beltrán de la Cueva no dudó en organizar un “Passo honroso” para defender el paso de un puente que existía en el río Manzanares en el camino de El Pardo a Madrid, cerca de la actual ermita de San Antonio de la Florida. A la entrada del puente se construyó un arco de madera en la que se colgaron grandes letras de oro, de tal manera que a los caballeros que conseguían romper tras lanzas se les permitía acercarse para que cogieran y mostraran la letra por la que comenzaba el nombre de su amada. El día entero duró este “passo” y tan magnífico resultó que Enrique IV, queriendo honrar a don Beltrán por el día tan grandioso que había organizado, ordenó que se construyera un monasterio en el lugar donde se efectuaron las justas. Cuatro años duraron las obras, llegando en 1464 desde Guadalupe los primeros moradores del monasterio que eran monjes de la Orden de San Jerónimo, ordenando el rey por ese motivo que con motivo de su inauguración el 6 de mayo de 1645 se le llamara monasterio de San Jerónimo el Real, aunque el pueblo, en recuerdo del paso honroso, prefería llamarle Santa María del Paso Honroso.
Traslado del monasterio
Como el monasterio estaba situado en las inmediaciones del río Manzanares en una zona cenagosa, llena de mosquitos y poco aireada, las dependencias sufrían constantes humedades y las enfermedades se cebaban entre los monjes, por lo que éstos no dudaron en pedir permiso a los Reyes Católicos para poder trasladarse a otro lugar más saludable, licencia que se concedió en 1503 y que fue ratificada por el Papa Alejandro VI en 1509. Para la nueva ubicación no se cometió el mismo error de situarlo en un paraje cenagoso y mal aireado, por eso cuando los Reyes Católicos ordenan la construcción del monasterio de frailes jerónimos, que serviría también como aposento de la Familia Real en sus estancias en la villa, se situó a las afueras de Madrid “en una elevación de su zona oriental, barrida por aires saludables y con abundancia de arroyos que regaban sus ricas huertas y praderas”. El traslado y construcción del nuevo monasterio lo hicieron los propios monjes aprovechando materiales del anterior, siendo su fábrica de ladrillo y mampostería, según la tradición madrileña. Como era costumbre que los monarcas se retirasen a descansar después de las ceremonias religiosas o palatinas que se realizaban en algunas fundaciones religiosas, anexo al nuevo monasterio se decidió construir unas pequeñas estancias habilitadas a tal efecto que se conocieron como “cuarto real” o “retiro”. El monasterio fue cobrando importancia con el paso de los años, tanto fue así que Fernando el Católico reunió en él Cortes, y a este “cuarto” se retiró Carlos V después de la jura de su hijo Felipe como heredero de la Corona en abril de 1528. Cuando Felipe II llega al trono ordena mejorar y ampliar el “cuarto viejo de San Jerónimo”, decidiendo también que su hijo, el futuro Felipe III, jure como heredero de la Corona en este templo.
Retrato de Felipe IV
Felipe IV nació en Valladolid el 8 de Abril de 1605, siendo bautizado el 28 de Mayo con los nombres de Felipe Dominico Víctor de la Cruz y de Todos los Santos, reconocido antes de los tres años como heredero de la corona en una ceremonia que se celebró igualmente en la iglesia de San Jerónimo de Madrid, subiendo al trono de España, con tan solo dieciséis, el 31 de marzo de 1621. A los seis años murió su madre, la reina Margarita de Austria, por lo que su educación se puso en manos de eclesiásticos que le convirtieron en un hombre fervorosamente creyente, lo que no fue impedimento para que tuviera una intensísima vida amorosa. Si Felipe III era aficionado al rezo sin descuidar las diversiones, de su hijo puede decirse que se centró más en las diversiones pero sin descuidar los rezos, y haciendo un símil respecto a las aficiones reales éstas se asemejaban a una rosa de los vientos donde según Bernardino de Pantorba: “Al norte estarían las mujeres, al sur las comedias, al este la caza, y al oeste los toros”. Tenía un carácter frívolo e indolente, no poseyendo las aptitudes necesarias para reinar, gustando únicamente de lo agradable y superfluo, huyendo de todo lo que supusiera un esfuerzo, por lo que Marañón, muy acertadamente, le definió como un “paralítico de la voluntad”, voluntad que fue domeñada a fuerza de adulaciones, halagos o confabulaciones por don Gaspar de Guzmán y Pimentel, más conocido como el Conde-Duque de Olivares. En 1629 el poderoso Olivares sugirió al rey la posibilidad de construir un palacio y unos jardines que sirvieran para disfrutar de las ventajas del campo sin salir de Madrid, así como para el recreo y el esparcimiento, y donde el rey luciera esplendorosamente rodeado de su Corte, dejando así el antiguo Alcázar medieval simplemente como casa del rey y sede del gobierno de la monarquía.
El palacio y los jardines del Buen Retiro
Olivares escogió como punto de partida para levantar semejante proyecto el “cuarto viejo de San Jerónimo”, estancias donde se “retiraban” los monarcas, iniciándose las obras en 1630. Los terrenos circundantes se fueron ampliando mediante compra, cesiones de parcelas por parte de algunas familias nobles, donativos de la villa, expropiaciones y la incorporación de algunos terrenos que el conde-duque de Olivares tenía cerca del monasterio. En el S. XVII estaba de moda contemplar ciertos animales como espectáculo, por lo que era costumbre que la nobleza tuviera en sus posesiones mini-zoológicos. En uno de los terrenos que Olivares cedió a la corona, el conde-duque tenía instaladas unas jaulas donde cuidaba unas espléndidas gallinas de las que estaba orgulloso por el exotismo de las aves, de ahí que en 1632, cuando se empezó a dar forma a la edificación, los estanques y los jardines, los madrileños no dudaron en llamar a este lugar de esparcimiento “el Gallinero”, y nuestros enemigos franceses, que estaban a la que saltaba, aprovecharon la ocasión para insultar a los españoles llamándonos “gallinas”. Esta situación obligó a buscar rápidamente una nueva denominación que frenara motes jocosos y chistecitos fáciles, de ahí que por Real Pragmática de 1 de diciembre de 1633 se decidiera abandonar la antigua denominación de “Cuarto Viejo” o “Cuarto Real de San Jerónimo” por una con más empaque como era la de “Real Sitio del Buen Retiro”.

jueves, 15 de abril de 2010

¡AGUA VA!
Curiosidades del agua de Madrid




Por Antonio Balduque Álvarez y Guiomar Balduque Méndez



En la parte más alta de lo que actualmente es la calle Segovia, existió un poblado visigodo que era conoció por el término latino “Matrice”, que significa “arroyo matriz o madre”, en referencia al nacimiento de agua alrededor del cual se fueron asentando los primeros pobladores visigodos. Con la llegada de los musulmanes este minúsculo asentamiento fue tomando relevancia por su ubicación privilegiada en el camino que los cristianos de los reinos del Norte tenían que recorrer una vez que pasaban los puertos del Sistema Central, de ahí que a mediados del S. IX el emir de Córdoba, Muhammad I, decidiera fortalecer el asentamiento con unas potentes murallas. La nueva población amurallada se levantaba sobre un escarpe rocoso a considerable distancia del río Manzanares que a sus pies serpenteaba con tan mezquino cauce, que siglos después hay quien lo ha llegado a comparar con un colegio pues tenía “vacaciones en verano y curso sólo en invierno”. Hasta la fecha los arqueólogos no han encontrado restos de conducciones de agua que desde el río llegasen hasta la ciudad. Pero si lo musulmanes no utilizaban el río para beber ¿de dónde sacaban el agua?... De los “viajes de agua”.

Los viajes de agua
En el subsuelo de la altiplanicie madrileña y sobre las capas graníticas impermeables del terreno, durante siglos se fueron formando mantos acuíferos que se nutrían de los arroyos subterráneos procedentes de la sierra del Guadarrama y del agua de lluvia que se iba filtrando por las capas permeables hasta configurar unas potentes bolsas de agua. A unos kilómetros de la nueva Madrid amurallada, y en una zona con mayor altura que la ciudad, los musulmanes se especializaron en detectar estas bolsas de agua, y una vez localizadas, excavaban profundos pozos para captar el preciado líquido. Después los iban uniendo entre sí por medio de galerías subterráneas con la altura y anchura suficiente para que pudiera recorrerla un hombre y cuyo fondo se canalizaba con piezas de barro para que el agua descendiera suavemente hasta Madrid por la acción de la gravedad gracias a una inclinación del 1 al 4 por mil. Este sistema madrileño de viajes de agua, con sus vías principales, secundarias, conexiones y ramales, se asemejaba mucho al sistema neuronal de una persona, permitiendo que esta complicada red de canalización subterránea llevara el agua necesaria a cualquier parte de la ciudad sin necesitar para nada al río Manzanares que quedaba relegado a la simple función de lavadero o suministrador de agua para el riego de huertas y tierras de labor. Con este sistema tan simple la capital logró el suministro durante el escaso margen de tiempo de…¡diez siglos!
Perfume con babas
Después de recorrer kilómetros de gale-rías subterráneas el agua que llegaba a las fuentes madrileñas se dedicaba más a calmar la sed que a la limpieza corporal. Como a los españoles nos gusta imitar las conductas de las clases altas, no nos debe extrañar lo mal que debían oler nuestros antepasados, pues incluso Lobera de Ávila, médico personal del Emperador Carlos V, recomendaba que tras levantarse de la cama se asease únicamente la cara y las manos, dejando el baño para los enfermos pues no era costumbre de “los Señores de España”. Del baño se huía como de la peste pues se pensaba que destruía las fuerzas, hacía descender los malos humores, provocaba vómitos y desmayos, ablandaba el cuerpo y por si todo esto era poco, afeminaba al hombre. Tan extendidas estaban estas ideas que los capitalinos de los siglos XVI, XVII y XVIII, si alguna vez utilizaron el Manzanares para bañarse, nunca lo hicieron con intenciones higiénicas, sino siempre en verano y con el único fin de refrescarse. Como el olor corporal era tan intenso, los fétidos aromas humanos se intentaban ocultar bajo el velo de afeites, lociones y esencias. Las damas se solían perfumar los vestidos, las manos, los cabellos y la cara con aguas olorosas que contenían almizcle, ámbar o algalia, y a falta de pulverizador, las criadas llenaban su boca con agua aromatizada y la escupían con fuerza a través de sus dientes rociando el rostro de su señora con una finísima lluvia perfumada y sobre todo… ¡de babas!
¡Todo bien frío!
Aunque el agua se utilizaba poco para el aseo, sí que estaba muy extendida entre los madrileños la costumbre de beberla fresquita. Para nosotros es muy sencillo sacar de la nevera una bebida fría, pero hace siglos para enfriar un líquido se tenía que introducir en un pozo, una cueva, un sótano, dejarse al relente nocturno en una vasija porosa cubierta con un trapo húmedo o se enfriaba con nieve, siendo este último el recurso más usado entre nuestros antepasados. Cuando hablamos de enfriar los líquidos con nieve no queremos decir que los madrileños pusieran nieve en los vasos a modo de cubitos, o que bebieran el agua helada obtenida al derretir la nieve. No. Su método era tan sencillo como rodear con nieve un vaso de vidrio lleno de agua, tapando el mismo con un platillo repleto también de copos helados. En otras ocasiones en lugar de vasos se usaban cantimploras o garrafas de cobre con formas estrechas y alargadas para introducirlas mejor en la nieve. La afición al agua helada se fue extendiendo durante los siglos XVI y XVII y a otras bebidas, siendo muy común entre los madrileños degustar muy fría la limonada de vino, la aloja, el agua de canela o de guindas, la leche, los sorbetes, la horchata o el hipocrás, siendo tal la pasión que al final del S. XVII hasta el caldo gustaba tomarlo… ¡helado!
La reina muere por un caldito frío
La excesiva afición al consumo de bebidas frías hizo que para acelerar el proceso de enfriamiento echaran directamente nieve dentro del líquido a refrigerar. Como podemos imaginar en esos siglos el transporte y manipulación de la nieve se hacían sin cumplir las mínimas condiciones higiénicas, por lo que cuando se bebía un líquido así enfriado los riesgos de contraer una gastroenteritis eran altísimos, siendo muy comunes, sobre todo en verano, las epidemias. Aunque para el pueblo no existían muchos miramientos, para los reyes sí se tenía especial cuidado en que la nieve que llegara a sus mesas fuera de la mejor calidad, de copos blancos, brillantes y sin olores. Pero ni aún así la realeza se libraba de sufrir problemas estomacales, cuando no otros mayores. Como lo demuestra la curiosa historia de la reina María Luisa de Orleans, primera mujer de Carlos II, que al parecer se sumió antes de tiempo en el sueño de los justos por su denodada afición a las comidas y bebidas heladas. Según cuentan las crónicas a María Luisa, en lugar de tomar para merendar una aburridísima taza de café acompañada de unas tristes pastas, se le ocurrió disfrutar de una merienda de diseño a base de naranjas, aceitunas y ostras. Por si su estómago no había sufrido suficiente prueba de madurez, no se le ocurrió a la buena mujer más que regar a estos alimentos, que todo el mundo sabe que combinan a la perfección, con abundantes libaciones de leche fría y caldo helado. No se sabe si murió por el exceso, la mezcla o la gastroenteritis, pero sí podemos afirmar que llegó muy fresquita a las puertas de San Pedro.
Las neveras
El consumo de nieve llegó a ser tan habitual entre todas las clases sociales, que se vendía por las calles durante todo el año. Desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, durante el verano, y desde las ocho de la mañana a las ocho de la noche, en invierno, los madrileños acudían a los puntos de venta para proveerse de tan refrescante suministro, siendo tanta la demanda que a los encargados de vender y acarrear esta mercancía se les conoció como “neveros”, a los puntos de venta “neverías” y a los lugares donde se guardaba la nieve para conservarla se les llamó “pozos de nieve” o “neveras”, de ahí que todavía hoy en día muchos de nosotros utilicemos el término castizo nevera y no el de frigorífico. La cantidad de nieve que demandaba la capital fue adquiriendo tal volumen que para asegurar que Madrid estuviera siempre abastecida, Felipe III concedió al catalán Pedro Xarquíes la exclusividad del suministro de hielo y nieve. La empresa de Xarquíes sacaba la nieve de los ventisqueros de la Sierra de Guadarrama y la trasladaba hasta unos pozos que entre 1607 y 1608 había construido en la zona que hoy ocupa aproximadamente la plaza de Bilbao, y a otros que existían en la Real Casa de Campo. Desde estas zonas de almacenaje la nieve se transportaba en caballerías hasta los puntos de venta o neverías, que en 1619 se localizaban entre otros lugares en: la Puerta del Sol, Plazuela de Herradores, el Portal del Marqués de Cañete, el Portal de la Duquesa de Pastrana, el Portal del Conde de Salazar, el Portal del Duque de Frías, la Plazuela de Matute o en la misma vivienda de Pedro de Xarquíes.
La ciudad más puerca del mundo
Como hemos mencionado Madrid podía ser admirada por su curioso sistema de suministro hídrico pero no por su alcantarillado. Mientras que existían unos viajes de agua que llevaban agua limpia a las fuentes, conventos, hospitales, casas nobles o al Palacio Real, Madrid no disponía del más sencillo alcantarillado por el que eliminar las aguas sucias y las inmundicias que generaban los madrileños, de ahí que existiera la costumbre de arrojar por las ventanas tanto las aguas mayores como las menores y las basuras. En los pueblos las necesidades fisiológicas se realizaban en el campo o en corrales, pero en una ciudad como Madrid, que al estar rodeada por una cerca tenía que crecer en altura, no existía tal posibilidad, por lo que los madrileños fueron especialistas en el lanzamiento aéreo de excrementos desde sus ventanas al grito de ¡Agua va! Cuando los visitantes extranjeros llegaban a Madrid se quedaban asombrados de que sus calles estuvieran recubiertas de un fango tan putrefacto que les quemaba los zapatos, los cerdos recorrieran la ciudad a sus anchas porque se alimentaban con los desperdicios que se amontonaban en las calles, el ambiente fuera tan insalubre que las rejas de las casas rezumaran un “sarro infecto” y el hedor tan intenso que antes de ver la ciudad ya se sabía que existía. Por todo lo dicho no nos debe extrañar que en 1747 el viajero italiano Beretti dijera de Madrid que era la “cloaca máxima, pues paseando por sus calles se está como en una letrina”.
La marea de excrementos
Estos olores tan nauseabundos, que una pituitaria actual no podría resistir, no eran sin embargo problema para los madrileños de los siglos XVI, XVII y XVIII, pues tenían la curiosa idea de que el aire de Madrid era de una pureza tan extrema que si no se equilibraba con los vapores inmundos que producían los excrementos podría ser perjudicial para su salud. Este pensamiento estaba tan arraigado que circulaba por calles y mentideros una popular letrilla que decía: “el aire de Madrid es tan sutil que mata a hombre y no apaga un candil”. Pero no debemos pensar que nunca se limpiaban las calles. Se limpiaban pero menos de lo necesario sobre todo por falta de presupuesto. El aseo de las vías se realizó durante los siglos XVI, XVII y la mitad del XVIII de dos formas dependiendo la climatología. Si hacía buen tiempo la basura y los excrementos sólidos humanos y animales diseminados por el suelo se recogían y sacaban de la ciudad por medio de carros dispuestos a tal efecto. Pero cuando el tiempo era lluvioso las calles se llenaban de una masa cenagosa que impedía el avance de los carros por lo que tenían que usar “los carros podridos”, una especie de grandes cajones tirados por mulas y conducidos por un hombre que arrastraban a su paso una pestilente masa viscosa de basura y excrementos. Esta “crema de deposiciones” se conducía hasta unos sumideros que drenaban las inmundicias hasta el Manzanares. En Madrid existían dos grandes sumideros o alcantarillas: el de los caños del Peral, que se localizaba donde actualmente está la Plaza de Isabel II, y la del arroyo de Leganitos. Cuando los carros podridos empezaban a arrastrar al unísono el fango marrón, la natural pestilencia que envolvía Madrid se incrementaba de tal forma que los olores nauseabundos anunciaban con antelación la llegada de tan fétida comitiva, de ahí que los madrileños conocieran el sistema de limpieza como “la marea”.
Los madrileños son como niños…
A la muerte de Fernando VI, su hermanastro, Carlos III, tiene que dejar el trono de Nápoles y regresar a España. Cuando llega a Madrid se encuentra una ciudad de aspecto deprimente, llena de lodos, basuras y excrementos malolientes que la hacían parecer más una pocilga que una urbe. Al poco de ceñir la corona y harto de ver a Madrid nadar entre la inmundicia, manda al marqués de Esquilache que prepare un plan de limpieza, empedrado, alumbrado y alcantarillado que transforme la mugrienta ciudad. Al fin, el 13 de mayo de 1761, se publica una Real Orden para el aseo y limpieza en la que se prohibía arrojar aguas mayores y menores por las ventanas, teniéndose que canalizar los desperdicios hasta unos pozos negros o fosas sépticas. Estos pozos se debían vaciar por la noche, y los excrementos sacados de la ciudad en unos carromatos malolientes que el pueblo denominaba “las chocolateras de Sabatini”. La Orden prohibía también que los cerdos estuvieran sueltos por las calles, salvo para llevarlos al campo antes de la salida del sol y recogerlos después de la puesta. Para dar una solución a los residuos urbanos, se obligó que todos los carruajes que entraban a Madrid cargados con mercancías para el consumo humano, la mayoría de ellos con pan, tendrían que llevarse a su salida las basuras y desperdicios de los madrileños. Pero la Orden iba aún más lejos, autorizando a los alguaciles a entrar en las viviendas particulares una vez a la semana para comprobar que éstas estuviesen limpias. Si consideraban que alguna de ellas no presentaba el debido aseo podían incluso multar a los dueños. ¿Cómo actuarían ustedes si ahora se autorizara a un concejal del Ayuntamiento a entrar a su casa para comprobar si ha pasado la mopa? Si esto no era suficiente, tres años después, en 1764, se publicó otra Real Orden en la que se obligaba a los madrileños a barrer la delantera de su casa a primera hora de la mañana, y desde mayo a octubre también a regarla. El pueblo madrileño acogió muy mal estas medidas higiénicas por lo que Carlos III, que no comprendía cómo podía tener unos súbditos tan marranos, parece no dudó en exclamar: “Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava”.

Bibliografía:
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Ferrer, J.M.: Visión romántica de Madrid, Madrid, Editorial Viajes ilustrados, 1997.
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VV.AA.: Madrid: Atlas histórico de la ciudad,.1850-1939, Madrid, Editorial
Lunwerg/Fundación Caja Madrid, 2001.

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lunes, 12 de abril de 2010

LA ESPADA DE FRANCISCO I
LA CURIOSA DEVOLUCIÓN DE UNA ESPADA EQUIVOCADA


En 1524 las tropas de Carlos V vencieron a las francesas en la batalla de Pavía, capturando al rey francés Francisco I que se vio obligado a entregar sus armas en el momento del apresamiento. La espada sufrió un curioso peregrinaje que en este artículo intentaremos desvelar.





¡Qué Bicoca!
En los primeros decenios del siglo XVI el rey francés Francisco I ve con angustia como sus territorios van siendo rodeados por sus enemigos, en especial por las posesiones de Carlos I de España. Para reducir la presión decide anexionarse una zona de vital importancia para sus enemigos porque enlazaba los dos bloques que constituían el imperio europeo: España-Italia y Austria-Borgoña. Este enclave era el ducado de Milán, más conocido como el Milanesado, por lo que entre 1521 y 1524 las tropas francesas y españolas van a tener que cruzar sus armas para dominarlo. Los franceses para reforzar sus tropas decidieron acudir a los más famosos mercenarios de la época: los piqueros suizos. Quince mil suizos son contratados por Francia, y en el convencimiento que la victoria estaría de su parte deciden enfrentarse a cuatro mil soldados españoles. La batalla se libró el 27 de abril de 1522 en la localidad milanesa de Bicocca, siendo diezmado el ejército francés sin que hubiera casi ninguna baja entre los españoles gracias al novedoso empleo de los arcabuces por parte española. Desde ese momento se incorporó al idioma español la palabra bicoca para referirse a un bien muy deseado que se obtiene de manera fácil y sencilla. Tras varios años de combates con alternancia de resultados, Francisco I realiza a finales de 1524 un avance irresistible, por lo que los imperiales, para poder reagruparse, tienen que retirarse hacia el Este dejando en Pavía una mínima guarnición que tiene que rechazar los continuos asaltos de un ejército muy superior. El rey de Francia Francisco I

Desjarretando caballos y rematando enemigos
Ante los repetidos fracasos de asalto, Francisco I opta bloquear la plaza como mejor método para hacerla capitular. Los ejércitos de Carlos I sufrían una acuciante falta de dinero y víveres, por lo que temiendo que sus tropas pudieran desertar si se producía una campaña prolongada decide avanzar contra el ejército sitiador. Los oficiales de Francisco le recomiendan levantar el sitio para no quedar aprisionado entre las fuerzas que defienden la ciudad y los que acuden para levantar el sitio, pero hace oídos sordos y decide mantener la posición. En la mañana del 24 de febrero de 1524 los españoles que habían acudido para ayudar a los sitiados, y las tropas que estaban sitiadas en el interior de Pavía, realizan un asalto conjunto que sorprende al enemigo. Francisco I decide presentar combate y al frente de su caballería realiza una potente una carga que barre a la imperial. Al ver derrotada la caballería imperial, Francisco I cree ganada la batalla sin prestar atención a un elemento novedoso: los arcabuceros españoles. Cuando la caballería francesa se está reorganizando tras la carga, los españoles reúnen a mil quinientos arcabuceros que, protegidos desde un bosque, abren un fuego devastador contra las cabalgaduras que caen a decenas arrojando contra el suelo a los caballeros que por el peso de sus armas apenas pueden levantarse. Este momento es aprovechado por pequeños destacamentos de españoles que espada o daga en mano acuden prestos a desjarretar o desbarrigar a los caballos, así como para rematar a los enemigos caídos.

Juan de Urbieta

Rendición de Francisco I y entrega de su espada
Al ver que todo estaba perdido el monarca francés decide huir, pero un balazo derriba a su caballo que cae de costado atrapando la pierna de Francisco I. Una vez en el suelo acudió presto hacia él un vizcaíno llamado Juan de Urbieta, quien al verle tan señalado en sus vestiduras le puso el estoque en un costado intimándole a rendirse. El rey, viéndose en peligro de muerte, exclamó: “¡La vida, yo soy el rey!”, “¡No me rindo a ti, me rindo al emperador! En ese momento Urbieta vio que al alférez de su compañía querían arrebatarle su estandarte, por lo que antes de pedirle al rey una señal para que quedara constancia que él le había rendido, prefirió socorrer a la bandera no sin antes decirle: “Si vos sois el rey de Francia, hacedme una merced” y alzándose la visera de su casco le mostró su dentadura mellada y le dijo: ”En esto me conoceréis”. Al partir Urbieta se acercó otro hombre de armas llamado Diego de Ávila que al ver en tierra a tan adornado personaje le intimidó para que se rindiera, entregándole Francisco I su estoque de combate y una manopla de su armadura. Para ayudar al monarca francés a liberarse del caballo que le aprisionaba parte del cuerpo a Diego de Ávila le auxilió un soldado llamado Alonso Pita da Veiga, que no dudó en tomarle del cuello la insignia de San Miguel que llevaba colgada de una cadenita.
Significación de la entrega del estoque y la manopla
La tradición de aceptar la rendición entregando el estoque de combate y su manopla derecha era un hábito entre los reyes combatientes. Con esas formalidades se rindieron Juan de Francia, en la batalla de Poitiers, y el rey David de Escocia, en la batalla de Durham, por lo que Francisco I tomó como ejemplo este gesto. Otras muestras de este tipo de rendición las tenemos también en la más cercana batalla de San Quintín (1557), donde el Condestable de Montmorency entregó su estoque como señal de rendición a un soldado de la caballería ligera llamado Sedano, el cual se lo confió personalmente a Felipe II. La espada era considerada desde la antigüedad como una herramienta de justicia y de orden, estando indisolublemente asociada a la protección que ofrecían los soberanos a la sociedad, por lo que al desprenderse voluntariamente de ella el monarca dejaba simbólicamente a su pueblo sin ninguna protección, de ahí que muchos caballeros prefirieron tras la batalla de Pavía entregarse voluntariamente diciendo:”No quiera Dios que nosotros volvamos a Francia, quedando prisionero nuestro rey”.
El viaje de la espada hasta España
Tras su captura Francisco I quedó prisionero en un monasterio a las afueras de Pavía, y allí estuvo hasta que llegó un correo del Emperador ordenando se le embarcase en Génova con destino a Madrid, donde fue instalado en el Palacio Real. También acudió a Madrid don Diego de Ávila, el poseedor del estoque de guerra y la manopla con las que combatió Francisco I, el cual, tras solicitar una recepción con Carlos V, depositó en las manos del Emperador los preciados objetos, que no dudó en guardarlas durante algún tiempo en su cámara personal por considerarlos como objetos de especial relevancia. Espada de Corte o protocolo de Francisco I

Llega la espada de la confusión
En 1585, sesenta años después del combate de Pavía, cuando Felipe II se encontraba en Tortosa de regreso de las Cortes celebradas en Monzón, un sujeto llamado Marco Antonio de Aldama le hizo donación de una espada de ceñir guarnecida de oro y esmalte. En el momento de la entrega informó al rey que dicha espada había pertenecido a su padre D. Juan de Aldama, coronel de Italianos que participó en la Batalla de Pavía, donde según le había contado su progenitor la había tomado a Francisco I. Pero todo parecía indicar que más que una espada de combate, la espada entregada a Felipe II, al estar toda ella guarnecida de oro y esmalte, tenía que ser de las que se usaba el monarca en la corte, por lo que debió ser tomada en el campamento francés y no de la mano del monarca francés. El rey castellano recompensó el obsequio otorgándole una pensión de 200 libras anuales y una carta de privilegio expedida el 1 de Julio de 1589 en San Lorenzo de El Escorial, disponiendo que se depositara en la Real Armería junto al estoque de combate entregado a su padre Carlos V. El oro y esmaltes de la rica empuñadura así como el grabado de una salamandra, emblema que Francisco I usó en la batalla de Pavía, hicieron creen con el paso de los años que la espada ofrecida a Felipe II en 1585 era la que entregó Francisco I en el momento de la rendición, mientras que el escaso valor intrínseco del estoque de combate, arma de guerra de gran solidez que no podía tener esmaltados pues fácilmente escaparía de las manos en la lucha, y quizá el deterioro en el que se encontraba, provocaron que éste cayera en el olvido.
Fernando VII devuelve una espada equivocada
Estas dos espadas, la de combate y la de protocolo, permanecieron en la Armería Real de Madrid hasta la invasión francesa de 1808. Fernando VII hizo su entrada triunfal en Madrid el 25 de marzo de 1808, a los cinco días del famoso motín contra Godoy y la abdicación de Carlos IV. Embriagados con el entusiasmo popular los madrileños casi no habían reparado que las tropas francesas, al mando del Murat, cuñado de Napoleón y Gran Duque de Berg, habían entrado el día anterior en la citada Capital. Las adulaciones que mostraba Fernando VII hacia Murat llegaron a ser vergonzantes, por lo que cuando el francés hizo comentó que a su cuñado el Emperador “le sería muy grato poseer la espada que perteneció a Francisco I”, el felón Fernandito no dudó en comentar a su allegado: “¿Qué importa un pedazo de hierro más o menos? Demos gusto a la familia imperial”. El 29 de marzo dio la orden verbal a su Caballerizo Mayor, Marqués de Astorga, para que dispusiera todo lo necesario a efectos de entregar a Murat “la espada de Francisco I que desde el año 1525 se hallaba en la Real Armería del Arco de Palacio”. Como se aprecia, la orden indicaba claramente que se debía devolver el estoque de combate que se entregó como gaje a Diego de Ávila, y no la espada de ceñir guarnecida de oro y esmalte que llegó a manos de Felipe II en 1585, que fue la que realmente devolvimos.

Palacio del Secretario de Estado en Madrid donde vivía Murat durante la ocupación francesa y lugar donde se entregó la espada de Francisco I.

El pomposo ceremonial de entrega

El día 30 de marzo por la tarde, el Armero Mayor D. Carlos Montargis y su ayudante D. Manuel Frotier, sacaron la espada del armero nº 40 y la llevaron a la casa del Marqués de Astorga. A la mañana siguiente esperaba a la puerta de la casa una rica carroza de embajadores conducida por un tiro de mulas con guarniciones de gala, escoltándola a cada uno de sus lados tres lacayos del rey con grandes libreas. En ella se colocó la espada sobre una bandeja de plata, comprada exclusivamente para tal evento, cubierta con un paño de seda rojo guarnecido de galón ancho brillante y flecos de oro. En otro coche, también con tiro de mulas y dos lacayos a cada lado, se aposentaron el Marqués de Astorga y el Duque del Parque, Teniente General de los Reales Ejércitos y Capitán de las Reales Guardias de Corps. A las doce en punto partieron las carrozas escoltadas por una partida de Guardias de Corps compuesta por un subrigadier, un cadete y veinte guardias. La comitiva recorrió la calle ancha de San Bernardo y la de Torija, y al llegar al alojamiento de Murat, que era la antigua casa que había habitado Manuel Godoy junto al convento de Dña María de Aragón, la guardia de honor del Duque de Berg les recibió formada. Una vez detenidas las carrozas se apearon las comitivas. El Armero Mayor tomó la bandeja con la espada y subió delante del Marqués de Astorga y el Capitán de las Reales Guardias hasta un amplio salón donde les esperaba el Gran Duque. Una vez en su presencia, el marqués le entregó una carta de Fernando VII y dijo una corta arenga, después de lo cual hizo entrega de la espada recibiéndola Murat con el mayor agrado, contestando con un expresivo discurso. Concluida la ceremonia retornó la comitiva a Palacio dando cuenta a Su Majestad por escrito de haber realizado la comisión a plena satisfacción.
Llega una copia de la espada
Años después el Estado reclamó a Francia la devolución de lo expoliado en la Guerra de la Independencia. En virtud de los tratados de 1814 y 1815 algunos objetos fueron devueltos, pero la espada entregada a Murat que pudo regresar a la península porque no cumplía los requisitos al haber sido entregada al país vecino en un acto espontáneo y “voluntario” de Fernando VII. En vista de la situación, y queriendo conservar en la memoria de los españoles el glorioso triunfo de Pavía, Isabel II mandó D. Eusebio Zuloaga, armero de palacio, que realizara una copia exacta de la espada que se encontraba depositada en el Mueso de Artillería de París. El 24 de marzo de 1849 se le comunica la Real Orden autorizando el gasto de 4.000 reales para la fabricación de la copia, arma que se puede contemplar en la actualidad en la Armería Real de Palacio (Madrid), siendo descrita en el catálogo histórico-descriptivo de la Real Armería de Madrid en los siguientes términos: “de hoja ancha de campo llano, filos abiselados y recazo bañado en oro. En ambas caras se aprecia una lazada semejante a la del collar de la Orden francesa de San Miguel, y una cruz de tres brazos parecida a la de Lorena. El largo de la hoja es de 0,850 metros y en la canal se lee en caracteres monacales lo siguiente: “CHATALDO ME FECIT”. La empuñadura, de oro y esmalte, se compone de una cruz de brazos rectos cuadrangulares que terminan en volutas dobles con el texto “FECIT POTENCIAM IN BRACHIO SVO”, puño cilíndrico con dos fajas de oro esculpidas que rematan en una salamandra por cada lado, y el resto cubierto de esmalte rojo y blanco a bandas oblicuas. El pomo es redondo, ligeramente aplanado y con grandes hojas de acanto y rodeos de oro sobre fondo de esmalte rojo”.

Bibliografía
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 308. Exp. 41
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 315. Exp. 8 y 16
-Archivo del Palacio Real. Secc. Histórico. Caja 321. Exp. 8 y 29
-Catálogo de la Real Armería de Madrid. El Conde de Valencia de Don Juan.
-Compendio de Historia de España. Alfonso Moreno Espinosa
-Lecturas Históricas Españolas. Claudio Sánchez Albornoz
-Museo Militar. Francisco Barado

lunes, 15 de marzo de 2010

UNA ESTATUA DE LA LIBERTAD MUY CHULAPONA
Antonio Balduque Álvarez


A todos los madrileños que viajan a Nueva York no se les olvida visitar uno de sus monumentos más famosos: la Estatua de la Libertad, pero casi ninguno sabe que en tierras madrileñas existe otra Estatua de la Libertad y que fue erigida incluso con antelación a la americana. Esta es la historia de una chulapona muy olvidada.

Los españoles nunca hemos tenido especial respeto por nuestros muertos ilustres, de ahí que no hayamos puesto el menor empeño en conservar los huesos de las glorias patrias como lo hacen los ingleses en la Abadía de Westminster, los franceses en el Panteón de Santa Genoveva o los italianos en Santa Croce. No sabemos el lugar exacto donde están enterrados los cuerpos de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, el Gran Capitán o Velázquez, por poner alguno de los ejemplos más sangrantes, pero somos capaces de conservar con orgullo las copas de Europa ganadas por algún club de futbol.
El Panteón de San Francisco el Grande
El primer intento que hicimos para reunir huesos tan dignos se produjo en 1837 cuando se estableció que la iglesia madrileña de San Francisco el Grande fuera el Panteón Nacional a donde se debían trasladar los restos de los españoles ilustres. Iban pasando los años pero resultaba dificilísimo localizar los enterramientos de los preclaros hijos de la Patria, por lo que en 1869 se decidió inaugurar el Panteón con los escasísimos restos que se tenían, y para hacer bulto se decidió también admitir algunos recuerdos. Poco tiempo duró el sueño de los justos en el Panteón de San Francisco, porque las localidades de donde habían sido sacados los cuerpos reclamaron sus preciadas joyas con tanta vehemencia e insistencia, que las autoridades tuvieron que devolver a su tierra los esqueletos un tanto mareados del trajín, quedándose en 1874 el Panteón vacío y sus parroquianos. Los esfuerzos gubernativos por crear un nuevo Panteón resultaron durante años infructuosos, hasta que la reina regente María Cristina ordenó que en los terrenos donde se iba a levantar la nueva Basílica de Nuestra Señora de Atocha se construyera también un edificio anexo para tan laudatorio fin.
El Panteón de Hombres Ilustres
El arquitecto encargado de la construcción fue Fernando Arbós y Tremanti, que inspirándose en la arquitectura italiana del siglo XIV empezó en 1891 a levantar el Panteón tomando como modelo el camposanto de Pisa y el campanile de Florencia. Las obras, sin estar finalizadas, tuvieron que darse por concluidas en 1899 por falta de financiación y porque parte del presupuesto se derivó para construir la cripta de la catedral de La Almudena. Del ambicioso proyecto tan sólo se pudo materializar el campanile y tres de las cuatro galerías del claustro-panteón que presentan vidrieras, arcadas y dos cúpulas semiesféricas, siendo lo único que en la actualidad podemos admirar en calle de Julián Gayarre, muy cerca de la Estación de Atocha. Desde 1901 hasta 1906 fueron recibiendo sepultura los restos de: José Canalejas, Manuel Gutiérrez de la Concha (marqués del Duero), Práxedes Mateo Sagasta, Eduardo Dato, Antonio de los Ríos Rosas, Antonio Cánovas del Castillo. En 1912 se trasladó también al patio del panteón un mausoleo, denominado Monumento a la Libertad, y que contenía los sarcófagos de Mendizábal, Argüelles y Calatrava.
El Monumento a la Libertad
A la muerte de Mendizábal, en 1853, se decidió levantar un monumento que recordase la memoria de tres de los más eminentes varones liberales que existieron en España durante la primera mitad del S. XIX: Agustín Argüelles, fallecido en 1844; José María Calatrava, en 1847; y Juan Álvarez Mendizábal, en 1853. Se nombró una comisión a cuyo frente se puso al General San Miguel figurando también Pascual Madoz, se convocó un concurso de ideas y se abrió una suscripción pública para sufragar los gastos del monumento. Al concurso concurrieron veinticuatro opositores, eligiendo la comisión encargada el proyecto de Federico Aparici, que consistía en un tómbolo cilíndrico de piedra que se remataba en el tejado cónico con una escultura alegórica de la libertad, y en las paredes exteriores presentaba, encima del sarcófago de Argüelles, una estatua que representaba La Pureza, en el de Calatrava una alegoría del Gobierno y para el de Mendizábal una escultura que simbolizaba La Reforma. El monumento a la Libertad se inauguró el 20 de febrero de 1857 en el antiguo cementerio de San Nicolás, situado en la calle del Sur entre el Paseo de Delicias y el Paseo de Atocha, siendo Sabino Medina el autor de las La Pureza, el Gobierno y la Reforma, y Ponciano Ponzano el escultor de la Estatua de la Libertad. Posteriormente, al desaparecer el citado cementerio por orden del Ministerio de la Gobernación, el monumento fue trasladado en abril de 1912 al patio del Panteón de Hombres Ilustres
La Estatua de la Libertad
La Estatua de la Libertad de Ponciano Ponzano se presentaba con un gorro frigio, coronada con diez rayos solares, el pecho semidesnudo, portando en su mano izquierda un cetro mientras que la diestra se posa en un yugo roto sobre el que apoya un pie, y muy cerca de ella descansa un gato. En la antigua Grecia y Roma, tanto los esclavos en el momento de su manumisión como los cautivos liberados, se colocaban un gorro de forma cónica que se conocía como gorro de liberto y que se convirtió en el símbolo de la libertad. Muy semejante al gorro de liberto era el gorro frigio, con la única diferencia que su punta caía hacia delante. Este gorro de origen anatolio lo adoptaron los revolucionarios franceses en 1789, difundiéndose por toda Europa y América como símbolo del régimen republicana y la libertad. En la estatua también aparece un yugo roto que simboliza el final del avasallamiento, la opresión y la coacción, y el pie que se posa sobre parte del yugo es una expresión de poder y de la huella que deja el hombre en función de su libre albedrío. El gato, como animal difícil de controlar, también refuerza la idea de libertad. Y finalmente la corona de rayos con su forma circular nos indica la perfección, además del poder, y sus rayos un símbolo de la luz interior que ilumina el alma de quien ha triunfado, siendo el grado más elevado de la evolución espiritual, pero aquí, en la frente de la joven es, además, el signo de la manifestación del éxito de la libertad.
Su hermana menor americana
La Estatua de la Libertad neoyorquina fue realizada por Bartholdi para conmemorar el centenario de la independencia americana que se iba a realizar en 1876. Este símbolo de la emancipación y la libertad fue un regalo de Francia que llegó con diez años de retraso porque no se pudo inaugurar hasta 1886. Aunque nuestra chulapona libertad tiene dos metros de altura y la americana treinta y tres desde los pies hasta la corona, la Estatua de la Libertad madrileña llevaba casi treinta años escrutando el cielo capitalino cuando la yanqui estaba empezando a levantar la cerviz sobre la isla Bedloe, luego denominada “Liberty Island”. Hay quien dice que Fredéric Auguste Bartholdi se inspiró en nuestra chulapona para realizar la suya, pero creo que ese dato deberíamos tomarlo con mucha precaución.
Reunión de Masones
Como seguramente irán a visitar a nuestra dama libertaria, no dejen de observar detenidamente los sepulcros de los escasos hombres ilustres que permanecen en el Panteón, porque algunos de ellos fueron reconocidos masones y en sus tumbas se dejan ver algunos símbolos iniciáticos. Masones declarados fueron: Mendizábal, Argüelles, Calatrava, Sagasta…

Algunos datos sobre los que descansan en el Monumento a la Libertad

Juan de Dios Álvarez Méndez
Poca gente sabe que Juan Álvarez Méndez es en realidad Juan Álvarez Mendizábal, que decidió cambiar su segundo apellido Méndez, por Mendizábal, para ocultar el origen al parecer judío de los Méndez. También mintió respecto a su origen, porque aunque natural de Cádiz él se encargó de difundir que había nacido en Bilbao, tal como se puede confirmar en alguna enciclopedia, porque al parecer un apellido vasco daba mayor prestancia en los ambientes comerciales del S. XIX. Aunque mentiroso era un genio para los negocios, amasando una buena fortuna en el negocio del vino cuando tuvo que exiliarse en Inglaterra al restablece el absolutismo en 1812. A su regreso a España supo hacer buenos contactos que le llevaron a hacerse cargo de los suministros del ejército de Andalucía, lo que le permite prosperar y establecer contactos con los revolucionarios liberales, entrando a formar parte de la masonería en el "Taller Sublime" de Cádiz. En 1835 la reina regente María Cristina de Borbón le otorgó el Ministerio de Hacienda, pasando posteriormente a ser Primer Ministro. Pero si por algo se conoce a Mendizábal no es por negociar con vino o con peines de Carey, sino por su archiconocida desamortización cuyo objetivo era desposeer de sus pertenencias a las órdenes religiosas para reducir la deuda pública, dinamizar la economía agrícola del país y dotar al Estado de medios económicos con los que financiar la guerra civil contra los carlistas.
Agustín Argüelles
Fue una de las grandes personalidades de la política española de principios del S. XIX, participando en la redacción de las Constituciones de 1812 y 1837. Por sus ideas liberales y perfectos discurso fue llamado el “Divino Argüelles” y el “Arístides español”, siendo Ministro del Interior y Presidente de las Cortes durante el Trienio Liberal (1820-1823). Al igual que Mendizábal profesaba la masonería, teniendo que emigrar en 1823 a Inglaterra por sus ideas políticas, pero a su regreso volvió a ocupar en varias ocasiones la Presidencia del Gobierno, llegando a ser nombrado “Tutor” de Isabel II. Como muchos de los grandes hombres del S. XIX murió en la pobreza pero apreciado por la mayoría de los madrileños, que en un multitudinario cortejo fúnebre acompañaron al cuerpo en las exequias fúnebres celebradas en 1844.
José María Calatrava
Calatrava también fue otro destacado político que participó, de forma importante, en la elaboración de las Cortes de Cádiz de 1812. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) llegó a ser Ministro de Gracia y Justicia, y al igual que sus colegas masones, Mendizábal y Argüelles, el final del Trienio Liberal le supuso su exilio de la península. Como consecuencia del motín de los sargentos de la Granja acaecido el 12 de agosto de 1836, la reina tuvo que restaurar la Constitución de 1812 y aceptar un gobierno radical, a cuyo frente se puso el 14 de agosto José María Calatrava. Durante este gobierno se dieron unas novedosas medidas liberales como: la desamortización de los bienes de la Iglesia, la supresión de los diezmos, la eliminación de señoríos y la libertad de prensa e imprenta. En 1839 ocupó la presidencia de las Cortes, falleciendo en Madrid en 1847.
Bibliografía
-Guerra de la Vega, Ramón: Guía de Madrid. Siglo XIX.
-Concostrina, Nieves: El Panteón de Hombres Ilustres. Revista Adiós.
-Chevalier, Jean: Diccionario de Símbolos.






lunes, 15 de febrero de 2010



CURIOSIDADES DE LA PUERTA DEL SOL


Por Antonio Balduque Álvarez

La Puerta del Sol ha sido para España lo que el Ágora para Atenas o el Foro para Roma, no teniendo comparación en toda la península por haber sido al mismo tiempo una plaza, un paseo, un teatro, un mercado, un punto de intercambio de información o una plaza de armas donde cualquier levantamiento popular, revolución, pronunciamiento o motín tenía que contar con ella como escenario principal por ser la caja de resonancia para el resto de la nación.

Orígenes
Hasta el S.XVI las inmediaciones de lo que hoy es la actual Puerta del Sol no eran más que simples olivares, siendo difícil precisar el momento exacto en que arranca la historia de esta plaza, aunque la mayoría de los autores son de la opinión de que está asociada a la rebelión de los Comuneros. En 1520, con objeto de defender Madrid de los ataques éstos, los partidarios de Carlos I decidieron construir en esta parte de Madrid un foso y un castillete almenado de escasas dimensiones en el que labraron un sol encima de la puerta de acceso. Para unos el origen del nombre procede del astro colocado encima de la entrada, y para otros de la orientación de la puerta, porque al estar situada al Este de la ciudad los rayos del sol naciente la hacían resplandecer. Tanta era la importancia de la orientación hacia el sol de este lugar, que incluso la Carrera de San Jerónimo se llamó en sus orígenes la calle del Sol. Pero poco tiempo tuvo de vida esta puerta de cal y ladrillo, porque fue derribada en 1570 para ensanchar la salida de Madrid, aunque su nombre sí que ha perdurando hasta nuestros días.

Una urraca cleptómana en la Puerta del Sol
Todos nos hemos fijado, en nuestros paseos por la Puerta del Sol, en el letrero luminoso de “Tío Pepe”. Justamente debajo de ese anuncio se encontraba el primer gran monumento de la Puerta del Sol: “La iglesia del Buen Suceso”. Antes que iglesia fue Hospital, fundado en 1438 para socorrer a los contagiados por una epidemia de peste. En 1529 lo reconstruyó Carlos V transformándolo en iglesia y Hospital Real de Corte de San Andrés para curar sus heridas a los soldados y servidumbre de los reyes. Este centro hospitalario era conocido por todos los madrileños como el hospital del Buen Suceso, porque en su iglesia se veneraba la imagen de una Virgen que había sido encontrada en una cueva por dos frailes durante su peregrinación a Roma acaecida en 1606 y se decía que la iglesia tenía un privilegio para poder celebrar misa a la inusual hora de las dos de la tarde. Según cuenta la leyenda en una casa cercana a la citada iglesia, vivía una vieja quisquillosa y avarienta, acompañada por una sirvienta. En cierta ocasión, al regresar a casa, la anciana echó de menos las joyas que guardaba con orgullo. Denunció el hecho a la justicia, asegurando que la criada había sido la autora del robo, por lo que fue detenida y condenada a muerte. A los pocos años la anciana cambió de domicilio y al hacer reparaciones se encontró en la torre de la buhardilla, debajo de unas tejas, las joyas supuestamente robadas y que habían sido sustraídas por una urraca y dejadas ahí por ser este lugar el escondrijo del animal. Como reparación, la anciana dejó en su testamento una cuantiosa suma para que se celebrara una misa diaria a las dos de la tarde, siendo la primera vez que se daba en Madrid una misa a tan intempestiva hora. La iglesia-hospital fue derribada en 1854 para realizar la reforma de la Puerta del Sol
¿Por qué se llama Inclusa?
Otro viejo edificio de la Puerta del Sol era la iglesia-convento de Nuestra Señora de la Victoria, fundada en 1561 y que ocupaba lo hoy son las calles Espoz y Mina, Victoria, Pasaje Matheu y Pasaje Jordá. Esta iglesia tuvo mucha fama porque en ella se reunían las damas y galantes del siglo de Oro para tratar temas de amor, ya que sus misas eran de las más cortas y ligeras de la capital, y en ella se estableció la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad que se dedicaba a recoger a los niños recién nacidos que eran abandonaban por las calles, plazas, iglesias o portales de la capital. En 1587 esta institución tuvo que trasladarse a otra zona de la Puerta del Sol, entre las calles del Carmen y Preciados, venerándose en la capilla del asilo una curiosa imagen. Esta Virgen fue depositada a finales del siglo XVI por un soldado de los Tercios de Flandes que la había traído de una ciudad de Flandes llamada Encklussen. El nombre de la localidad pasó a denominar primero a la Virgen y luego al edificio, pero como a los madrileños les resultaba muy dificultosa su pronunciación, se españolizó en “Inclusa”, término que se usó desde ese momento para designar a las casas en donde se recoge y cría a los niños expósitos.






El lugar ideal para los cotillas
Justo en el lado opuesto de la iglesia de la Victoria, en el empiece de la calle Mayor, se levantaba la iglesia de San Felipe el Real, fundada en 1547. Delante de la puerta del templo se abría un amplio espacio que se elevaba de la calle mediante unas escaleras de piedra que eran conocidas por los madrileños como las gradas de San Felipe o “El Mentidero”. En Madrid había tres mentideros: el mentidero de los Cómicos, en la calle León; el de las losas de Palacio, en el patio central del viejo Alcázar; y el de las Gradas de San Felipe, el más importante de todos. Por no existir todavía ni la radio ni la televisión, los mentideros eran espacios donde la gente se reunía para recibir novedades, cotillear, fraguar bulos que se expandían por Madrid como bolas de nieve cada vez más grandes o simplemente para escuchar las pláticas de los más diversos personajes. En las gradas de San Felipe podíamos encontrar a literatos como Calderón de la Barca, Quevedo, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón o Moreto; a militares que iban o venían a las posesiones imperiales; algún que otro corrillo de beatas, criadas o damiselas linajudas, y en todo momento a pícaros en espera de cualquier tipo de trabajo. La iglesia sufrió un terrible incendio en 1718, pero la puntilla se la dieron los franceses durante la Guerra de la Independencia que la utilizaron como cuartel y caballeriza. Aprovechando la desamortización de Mendizábal el edificio fue derribado en 1838 y en su lugar se construyeron las llamadas “casas de Cordero” y se abrió la plaza y la calle del Marqués viudo de Pontejos.



Un taxista playboy
Justo enfrente de la iglesia de San Felipe el Real, en lo que actualmente es la pastelería “La Mallorquina”, se encontraba entre 1670 y principios del siglo XX el palacio de los condes de Oñate y Villamediana. La familia Tassis, también llamada en ciertos países como Taxis, era conocida en toda Europa por sus actividades como Correos Mayores. En 1505, Francisco de Tassis, que ya ejercía de Correo Mayor para el Emperador Maximiliano I, recibió el encargo de establecer las comunicaciones postales entre España, Francia, los Países Bajos y Alemania; y en 1516 Carlos V firmó un convenio con esta familia para regular el establecimiento de postas en todos sus territorios. El servicio de correo se concedía en régimen de monopolio y el emperador le pagaba anualmente por esta prestación 11.000 ducados de oro. En 1518 se les otorgó la nacionalidad española y Felipe III, por los distinguidos servicios prestados, concedió a Juan de Tassis y Acuña el título de Conde de Villamediana y Correo Mayor de España. El servicio de correos de muchos países ha tomado un cuerno como logotipo corporativo porque los correos de la familia Tassis usaban el cuerno para avisar de su llegada a las ciudades. También el nombre de los vehículos para transportar viajeros que utilizamos en las ciudades tiene su origen en el apellido de esta familia. El hijo de Juan de Tassis y Acuña fue don Juan de Tassis y Peralta, que además de poeta fue también Correo Mayor de la Católica Monarquía durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, cargo que heredó de su padre además del condado de Villamediana, título por el que todo Madrid le conocía. El Conde de Villamediana era un guapo playboy de época al que le gustaba exagerar en sus formas y vestir. Por su tálamo pasaron multitud de doncellas y cortesanas, pero cansado de conquistas tan simples el atildado efebo puso sus ojos en la esposa de Felipe IV. Como se dice coloquialmente el conde tiraba los tejos y la reina se dejaba querer, pero aunque Felipe IV no tenía excesivas luces, no era tonto del todo, tal y como lo demuestra esta anécdota. Con motivo de la canonización de San Isidro se organizaron en la Plaza Mayor unas corridas de toros en las que el Conde tuvo tan destacada actuación que la reina exclamó llena de satisfacción: “¡Qué bien pica el Conde!, a lo que Felipe IV replicó: “Pica bien, pero pica alto”. La ceguera de amor o el simple exhibicionismo le hicieron acudir a una fiesta vestido con un magnífico traje adornado con monedas de plata y un gran bordado en que se podía leer: “Son mis amores reales”. Su suerte estaba echada. El 22 de agosto de 1622 fue asesinado a manos de un sicario.



El motín de Esquilache
Este motín, aunque iniciado circunstancialmente en una plaza próxima, es, sin lugar a dudas, uno de los sucesos más importantes acaecidos en la Puerta del Sol. En época de Carlos III, los ministros italianos no eran ciertamente populares, y entre los más odiados se encontraba Esquilache, Ministro de Hacienda y Guerra, que el 10 de marzo de 1763 mandó publicar en la Puerta del Sol y resto de calles madrileñas, un decreto prohibiendo el uso de capa larga y sombrero redondo para así evitar que la gente fuera embozada y ocultara el rostro. El 25 de mayo de 1763 se iniciaron los incidentes en la plaza de Antón Martín al grito de ¡Muera Esquilache! ¡Viva el Rey! ¡Viva España! A la mañana siguiente una multitud muy acalorada se dirigió hacia el Palacio Real porque habían tenido noticias de que el Rey quería apresar a todo el que llevase la capa larga y el sombrero de ala ancha. Al llegar al arco de la armería la guardia de Palacio, compuesta en su mayor parte de Walones, intentó dispersar a los amotinados disparando sus fusiles al aire, pero con tan mala fortuna, o no se sabe si con “buena puntería”, que mataron a una mujer e hirieron de gravedad a otra. La multitud reaccionó, lanzó una soga al cuello de uno de los soldados y a la vez que le arrastraban le iban lanzando piedras hasta que murió lapidado. El cuerpo inerte y ensangrentado del militar fue llevado hasta la Puerta del Sol para pasearlo, hasta tres veces, por delante de un piquete de guardias Walonas que no quisieron responder para no soliviantar aún más los ánimos. Durante los días que duró el motín, el pueblo de Madrid sufrió numerosas bajas y la tensión llegó a tales extremos que incluso pacíficos ciudadanos que nada tenían que ver con las protestas sufrieron las consecuencias. Un ejemplo lo tenemos en un caballero murciano que por querer apaciguar los ánimos entre los sublevados que se encontraban en la Puerta del Sol, éstos le arrancaron la lengua por “bocazas” para ahorcarle posteriormente en la vía pública. La presión popular hizo que Carlos III cediera a las peticiones de los sublevados, autorizando el uso de las capas largas y los sombreros gachos, consiguiendo también los amotinados que el Marqués de Esquilache partiera de España rumbo a Sicilia. Otra de las consecuencias de este motín fue la instalación en la Casa de Correos de la Puerta del Sol de un cuerpo de guardia, que se denominó de “Principal” o “Prevención”, cuyo objeto era disuadir posibles motines.
Fantasmas en la Puerta del Sol
El centro de la Puerta del Sol es sin duda la Casa de Correos, actual sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. El edificio se levantó entre 1766-1768 siendo su arquitecto el francés Jacques Marquet, a quien trajo de París el Duque de Alba para que interviniese en el empedrado de la capital. Para su construcción se convocó un concurso entre arquitectos, presentando planos el español Ventura Rodríguez con la seguridad de que él sería el elegido, pero su propuesta no se consideró idónea y se eligió la presentada por el francés. Pero como los españoles parece que disfrutamos con la adversidad de las personas, a Ventura Rodríguez se le encargó la pavimentación de la villa, que estaba prevista que realizara Marquet, por lo que todos los madrileños comentaban con cierta sorna: “al arquitecto las piedras y la casa al empedrador”. Como hemos visto anteriormente, el motín de Esquilache hizo que los gobernantes tomaran ciertas prevenciones para evitar nuevos focos revolucionarios, de ahí que el proyecto que había ideado Marquet sufriera modificaciones, imponiendo el Conde de Aranda que en el nuevo edificio se instalara obligatoriamente un cuerpo de guardia para la estancia permanente de soldados, de ahí que si visitamos ahora el edificio observaremos que la escalera es raquítica porque tuvo que dejar espacio para el alojamiento militar. A los madrileños no les gustó que Ventura Rodríguez, conocido como el “arquitecto de Madrid”, se quedara si realizar esta obra, pero según cuenta la leyenda tampoco a los seres de ultratumba les pareció muy conveniente la elección de un francés para levantar sede tan castiza. Cierta mañana, una cuadrilla de albañiles que estaba trabajando en las obras de construcción tuvo que parar su faena porque empezaron a oír unos golpes secos que cada vez se hacían más tenebrosos. Los alarifes se aterraron al comprobar que la habitación se oscurecía y una voz de ultratumba les gritaba: “Debéis para de inmediato estas obras, pues tal casa que estáis levantando pertenece al infierno, ya que para concebirla se ha llamado a un endemoniado arquitecto francés, despreciando la valía del buen amigo Ventura Rodríguez”. Los obreros se negaron a continuar los trabajos, por lo que el capataz tuvo que llamar a un cura para que permaneciera todo el tiempo junto a los currantes, y en caso de que el fantasma volviera le convenciera con eficaz plática que el edificio no era la casa del infierno. El espíritu no volvió a aparecer, pero el cura, que ya estaba en nómina, vivió como un ídem hasta la finalización de la casa.






Mamelucos con un buen rabo
Al contrario que el motín de Esquilache, el levantamiento popular del 2 de mayo fue un acto espontáneo no premeditado. Los primeros combates se producen a las puertas del Palacio Real, trasladándose posteriormente a la Puerta del Sol. Para atravesar esta plaza dos soldados mamelucos tienen que disparar sus pistolas dejando a su paso tres muertos y varios heridos. Los madrileños enfurecidos consiguen derribarlos de sus monturas, los arrastran por el suelo atados a las colas de sus caballos y finalmente les hacen sufrir cruel agonía. Por el efecto del linchamiento sus ropas quedaron tan deterioradas que en ambos cuerpos se podía apreciar unos prominentes abultamientos pilosos en la rabadilla. El pueblo, siempre algo supersticioso, creyó de inmediato que lo que tenía ante sus ojos no eran dos soldados egipcios, sino demonios porque ningún humano podía tener un “rabo” tan peludo. Dos horas duraron los combates en la citada Puerta, no pudiendo reunir los madrileños una partida mayor de 50 hombres armados que hiciera frente a las continuas cargas de caballería y de fusileros, calculándose las bajas en 35 muertos y 15 heridos. Destacan por su acción heroica y juventud los niños José del Cerro (10 años) y José García Cristóbal (11 años) que en mitad de Sol se enfrentaron cara a cara al ataque de un dragón de la Guardia Imperial con tan solo un puñado de piedras; por su edad, Juan Tirado, de 80 años; o por su suerte, Cosme Martínez del Corral, que tras luchar como un héroe cayó prisionero y fue trasladado a la iglesia del Buen Suceso donde recibió ocho heridas de sable y tres disparos de fusilería que no fueron suficientes para acabar con su vida. Al caer la noche del 2 de mayo el aspecto de la Puerta del Sol no podía ser más lúgubre y triste, recuperando su alegría únicamente cuando el Rey invasor y las tropas francesas huyeron de Madrid. La plaza recuperó su alegría nada más partir los franceses, llenándose de vítores y banderas el 2 de agosto de 1814 para recibir al Ejército anglo-hispano-portugués y a las famosas partidas de guerrilleros castellanos a cuya cabeza se encontraban sus jefes: el Empecinado, el Médico, el Abuelo y el Chaleco.
Las autoridades madrileñas, unas expertas en tomar decisiones
En la noche del 17 de abril de 1815 estalló un violento incendio en los edificios situados enfrente del la Casa de Correos. En pocas horas las llamas adquirieron tal magnitud que los escasos medios con los que contaba la Villa no eran suficientes y para atajar la pavorosa devastación se organizó en la Casa de Correos una Junta magna integrada por los alcaldes de Casa y Corte, las autoridades religiosas, civiles y militares, y hasta el Presidente del Consejo de Castilla. Mientras que éstos discutían el incendio continuaba devorando casas y la confusión era general: todo el mundo mandaba y nadie era obedecido, los inquilinos arrojaban los muebles por los balcones para evitar su ruina o saltaban por las ventanas para salvar la vida. Para contener el fuego el Vicario creía que la mejor opción era sacar en procesión el Santísimo de la Parroquia de Santa Cruz o la imagen de San Isidro Labrador; los Alcaldes, que se fusilase al ladrón que quisiese aprovechar el desorden; y el Capitán General era de la opinión que se usase la artillería a fin de reducir a escombros la manzana incendiada y así el fuego no se extendería por las restantes. Resultado: nadie tomó medidas y al día siguiente toda la manzana de casas que comprendía las calles de Preciados, de la Zarza y el callejón de los Cofreros, habían desaparecido, quedando completamente arruinados todos los inquilinos y propietarios. ¡Qué bien tomaban las decisiones nuestras autoridades! ¿Ustedes creen que hemos avanzado mucho con los años?





Narváez: el tocador de cojones
En el año 1847 la antigua Casa de Correos dejó sus funciones para alojar la sede del Ministerio de la Gobernación, por lo que este edificio pasó a ser el centro de la vida política española. En su interior no se dudó durante muchos años en manipular las listas de los gobernadores y amañar las elecciones de diputados y concejales para dar la mayoría al gobierno bajo el pretexto de dar tranquilidad al país. Eran otras épocas, otros políticos y otras formas de hacer política. Un simple ejemplo lo podemos ver en lo que ocurrió en un Consejo de Ministros a cuyo frente estaba el general Narváez, hombre altivo y de carácter fuerte. Al citado general no le gusto que su ministro de Estado, marqués de Viluma, se negara a firmar unos documentos diciendo: “No tomaré la pluma para firmar esos nombramientos”, y Narváez, que no estaba acostumbrado a que le contradijeran zanjó el incidente con una frase muy explícita: “Usted toma la pluma con la mano derecha y con la izquierda, si le place, me toca usted los cojones “ (sic). En otra ocasión nuestro político quiso invertir cuatro millones de reales en la Banca Rothschild para que los moviera en la Bolsa de París y se multiplicaran como los panes y los peces. El representante de los Rochschild en España, un tal Daniel Weisweiler, se creyó en la obligación de advertirle de los riesgos de la Bolsa, “porque usted sabe, mi general, que está ahora muy volátil, que sube y baja, y unas veces se gana y otras se pierde”. Cuando Narváez, que no estaba acostumbrado a perder en nada, oyó estas palabras, dijo: “Ah, no, ¿Qué dice usted? ¿Cómo que se pierde? ¡Ni hablar!”. Don Daniel, atribulado, escribió a París contando la nueva. Se trataba de un cliente español muy importante, tras el cual podían llegar otros, pero ocurría que, acostumbrado a ganar, no estaba dispuesto a perder un real. ¿Qué hacer? Tras breve reflexión, uno de los Rothschild envió la solución al problema: ¡Ea, que no baje la Bolsa para el General Narváez...!
La Puerta del Sol se reforma para…disparar mejor a las masas revolucionaras
Volviendo nuevamente a la Casa de Correos, tras su conversión en Ministerio de la Gobernación se decide derribar algunas casas de la zona para realizar una gran reforma que tenía intenciones higiénicas, económicas y políticas, pero sobre todo de seguridad. A raíz de los acontecimientos revolucionarios acaecidos en Europa en 1848, muchos países desarrollaron reformas urbanas de intención contrarrevolucionaria, convirtiendo el urbanismo en un instrumento de poder. En el caso madrileño la Puerta del Sol albergaba, como hemos visto, el edificio del Ministerio de la Gobernación que se encontraba equidistante tanto del Palacio Real como de las Cortes, por lo que con la reforma de la plaza se perseguía crear un amplio espacio de seguridad delante de ese Ministerio, por ser éste el objetivo clave de cualquier revolución. Además también las calles angostas y tortuosas de los alrededores se eliminaron creando nuevas vías anchas y rectas que eran ideales para el manejo y la efectividad de las armas de fuego. El refinamiento de la idea era tal que no se aceptó la construcción de pórticos en los nuevos edificios para así evitar posibles parapetos y el mejor mantenimiento del orden público, de ahí que cuando paseamos en la actualidad por la zona no veamos una sola columna ni soportal. Pero igual coraje tenía con personas más encumbradas, como la curiosa anécdota que acaeció en uno de los Consejos de Ministros que presidía; cuando su ministro de Estado, marqués de Viluma, se negó a firmar unos documentos diciendo








El patio de mi casa
En 1852 el Ayuntamiento promovió la reforma de la plaza convocando un concurso de proyectos en el que se establecía, como condición indispensable, el mantenimiento de la alineación sur que formaba el eje de la calle Mayor y la Carrera de San Jerónimo con la Real Casa de Correos. La reforma empezó en 1854 con la demolición de la iglesia del Buen Suceso, pero surgen problemas con las expropiaciones y la falta de postores, por lo que el Ministerio de Fomento tiene que hacerse cargo de las obras y encarga un nuevo proyecto. Entre 1857 y 1862 los arquitectos e ingenieros Lucio del Valle, Juan Rivera y José Morer serán los encargados de llevar finalmente a cabo la reforma creando un gran espacio urbano delimitado en su zona norte por un conjunto semicircular de viviendas con fachadas uniformes y en la zona sur por la alineación de la Casa de Correos con la calle Mayor y la carrera de San Jerónimo, convirtiendo a la Puerta del Sol en un polo de atracción de importantes actividades comerciales, administrativas y financieras. En esta reforma tuvo también especial relevancia don Juan Manuel de Manzanedo, marqués de Manzanedo y duque de Santoña. El citado personaje, que era en esos momentos uno de los hombres más ricos del país, adquirió todos los edificios que se localizaban enfrente de la casa de Correos, por lo que bromeaba diciendo: “La Puerta del Sol es el patio de mi casa”. Trascurridos más de 160 años desde la reforma de la plaza, ahora sí que podremos decir que la Puerta del Sol es, sin lugar a dudas: “El patio de todas nuestras casas”.

Bibliografía
-Atlas Histórico de la ciudad, 1850-1939. Lunwerg Editores.
-Batallas del Siglo XIX en la Puerta del Sol. A. De Carlos Peña.
-Biografía de la Puerta del Sol. F. Mota y J. Fernádez-Rua.
-Diccionario enciclopédico de Madrid. Mª Isabel Gea Ortigas.
-El Madrid desaparecido. Mª Isabel Gea Ortigas.
-Historia de la Puerta del Sol. J. Tomé Bona.
-Historia de la Puerta del Sol. Ramón Gómez de la Serna.
-Hombres y cosas de la Puerta del Sol. L. Araujo-Costa.
-Visión romántica de Madrid. J.M. Ferrer.



viernes, 8 de enero de 2010



LAS CACERÍAS A CAÑONAZOS DE CARLOS IV

Por Antonio Balduque Álvarez

Uno de los reyes españoles que ha estado más relacionado con la cinegética es sin lugar a dudas Carlos IV. De su padre, Carlos III, recibió la afición por la caza, pero a diferencia de su progenitor, que compaginaba los gustos venatorios con las obligaciones del gobierno, Carlos IV carecía de la energía y firmeza necesarias para gestionar la nación. Con un carácter débil y una voluntad mínima los problemas nacionales le superaban y la política no le interesaba porque no la entendía, prefiriendo ser gobernado por otros y no gobernar él, desentendiéndose de todo excepto de la caza que gustaba practicar desde el mediodía hasta el anochecer. Esta afición le llegó por la vía familiar. Su tatarabuelo, el Rey francés Luís XIV, no dudó en aconsejar a sus vástagos que salieran al campo como terapia para evitar la tendencia familiar a padecer depresión e hipocondría. Cuando su abuelo, Felipe de Anjou, subió al trono de España con el nombre de Felipe V, puso en práctica tan sabio consejo realizando vistosas cacerías en el Pardo, la Zarzuela, Aranjuez, El Escorial, Navatecas, Batuecas o la Casa de Campo. Su tío, Fernando VI, gustaba más batir los montes de Chamartín, Valdelatas, Sotomayor o Aranjuez, y a su padre, Carlos III, que intentaba salir de caza todos los días del año, le daba igual el paraje con tal de apretar el gatillo. Con esta tradición familiar es lógico pensar que Carlitos tenía cartuchos en lugar de genes.
Su carácter y fisonomía
Era de carácter débil y de entendimiento escaso, hoy diríamos "cortito", no debiéndonos extrañar, porque, como todo en la vida se pega menos la hermosura, la herencia que le dejaron sus antepasados era para llorar. Su abuelo, Felipe V, no destacó precisamente por sus luces, y su padre, Carlos III, tampoco fue un catedrático en los estudios. Aunque no era un lumbreras, tampoco se puede afirmar, como se ha dicho en alguna ocasión, que era analfabeto, teniendo cierta facilidad para los idiomas, la música y la pintura, siendo un experto en manuales. Carlos III, consciente de las limitaciones intelectuales de su hijo, en alguna ocasión no dudó en espetárselo a la cara. Cierto día en que se comentaba su próxima boda, el rey le recordó la posibilidad que todo hombre tiene de sufrir alguna infidelidad. El futuro Carlos IV, en un alarde de madurez intelectual, le dijo muy seguro de sí mismo: "Pienso que los reyes están libres de las preocupaciones que tienen el resto de los maridos porque sus esposas no les pueden engañar con otros, ya que una reina no tiene otro rey cerca más que su esposo". Carlos III no pudo por menos que estallar ante un razonamiento tan simple y le gritó: "Carlos, Carlos, que tonto eres, las princesas también pueden ser putas, hijo mío". Además de bobalicón su carácter presentaba altibajos. En ocasiones disfrutaba riendo y gastando bromas a los caballerizos y ojeadores, no dudando en probar su vigor con los mozos de cuadras más robustos con los que realizaba combates de lucha leonesa. Sin embargo, a los mismos que un día les mostraba sonrisas y chanzas, al siguiente, por la cosa más nimia, podía descargar sobre ellos una lluvia de patadas y escupitajos que no cesaban hasta que el desdichado lacayo le besaba las manos, botas y rodillas. Como buen cazador, de joven mostraba unas piernas poderosas y musculadas, así como una esbeltez que iría perdiendo con el paso de los años. Lo que no varió con el tiempo fue la nariz larga y gruesa, la frente huidiza, la tez sonrosada, la cabeza pequeña y unos grandes ojos de mirar asustado que junto a una sonrisa bonachona le conferían un aspecto de rey simplón e incapaz.
De misa y cacería diaria
Se levantaba siempre a las cinco de la madrugada, rezaba, oía en sus habitaciones dos misas y se vestía. A partir de las seis se dedicaba a la lectura de obras piadosas y después de tener el alma reconfortada saciaba su cuerpo con un buen desayuno. Al finalizar bajaba a los talleres de palacio, se quitaba la casaca, se remangaba la camisa por encima de los codos y se ponía a trabajar con sus ayudantes, pues era una amante de las manualidades. Era capaz de cortar, clavar, coser y lustrar las mejores botas del reino, destacando sobre todo en la manipulación de relojes, jactándose de no haberse inventado uno que él no pudiera desmontar y recomponer en un santiamén. Su afición por la caza contribuyó a que aumentara la colección real de armas de fuego y la necesidad de poseer escopetas fiables para sus múltiples cacerías, hizo que entrasen a su servicio maestros armeros de reconocido prestigio como: Isidro Soler, Francisco Tarragona o Gregorio López. Continuando con su jornada a las doce en punto le servían una abundante comida, otra de sus aficiones, bebiendo sólo agua, pues no tomaba jamás vino, café o licores. Sobre la una salía a cazar sin importarle las condiciones climatológicas, y tan sólo dejaba de practicar esta afición los dos días anteriores a Pascua o cuando había alguna procesión importante. No regresaba a palacio hasta que anochecía, único momento que aprovechaba para dar audiencia a los ministros a los que tan sólo dedicaba media hora. Tras esta breve reunión jugaba a las cartas, tocaba el violín y se le servía una copiosa cena que tomaba con fruición para reponer las energías gastadas en las gestas cinegéticas. Agotado, a las once solía acostarse para reponer fuerzas y poder repetir al día siguiente los mismos horarios y actividades.

Ayudantes de cacerías
Seis coches, doscientas mulas y un centenar de caballos eran necesarios para transportar la impedimenta que el rey requería para alguna de sus cacerías. También tenía que estar presente la “Real Ballestería”, una serie de individuos que ayudaban al monarca en todo lo concerniente a la caza, y que se componía de: 4 capataces, 4 ayudantes de capataz, 33 rederos, 77 peones ojeadores, 16 mozos de traílla, 5 huroneros, 8 ayudantes de huronero, 3 mozos para controlar a los "perros de sangre" y un pescador. No era fácil entrar en la Ballestería, pues tenían prioridad los hijos o familiares de los que ya pertenecían, fomentándose así la lealtad. Cuando había una vacante, el Ballestero principal recibía informes sobre la conducta de los pretendientes y los elevaba al Caballerizo Mayor para su elección, pero Carlos IV solía inmiscuirse seleccionando él mismo a los pretendientes. Se preocupaba también por el bienestar de sus ayudantes, permitiendo que los hijos de los que pertenecían a la Ballestería acudieran a la escuela de primeras letras que existían en los Reales Sitios.
Manadas en Segovia
Como hemos mencionado Carlos IV no desperdiciaba momento ni ocasión para practicar su afición favorita. Pero como toda caza necesita animales, ordenaba repoblar de fauna ciertos parajes prohibiendo a continuación su caza durante un periodo de seis años para que nadie molestara las reses de aquella privilegiada zona. Cuando esta medida se aplicó en los montes de Riofrío, los animales se multiplicación de tal manera que hasta las puertas de Segovia llegaban en manadas ciervos, gamos, venados y jabalíes, arrasando a su paso las cosechas y las huertas de los alrededores de la ciudad. Los segovianos indignados con la situación, elevaron sus quejas al corregidor de la ciudad, pero éste, cumpliendo las órdenes del monarca tenía prohibido, bajo las más rigurosas penas, molestar lo más mínimo a los animales. Según pasaban los días los destrozos iban en aumento, por lo que una mañana del mes de abril de 1792 el Corregidor de Segovia, acompañado del Conde de Colomera, a la sazón Inspector general de Artillería, decidieron presentarse en el Palacio de San Ildefonso donde Carlos IV se encontraba de jornada cinegética. Cuando el Corregidor fue recibido, se estableció esta conversación entre el rey y sus acompañantes:
“-¿Qué hay, señor Corregidor?
-Señor, de hace ocho días a esta parte he recibido innumerables quejas de los hortelanos y labradores que tienen tierras en los alrededores de Segovia y que lindan con los cotos de Vuestra Majestad, exponiéndome que bandadas de veinte o treinta gamos, ciervos o jabalíes penetran en sus huertas y sembrados destruyéndolo todo.
-No os preocupéis. Tengo una idea. Y dirigiéndose al Inspector General de Artillería, Conde de Colomera, le dijo.
-Conde, hace unos días me has manifestado que deseabas visitara el Colegio de Artillería de Segovia. ¿Cuántos cañones tiene el colegio?
-Señor, tiene una pequeña batería rodada y para los ejercicios unos cuantos cañones de grandes dimensiones y grueso calibre.
-Pues mañana haz que a las nueve de la mañana estén preparados los cadetes del Colegio. Primero haré con ellos una cacería para limpiar la zona de la plaga de ciervos, gamos, venados y jabalíes. Luego pasaré revista.
-¿Cazar con artillería? Se sorprendieron los presentes.
-Sí. Eso que tanta sorpresa os causa, no es la primera vez que yo lo he hecho, pues en 1780 ya lo hice con mi padre en las inmediaciones de Aranjuez, y matamos más de dos mil reses, pues se hicieron los disparos con metralla. Por eso, a imitación de Aranjuez, quiero utilizar a los alumnos y las piezas de artillería de Segovia. Mañana la batida se dirigirá sobre el desfiladero que forma por un lado las tapias del lavadero de don Frutos Álvaro, y por el otro el Bosque de las Cabras. Sobre los dos promontorios que se elevan desde allí, deberán estar colocadas mañana a las 9 de la mañana las dos baterías y sus fuegos se dirigirán a la llanura que se extiende a la derecha del río Eresma. Veréis que hermosa cacería.”


Cadetes de cacería
Rápidamente comenzaron los preparativos y el Mayordomo Mayor recibió orden de convidar a los embajadores que habían acompañado a la Corte, y la reina no dudó en invitar también a sus damas. Al día siguiente, a las seis de la mañana, con la música en cabeza, los cadetes del Colegio de Artillería de Segovia desfilaron atravesando su puerta vestidos con lujosos trajes de gala, llevando entre sus filas las dos baterías de instrucción. Toda la población se agolpó en masa fuera de las murallas de Segovia, desde donde podían seguir con la vista la cacería Real, pues la batida iba a comenzar desde el Palacio de San Ildefonso en la Granja. Para hacer que los animales se encaminaran hacia el lugar elegido por el rey para efectuar los cañonazos, dos Batallones de Guardias Españolas y Valonas, un Regimiento de Infantería y tres Escuadrones de Caballería, formaron un semicírculo de radio inmenso. A una orden de Carlos IV los soldados empezaron a caminar estrechando poco a poco el espacio que había entre ellos, y una increíble multitud de gamos, ciervos, venados y jabalíes espantados, corrieron en todas direcciones. En ciertos puntos, para escapar de la trampa, se lanzaban en masa para romper la línea de soldados, pero la tropa en ese momento disparaba salvas de pólvora que les causaba aún más terror obligándoles a seguir el impulso general de la huida. Al encontrarse sin salida se dirigían sin remedio al estrecho paraje que se encontraba delante de ellos, momento esperado por los cadetes para hacer fuego cruzado con sus cuatro piezas cargadas de metralla. Durante dos horas y media los cañones no cesaron de disparar. El rey estaba radiante de alegría, su esposa la reina María Luisa disfrutaba del espectáculo, y el pueblo aplaudía y gritaba jubilosos al contemplar el nuevo sistema de caza. Cuando cesó el fuego y se ordenó contar las reses, éstas ascendían a mil setecientas quince.
Chorizo para después de la caza
Una vez finalizada la cacería, el monarca se dirigió a una tienda de campaña que el Mayordomo Mayor le había preparado para que repusiera fuerzas. Al acercarse, Carlos IV vio a varios soldados que estaban arrastrando un borrico y a su lado un aldeano que recogía la carga que el animal tiraba.
-¿Qué estás haciendo ahí, hombre? Le dijo el rey.
-Señor, estoy recogiendo como puedo mis chorizos que este animal va tirando por el suelo.
-¡Cómo que chorizos! Dijo el rey más satisfecho que sorprendido.
El arriero se apresuró a explicarle su procedencia y a la vez que le decía que eran los mejores de su comarca, no dudó en ofrecerle varios de los más gordos para que los probase.
-¡Veamos! Exclamó el monarca, y cogió uno de los chorizos. El arriero, sin dudar un instante, reunió unas cuantas hojas secas y unos trocitos de ramas para hacer a los pies de Carlos IV una pequeña hoguera con la que asar los chorizos. Asado el primero el rey pidió pan. Inmediatamente un gentilhombre se aproximó a él y doblando una rodilla le presentó en un plato de plata un panecillo entre dos servilletas. El rey comió con rapidez y le trajeron para refrescarse una botella de agua helada, pues era la única bebida que tomaba. Ante la sorpresa de todos pidió otro chorizo, y otro, y otro, así hasta seis, pues era hombre voraz para la comida, y rechazó los suculentos fiambres, bizcochos, merengues y dulces que tenían preparados para el almuerzo regio.
-¿Cómo te llamas? Le preguntó el rey una vez terminada la comida.
-Señor, me llaman el tío Rico y vivo en Candelario.
-Pues bien, tío Rico, ahí tienes esas seis onzas por el placer que me han causado tus seis chorizos, que declaro son los mejores que he comido, y además te nombro mi proveedor de cámara.

Al momento dio la orden de regresar al palacio de San Ildefonso. Por el camino se dirigió a la reina que marchaba a su lado, y girando su cara con satisfacción le comentó con: "Pocos días tan felices he tenido como el de hoy; he hecho una cacería como no ha existido ejemplo, he librado a los labradores de los animales que destruían sus cosechas y he tomado un almuerzo completamente a mi gusto".

Bibliografía
-Archivo General del Palacio Real. Secc. Administración Legajo 351.
-Una cacería de Carlos IV Revista "El Campo". Año 1877. N° 3.
-Historia de un gremio: Arcabuceros de Madrid. Antonio Balduque. Revista "Armas". N° 258.
-Carlos III: Un rey apasionado por la caza. Antonio Balduque. Revista "Caza y Pesca".N° 671--Vida privada de los Borbones. Manuel Ríos Mazcarelle.
-La vida y la época de Carlos IV. Carlos Rojas.
-El fin de la vieja España. Godoy. Hans Roger Madol.
-Candelario y su Serranía. Guía del Visitante.